Opinión

Cuando la ultraderecha se vuelve influencer: identidad digital y reacción política

Lot Mariam Geronimo Cuevas

IG: mariam.lg

substrack: mar1503

En México, como en buena parte del mundo, la ultraderecha dejó de anunciarse con discursos estridentes y símbolos explícitos. Hoy avanza disfrazada de estética aspiracional, rutinas de “femineidad tradicional”, moda “old money” y una narrativa seductora que promete orden, belleza y estabilidad en medio de un mundo que parece incendiarse todos los días. No llega con botas militares: llega con falda plisada, cintas de seda y un iPhone en mano.

Y eso, precisamente, es lo peligroso.

El nuevo rostro del conservadurismo: filtros, perlas y obediencia alegre

TikTok se ha convertido en el laboratorio más eficiente para reempaquetar ideas viejas —patriarcado, deberes “naturales” de la mujer, rechazo al Estado social, culto a la autoridad y nostalgia por jerarquías rígidas— dentro de envoltorios estéticos irresistibles para una generación que consume identidad en videos de 12 segundos.

La tendencia tradwife no es inocua ni “solo estética”: reivindica abiertamente la subordinación femenina como vocación. Es una feminidad políticamente domesticada, hecha para complacer, obedecer y encajar.
La estética old money, por su parte, disfraza privilegio y exclusión bajo la promesa de “elegancia clásica”.
Y alrededor orbitan decenas de microtendencias que romantizan una vida sin derechos laborales, sin autonomía corporal y sin participación política, porque “una mujer verdadera encuentra su realización en el hogar”.

Estos discursos no se presentan como ideología, sino como estilo de vida. Y ahí radica su poder.

La politización silenciosa de toda una generación

Para la ultraderecha global, TikTok es un terreno fértil: millones de jóvenes buscan comunidad, pertenencia y claridad en un mundo atravesado por crisis climática, economía incierta, inseguridad y agotamiento emocional. Lo que antes se articulaba en panfletos hoy se transmite en tutoriales de maquillaje o recetas “para consentir a tu marido después de un día difícil”.

La serenidad estética sustituye a los argumentos, y la nostalgia —por un pasado que jamás fue amable para la mayoría— se convierte en estrategia política.

No son discursos que te griten que la democracia es un estorbo o que los derechos humanos son “excesos progres”. Solo te muestran una vida perfecta, ordenada, sin política, sin caos… y te susurran que la igualdad es la razón por la que todo se descompuso.

México no está blindado: la ultraderecha busca su lugar

Nuestro país atraviesa un momento de desgaste institucional, cansancio social y desencanto político. En ese terreno, las narrativas ultraconservadoras prosperan. Ofrecen certezas simples para problemas complejos, y una estética pulida que contrasta con la precariedad cotidiana: seguridad vs. violencia, familia vs. soledad, tradición vs. incertidumbre.

El riesgo no es solo que estos discursos avancen: es que lo hagan sin que los veamos venir. No con marchas, sino con playlists; no con manifiestos, sino con “storytimes”; no con discursos incendiarios, sino con el aura calmada de la “vida perfecta”.

¿Qué queda para una generación que no quiere volver atrás?

Quienes crecimos con acceso a información, derechos y posibilidades impensables hace apenas dos décadas tenemos la responsabilidad de mirar con claridad lo que está en juego. La democracia no se derrumba de un golpe: se erosiona cuando normalizamos discursos que prometen paz a cambio de obediencia.

No se trata de pelear con tendencias estéticas ni de culpar a las jóvenes que las consumen. Se trata de entender el contexto ideológico que las sostiene.

Porque cuando el maquillaje oculta una agenda política, cuando la moda se convierte en pedagogía de la desigualdad y cuando un algoritmo empieza a enseñarte que tu voz estorba, entonces ya no hablamos de “trends”: hablamos de un proyecto cultural, social y político cuidadosamente diseñado.

Y si no lo cuestionamos, la ultraderecha no necesitará tomar las calles.

Ya tomó la pantalla.

EL CENSAL

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