El derecho a desaparecer

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Román Humberto González Cajero

  1. La invisibilidad como refugio 

En el pasado, grandes revoluciones y movimientos históricos llegaron al mundo para traernos una parte de la visibilidad que ahora poseemos, una que usamos cada vez que opinamos, votamos, nos levantamos o nos oponemos. Esto nos dio voz; nos otorgó la posibilidad de ser escuchados por nuestra comunidad, incluido nuestro gobierno. 

Ahora nos enfrentamos al mismo e interminable ciclo social en el cual un avance siempre viene acompañado de un retroceso estructural que vuelve a cambiar la forma en que se manejan nuestras sociedades. Porque la nueva modernidad ya no es ser más escuchado, sino algo que posiblemente aquellas personas que dieron su vida por darnos esta voz no comprenderían del todo: el derecho a desaparecer, a ser invisibles, a no ser vigilados, a no sentir que se nos juzga eternamente por una opinión, un juicio o una ideología que apoyamos. 

Tal vez esa opinión fue emitida en un momento de desarrollo de nuestra identidad, cuando aún no teníamos valores claros o consolidados. Pero la nueva modernidad no perdona. Te juzga en el presente y en el futuro por lo que el pasado dijo de ti, olvidando que nadie debería ser juzgado eternamente por lo que fue en otro momento de su vida. El ser humano es cambiante por naturaleza: evoluciona, crece y se transforma. No es lineal ni perfectamente medible. Esa es, precisamente, la diferencia entre las ciencias sociales y las ciencias experimentales. 

La democracia, después de todo, se construye sobre la premisa de que los ciudadanos tienen voz y que esa voz puede hacerse escuchar sin miedo. Pero hay países donde dicha premisa comienza a desvanecerse lentamente. 

En esos lugares, el derecho a la voz deja de ser una posibilidad y comienza a sentirse como una opresión silenciosa, percibida como riesgosa y amenazante. No es que la sociedad deje de creer, pensar o tener algo que decir; es que ha aprendido que el silencio, e incluso vivir en cierta ignorancia voluntaria, puede convertirse en una forma de supervivencia dentro del mismo territorio que alguna vez sintieron como hogar. 

Y México, en muchos sentidos, parece acercarse cada vez más a esa paradoja que durante años se disfrazó bajo el nombre de democracia. 

Cada vez son más las personas que eligen callar, porque entienden que, si decides publicar lo que piensas, tarde o temprano puedes ser perseguido hasta ser silenciado por una voz con aparente poder o respeto. O al menos eso parece indicar la realidad, pese a lo que el papel —ese mismo que nos prometen garantiza la dignidad humana— afirma proteger. 

  1.  Cuando el silencio deja de ser elección  

En teoría, el derecho internacional de los derechos humanos busca garantizar, proteger y promover el respeto de aquellos derechos que caracterizan a la mayoría de las sociedades del mundo. Entre los más reconocidos y defendidos hasta su consolidación jurídica se encuentran la libertad de expresión, el acceso a la información y el derecho a participar en los asuntos públicos. Todos ellos son pilares esenciales de cualquier democracia. Pero existe una dimensión menos discutida de estos derechos: su efectividad y su promoción real.  

¿De qué sirven convenios, pactos y organizaciones internacionales si el Estado no comunica, no educa ni aclara su alcance? Esto es especialmente grave en países rezagados, donde los grupos vulnerables o las llamadas categorías sospechosas deberían ser una prioridad aún mayor. Porque la omisión en el acceso al conocimiento jurídico también es una forma de silenciar. 

Y es quizá una de las más limitantes de todas, porque impide que las personas desarrollen plenamente sus capacidades y sus posibilidades como seres humanos. 

No es legítimo que un país firme un convenio internacional si posteriormente no garantiza su conocimiento ni su aplicación dentro de su territorio. Y resulta aún más lamentable cuando los ciudadanos se ven obligados a recurrir a instancias internacionales para resolver conflictos que deberían haber sido solucionados dentro del propio Estado. 

Pero esta realidad no solo la comprenden los juristas o los activistas. También lo saben miles de ciudadanos comunes que, frente a la posibilidad de denunciar una injusticia o expresar una crítica, optan por algo mucho más sencillo y seguro: callar. 

  1.  La cultura del bajo perfil 

Dentro de este contexto y de esta realidad social, comienza a consolidarse una tendencia clara: la cultura del bajo perfil. 

No meterse en problemas. No emitir opiniones. No votar. No criticar. No manifestarse. No oponerse a quienes detentan el poder, ya sean gobernantes, grupos criminales o el propio sistema. 

Este comportamiento termina convirtiéndose en un mecanismo lógico y aprendido por la población. Es mejor no ser reconocido que llamar la atención. Es mejor no intentar hacer un cambio que exponerse. Es más fácil silenciarse que ser juzgado por ejercer un derecho. 

  1. El silencio como síntoma 

El silencio del gobernado suele interpretarse como apatía política. Sin embargo, esto ya no se trata simplemente de participación electoral, de votos o de números en una boleta. 

Se trata de que vivimos uno de los momentos más decadentes de la política mexicana. 

Se dice que las nuevas generaciones han perdido el interés, que no tienen personalidad o que carecen de la capacidad suficiente para imaginar un futuro mejor para el país. Pero esa lectura ignora algo fundamental: muchas veces el silencio no nace de la indiferencia, sino de la desconfianza. 

Preferimos guardar silencio antes que exigir lo que por naturaleza merece el pueblo: un gobierno eficiente, donde no gane quien ya está pactado, sino quien realmente posee las habilidades y el conocimiento necesarios para dirigir un país tan complejo y cambiante como México. 

Un país con una realidad social dura, a veces más agresiva que la de otras naciones, que necesita control institucional y no dispersión política; que necesita motivación, pero no complacencia. Porque el crecimiento de una sociedad no se construye con el silencio de quienes deberían ser escuchados sin temor ni juicio. 

  1. Cuando el Estado ya no es suficiente 

El Estado deja de ser suficiente cuando no garantiza las condiciones necesarias para que el pueblo ejerza las libertades que posee por el simple hecho de ser humano. Porque la libertad de expresión no se vulnera únicamente cuando hablar está prohibido. También se debilita cuando no existen garantías suficientes para que alguien pueda expresarse sin temor a ser perseguido, juzgado o silenciado.  

En México, muchas personas no dudan entre hablar o callar por simple prudencia, sino porque la confianza en las instituciones es frágil, casi tan frágil como un cristal agrietado. 

Y todos sabemos que un vidrio roto es extremadamente difícil de reconstruir. Aunque no imposible. 

  1.  El derecho a desaparecer 

Hoy en día, una parte importante del pueblo mexicano parece haber tomado una decisión silenciosa: prefiere vivir en paz antes que desgastarse luchando por ejercer derechos que deberían ser naturalmente respetados. 

Las personas prefieren desaparecer antes que destacar. No desaparecer físicamente, sino desaparecer del radar. No destacar demasiado. No confrontar demasiado. No exponerse demasiado. 

Es una forma silenciosa de adaptación social. Pero también es un síntoma profundamente alarmante. Porque una democracia soberana y activa necesita un pueblo involucrado, informado, crítico e incluso exigente con su gobierno. Al final, somos los ciudadanos quienes otorgamos la soberanía y legitimamos las acciones del poder público. 

Un pueblo sin voz deja de ser un país con corazón. Y un país sin corazón termina perdiendo su identidad, su fuerza y su valor social. 

  1. La pregunta incómoda 

La cuestión no es si las personas se adaptaron, si cambiaron o si renunciaron voluntariamente a sus derechos humanos. La verdadera pregunta incómoda es otra: ¿En qué momento la invisibilidad comenzó a sentirse más segura que la participación? 

Esto ya no es solo un problema de garantizar la libertad de expresión o de reformar estructuras de gobierno. Es un problema mucho más profundo: la desconfianza hacia el propio sistema que debería proteger a la sociedad. 

Porque un pueblo que no confía en su protector es un pueblo con miedo. Un pueblo que permanece esperando un cambio que no llega, escuchando promesas vacías mientras la excelencia jurídica que habita en tratados y convenios internacionales parece ignorada en la práctica cotidiana. 

El verdadero reproche ya no es la falta de leyes o de organizaciones. La pregunta central es otra: si el derecho realmente funciona en la práctica, si es sustancial y efectivo para la realidad social. 

Si realmente garantiza instituciones transparentes y eficaces que permitan ejercer nuestras libertades como mexicanos sin tener que refugiarnos en el anonimato. Sin tener que recurrir, como última defensa, a la desaparición voluntaria de nuestros propios derec

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