Edgar Sandoval Pérez
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El Carnaval de Veracruz no es solo una fiesta. Es, en términos económicos, una industria temporal que se activa durante casi dos semanas y que moviliza recursos, empleo y consumo en múltiples sectores. Como toda actividad masiva, genera externalidades: positivas para el comercio, el turismo y los servicios; y también retos en materia de seguridad, movilidad y servicios públicos.
Cada edición del Carnaval de Veracruz representa uno de los eventos turísticos más importantes del estado. De acuerdo con estimaciones recientes de autoridades estatales y municipales, la derrama económica puede oscilar entre los 600 y 900 millones de pesos en años promedio, mientras que en ediciones con cartelera artística de alto perfil puede superar los 1,000 millones de pesos.
Esto implica una inyección directa de liquidez a hoteles, restaurantes, transporte,
comercio ambulante y formal, así como a prestadores de servicios turísticos.
La ocupación hotelera en la zona conurbada Veracruz–Boca del Río suele alcanzar entre 90% y 100% durante los días principales. Si consideramos una tarifa promedio por noche de 1,800 a 2,500 pesos en hoteles de categoría media y alta, y una estancia promedio de 2 a 3 noches, el impacto en hospedaje por sí solo representa cientos de millones de pesos. A esto se suma el gasto en alimentos y bebidas, que en eventos masivos puede concentrar hasta el 35% de la derrama total.
Comparativamente, el Carnaval de Mazatlán suele reportar derramas cercanas a los 1,200 millones de pesos, mientras que la Feria Nacional de San Marcos supera con facilidad los 8,000 millones de pesos debido a su duración, dimensión ganadera y espectáculos internacionales. A nivel estatal, la Cumbre Tajín genera estimaciones que rondan entre 400 y 600 millones de pesos en temporadas exitosas.
La diferencia radica en escala, patrocinadores y segmentación del público. Mientras San Marcos tiene una estructura empresarial y ganadera robusta que multiplica su impacto, el Carnaval de Veracruz depende en mayor medida del turismo regional y nacional, con menor presencia de visitantes internacionales. Sin embargo, en proporción al tamaño de la economía local, el Carnaval representa uno de los eventos con mayor efecto multiplicador en el estado.
Desde la perspectiva macroeconómica, este tipo de eventos inciden en variables como el consumo privado, el empleo temporal y la recaudación indirecta vía IVA e impuestos locales. Si asumimos un multiplicador conservador de 1.5, una derrama de 1,000 millones podría traducirse en un impacto económico ampliado de 1,500 millones de pesos al considerar efectos indirectos e inducidos.
No obstante, también existen costos: operativos de seguridad, limpieza, logística y servicios públicos. El desafío de política pública consiste en maximizar el beneficio neto, profesionalizar la organización, atraer patrocinio privado y fortalecer la promoción nacional e internacional.
El Carnaval no es únicamente tradición; es estrategia económica. En un estado que necesita diversificar fuentes de ingreso y fortalecer su sector terciario, eventos de esta magnitud pueden convertirse en palancas de crecimiento regional si se gestionan con visión empresarial y planeación financiera de largo plazo.
Porque detrás de cada comparsa, cada carro alegórico y cada concierto, hay algo más que música: hay empleo, ingreso y actividad económica circulando por las venas del puerto.


