Dr. José Antonio Molina Hernández
La intervención de Estados Unidos en Venezuela ocurrida el 3 de enero de 2026 representa un punto de inflexión relevante en la dinámica geopolítica del hemisferio occidental. Más allá de sus implicaciones inmediatas en el plano de la seguridad regional y del derecho internacional, este acontecimiento obliga a reflexionar sobre sus efectos indirectos en los esquemas de integración económica vigentes en América del Norte, particularmente el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC).
Desde una perspectiva analítica, la acción estadounidense puede interpretarse como parte de una reconfiguración estratégica más amplia, en la que Washington busca reafirmar su capacidad de influencia en una región que en las últimas dos décadas ha experimentado una creciente diversificación de actores externos y alianzas políticas. En este sentido, América Latina vuelve a adquirir centralidad no sólo como espacio geográfico, sino como escenario de competencia estratégica, energética y diplomática.
El TMEC, aunque es esencialmente un Tratado comercial, no existe en un vacío político. Su funcionamiento depende de un entorno de estabilidad, previsibilidad y confianza mutua entre los Estados parte. Cuando uno de estos actores asume un rol protagónico en una crisis de alcance hemisférico, se generan inevitables externalidades políticas que pueden permear el clima de cooperación regional. No se trata de una relación causal directa, sino de una interacción compleja entre política exterior, percepción de riesgo y gobernanza económica.
México y Canadá, como socios del acuerdo, enfrentan el desafío de mantener una agenda económica común con Estados Unidos mientras gestionan, de manera prudente, sus propias posiciones diplomáticas frente a la crisis venezolana. En este contexto, el TMEC se convierte en un espacio donde convergen intereses económicos con sensibilidades políticas, particularmente en el año de su revisión programada. Las negociaciones técnicas, los mecanismos de solución de controversias y la discusión sobre reglas de origen o cadenas de suministro pueden verse influidas por un entorno político más tenso.
Desde el análisis internacional, es importante subrayar que los acuerdos comerciales modernos no sólo regulan flujos de bienes y servicios, sino que también reflejan equilibrios de poder y visiones compartidas sobre el orden regional. Cuando estos equilibrios se ven alterados por eventos de alta intensidad geopolítica, los acuerdos enfrentan presiones de adaptación, reinterpretación o incluso politización.
La situación actual recuerda que América del Norte no es ajena a los procesos políticos del resto del continente. La interdependencia es una constante, aunque se manifieste de forma indirecta. En este sentido, el TMEC puede verse tanto como un amortiguador institucional capaz de contener tensiones externas como un espacio vulnerable a los cambios en la agenda estratégica de su socio mayor.
Considero que el desafío central no radica en anticipar rupturas inmediatas, sino en observar cómo estos eventos reconfiguran las prioridades, los discursos y las expectativas de los actores involucrados. La historia de la integración regional muestra que los acuerdos sobreviven cuando logran separar, sin aislar completamente, la lógica económica de las coyunturas políticas. El desarrollo de los próximos meses permitirá evaluar si el TMEC mantiene esa capacidad de resiliencia en un contexto hemisférico cada vez más complejo.
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