Hugo López Rosas
Biólogo con doctorado en Ecología y Manejo de Recursos Naturales. Se desempeña como Profesor Investigador en El Colegio de Veracruz y forma parte del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (nivel 1) desde 2009.
Recientemente, en noviembre de 2025, México presentó su Estrategia Nacional para la Prevención y el Control de Plantas Acuáticas Invasoras 2026–2030 (https://www.gob.mx/imta/documentos/libro-estrategia-nacional-para-la-prevencion-y-el-control-de-plantas-acuaticas-invasoras-2026-2030), un documento que reconoce un problema real y urgente: lagos, presas y ríos están siendo cubiertos por plantas que afectan el uso y la disponibilidad del agua. Sin embargo, el planteamiento del Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA) se apoya en varias suposiciones que no han sido comprobadas con la rigurosidad científica que un tema así exige.
El caso del lirio acuático (Eichhornia crassipes) deja ver con claridad esa debilidad. La estrategia lo clasifica como una especie exótica invasora introducida “hace más de cien años” desde Sudamérica. Pero esa idea se sostiene principalmente en relatos y referencias indirectas, sin evidencia sólida proveniente de herbarios que demuestre, por ejemplo, que el lirio no estaba presente en México antes de una fecha específica. Además, hay una pregunta que incomoda: si el lirio fuera tan invasivo como se afirma y ya está distribuido en todo el trópico mexicano, ¿por qué no ha cubierto de manera uniforme todos los cuerpos de agua de esta región?
La explicación más convincente no es que se trate de una invasión en marcha, sino que su expansión depende de un factor muy concreto: la eutrofización. En lagos profundos y con baja carga de nutrientes, el lirio no forma infestaciones porque los nutrientes se depositan en el fondo y la superficie mantiene condiciones pobres en “alimento” para estas plantas. En cambio, cuando descargamos grandes cantidades de fertilizantes agrícolas y aguas residuales sin tratamiento, la superficie se vuelve rica en nutrientes y ahí sí el lirio puede crecer de forma explosiva.
A esto se suma un elemento que suele minimizarse: las aves acuáticas migratorias se desplazan miles de kilómetros entre humedales y pueden transportar semillas o fragmentos vegetativos en plumas y patas. Si el lirio ha estado presente históricamente en humedales sudamericanos, su llegada natural a México a lo largo de milenios no solo es posible, sino perfectamente plausible. Presentar como hecho una introducción humana reciente, sin pruebas concluyentes, es más una conjetura que una afirmación demostrada.
Este punto no es un detalle académico. Si el lirio forma parte de una distribución natural que incluye México, y su proliferación ocurre sobre todo por contaminación de nutrientes, entonces gastar millones en programas de control biológico (por ejemplo, introduciendo insectos sudamericanos) sería centrarse en el síntoma mientras se deja intacta la causa. Y aún peor: si existieran poblaciones nativas o establecidas desde hace mucho tiempo, introducir enemigos naturales específicos podría generar efectos ecológicos imprevistos.
El problema se agrava porque el documento también clasifica como invasoras a especies que, en realidad, son nativas. El tule o enea (Typha domingensis) suele expandirse en zonas someras cuando los lagos se azolvan o pierden profundidad por sedimentación y extracción excesiva de agua. El crecimiento de la lechuguilla (Pistia stratiotes), también nativa en México, se dispara cuando aumentan los nutrientes provenientes de fertilizantes y aguas residuales. En estos casos, la planta no es el origen del problema: es la señal visible de que el ecosistema ya está degradado.
Aunque la estrategia admite que la eutrofización influye en el fenómeno, luego cae en contradicción al proponer el control biológico como una medida generalizada. Es parecido a cuando un médico reconoce la causa real de una enfermedad, pero decide tratar solo el dolor, dejando intacto el origen del daño.
Lo que México necesita con urgencia, antes de invertir en controles biológicos costosos, es investigación experimental seria. En el caso del lirio, sería posible diseñar estanques experimentales con distintas concentraciones de fósforo y nitrógeno para medir con precisión sus tasas de crecimiento. Si se demuestra que el factor decisivo es la disponibilidad de nutrientes y no la falta de enemigos naturales, entonces la acción principal debería ser clara: reducir las descargas contaminantes, no importar insectos.
Para especies nativas como el tule, el enfoque tendría que ser distinto y centrarse en restauración hidrológica: reforestar cuencas para disminuir la sedimentación, regular extracciones de agua en la cuenca y mantener niveles de agua adecuados. Para la lechuguilla y otras plantas flotantes, lo más importante es atacar las fuentes de eutrofización: mejorar el tratamiento de aguas residuales, regular el uso de fertilizantes y establecer franjas riparias de amortiguamiento.
El documento del IMTA tiene aciertos importantes. Reconoce que los herbicidas implican riesgos severos y que el control mecánico sin monitoreo continuo termina siendo inútil. También es muy valiosa la propuesta de utilizar imágenes satelitales para detección temprana, y es acertado el énfasis en capacitación y fortalecimiento municipal.
Pero el núcleo científico del diagnóstico necesita una revisión profunda. Antes de gastar dinero público en control biológico, se requiere: primero, revisar herbarios para confirmar si especies etiquetadas como “exóticas invasoras” ya estaban registradas en México antes del siglo XX; segundo, realizar experimentos controlados que determinen si la proliferación depende principalmente de enemigos naturales o de nutrientes; y tercero, diferenciar con claridad entre especies exóticas confirmadas y especies nativas que se vuelven dominantes por degradación ambiental, para diseñar estrategias específicas según cada caso.
Esta distinción es importante porque el presupuesto es limitado. Cada peso invertido en controlar biológicamente una especie cuyo estatus exótico no está comprobado (o cuya expansión responde sobre todo a eutrofización, o a otro factor de degradación ambiental) es un peso que se deja de invertir en plantas de tratamiento, restauración de cuencas, control de descargas y en investigación útil para tomar decisiones con base científica.
Los lagos y ríos del país no necesitan simplemente “menos plantas”. Necesitan ecosistemas sanos y funcionales, donde las especies (sean nativas antiguas o naturalizadas hace siglos) mantengan equilibrio porque dejamos de contaminar y degradar. Antes de aplicar una estrategia nacional basada en supuestos, México necesita ciencia sólida para responder la pregunta central: ¿estamos enfrentando invasiones biológicas reales o estamos viendo, en forma de plantas, las consecuencias de nuestra propia contaminación?
Tule o enea (Typha domingensis), especie nativa de México, creciendo en zonas someras de la Laguna Tarimoya, una de las 33 lagunas del ANP Lagunas Interdunarias de Veracruz.
Colonia de lirio acuático (Eicchornia crassipes) establecida en la zona sur de la laguna Ensueño, una de las 33 lagunas del ANP Lagunas Interdunarias de Veracruz.
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