Román Humberto González Cajero
En México nos acostumbramos al homicidio, secuestro, crimen organizado y robo a mano armada. Pero ¿qué sucede cuando el violentador tiene una forma indefinida? ¿Qué pasa cuando somos perseguidos incluso en nuestros momentos de comodidad?
La nueva violencia ya no radica únicamente en las calles; se ha instalado en nuestros hogares, trabajos, escuelas y en los lugares más concurridos. No escapamos de ella, porque siempre nos encuentra. La violencia digital no pide permiso para entrar: basta una notificación, una filtración, un mensaje anónimo o un perfil falso para atravesar nuestras fronteras más íntimas.
Mi objetivo es alarmar, porque en México se nos vende constantemente la falsa concepción de que “no estamos tan mal como parece”. Pero esa frase es una mentira disfrazada de consuelo nacional. A los mexicanos nos falta consciencia de lo que viene. No tenemos una idea clara —ni jurídica ni social— de cómo enfrentar esta problemática que cada vez nos absorbe más con el paso de los años.
¿Cómo puede un país tan atrasado tecnológicamente hacerle frente a las incógnitas digitales?
Esa es la verdadera pregunta que nadie quiere abordar de frente.
Porque aquí no hablamos de un grupo minorista que opera en su sótano. Hablamos de redes, grupos y asociaciones coordinadas que aprovechan las carencias estructurales del Estado y la falta de capacitación de los servidores públicos. Hablamos de individuos que conocen mejor los huecos del sistema que quienes están encargados de defendernos.
¿Cómo desmantelas algo que no logras percibir? ¿Cómo buscas lo que desconoces?
Nuestra justicia está diseñada para perseguir cuerpos, no rastros digitales. Para interrogar personas, no perfiles anónimos que desaparecen en segundos. Para analizar escenas del crimen, no pantallas que cambian cada milésima de segundo.
Antes, por lo menos contábamos con testimonios, retratos, videos. Podíamos demostrar con hechos lo que nos agravió. Hoy, ¿cómo se persiguen sombras? ¿Cómo identificas algo en constante movimiento, que se esconde entre millones de usuarios y se mimetiza con el entorno?
Los mexicanos somos vigilados. Lo alarmante es que antes aceptábamos que fuese el gobierno; ahora, quienes ejecutan esta tarea son delincuentes, secuestradores, extorsionadores y acosadores. Todos operando sin custodia, sin supervisión, sin un aparato sólido de investigación detrás.
Se nos vendió la idea de la “policía digital”, pero eso representa apenas un peldaño de una escalera cambiante e inestable. Por cada paso que damos, los criminales parecen modificar el terreno.
¿Qué tiene que pasar para que el Estado tome la debida importancia?
¿En qué momento se diseñarán políticas públicas que garanticen un desarrollo sano y seguro en los espacios digitales?
No hablo de copiar modelos de países más avanzados como Letonia, Estados Unidos o Canadá. Eso sería un sueño imposible para nuestra realidad actual.
Hablo de comenzar por lo mínimo: diagnósticos reales, capacitación técnica, protocolos actualizados, equipos especializados, uso adecuado de la evidencia digital, y voluntad política, esa que siempre falta.
Porque mientras más tiempo pase sin actuar, la problemática terminará encerrando al país. Y cuando eso ocurra, caeremos en un abismo del cual será casi imposible salir.
Merecemos sentirnos seguros sin replantearnos si nuestra información será usada en nuestra contra. Merecemos publicar, opinar y existir digitalmente sin que nuestra dignidad humana sea vulnerada. México ama citar los derechos humanos; lo que nunca ha aprendido es a hacerlos operativos.
No se trata de minimizar las problemáticas. Porque cuando el problema está ahí y no se quiere ver, cuando por fin volteamos a enfrentarlo, descubrimos que ya es demasiado tarde. El problema está presente. Basta de negarlo.
El Derecho debe anticiparse, no reaccionar. El gobierno parece olvidar que el Derecho Penal es —y debe seguir siendo— la última instancia, no la primera ni la única herramienta.
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