IA, poder y futuro, entre imperios digitales y la esperanza de cooperación

David Quitano Díaz

“Quien controle los datos, controlará el futuro no solo de la humanidad, sino de la propia vida.”
–Yuval Noah Harari

La humanidad está ante una bifurcación crítica en su historia: el ascenso vertiginoso de la inteligencia artificial (IA) no solo está transformando nuestras economías, sino también el equilibrio geopolítico y la estructura misma del poder global.

Yuval Noah Harari en su obra “Nexus”, menciona que frente a este fenómeno, la prospectiva nos obliga a plantear escenarios que, aunque puedan parecer apocalípticos, deben servir como advertencias racionales y no como profecías inevitables.

La irrupción de la IA plantea un peligro existencial que, paradójicamente, no radica tanto en la malevolencia de los algoritmos, sino en las fallas estructurales de nuestras propias instituciones sociales.

Al final, sería temerario pensar que IA es malvada; somos nosotros quienes podemos usarla con negligencia, ignorancia o cinismo. Considero que la clave está en comprender que, si la humanidad permanece unida, aún es posible construir instituciones globales que regulen esta tecnología y corrijan los errores antes de que se traduzcan en catástrofes reales.

Sin embargo, ese “si” es cada vez más frágil. El riesgo no está solo en los avances tecnológicos aislados, sino en su apropiación por naciones o corporaciones con agendas particulares generando una brecha de desarrollo mucho más profunda.

Toda vez que la IA desarrollada unilateralmente podría manipular la opinión pública global a través de noticias falsas, dinero falsificado o incluso identidades digitales sintéticas. Bastaría con que unas cuantas sociedades optaran por no cooperar, para poner en jaque la confianza global.

Es así como la IA no puede ser regulada de manera efectiva dentro de fronteras nacionales: es un problema transnacional, sistémico y profundamente político.

Lo que estamos presenciando, en la práctica, es el surgimiento de un nuevo colonialismo: uno basado en datos. Las naciones que controlan los flujos de información no solo dominan mercados, sino también identidades, percepciones, decisiones de consumo y, potencialmente, sistemas políticos completos.

Esta lógica imperial de datos recuerda las jerarquías de la Revolución Industrial, pero con una diferencia clave: los recursos ya no son materiales, sino intangibles y ubicuos. La IA, en ese contexto, funciona como una fábrica global, capaz de extraer valor sin límites geográficos.

En este escenario, los países del Sur Global enfrentan un reto enorme. Mientras que en la Revolución Industrial los recursos eran accesibles a través de maquinaria y capital físico, hoy la entrada al nuevo sistema requiere acceso a grandes cantidades de datos, poder computacional y capital intelectual.

La brecha entre el “centro imperial digital” y las nuevas colonias de datos puede ser más profunda que cualquier desigualdad anterior.

Además, se perfila una posible fragmentación del orden digital internacional. China y Estados Unidos encabezan el desarrollo de esferas digitales autónomas, con lógicas distintas, una orientada al poder estatal, otra al mercado. Pero ambas convergen en un punto inquietante, que es su capacidad para controlar infraestructuras críticas, narrativas sociales y hasta identidades.

En este contexto, la idea de una “guerra psicológica” o de un conflicto geopolítico cibernético deja de ser una hipótesis remota. Las ciberarmas no necesitan tanques ni soldados pueden apagar redes eléctricas, sabotear elecciones o infiltrar sistemas de defensa sin disparar un solo tiro.

Pero el pesimismo no debe paralizarnos. La historia demuestra que los sistemas pueden cambiar. La disminución de guerras en el siglo XX no fue un milagro, sino el resultado de nuevas instituciones, tecnologías disuasivas y transformaciones culturales. Hoy, el desafío es similar,diseñar acuerdos internacionales que prioricen los intereses colectivos a largo plazo sobre los egoísmos de corto plazo.

La IA puede reforzar Estados autoritarios o bien empoderar democracias más transparentes. Puede crear imperios digitales o bien propiciar una nueva forma de cooperación global. La diferencia dependerá de nuestras decisiones políticas, no de un destino predeterminado.

No hay predicciones infalibles, pero sí hay caminos que podemos —y debemos— elegir. Como lo señala la historia, la capacidad de imaginar un futuro distinto es el primer paso para construirlo.

 

EL CENSAL

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