Opinión

Colonialismo digital: la conquista invisible del siglo XXI

 

Román Humberto González Cajero

Ya somos prisioneros de otros. Una pantalla negra basta para entregar, voluntariamente, nuestra opinión y nuestra libertad.

Durante siglos, el colonialismo se sostuvo en el sometimiento de regiones, su conquista y, posteriormente, la imposición de ideologías. Hoy, esas conquistas ya no son visibles al ojo público convencional: permanecen silenciosas, esperando el momento oportuno para tomar lo que desean.

Ya no nos colonizan reyes ni dictadores. Ahora, entes con más poder que todos los imperios juntos yacen en nuestra actualidad: poseen nuestros datos, nuestra atención y nuestro control. Y sí, todos hacemos uso de ellos. Se quiera o no, de alguna manera somos uno más que se somete ante las corporaciones tecnológicas.
Nos vendieron la idea de que las plataformas digitales nos otorgaban herramientas para ejercer nuestro derecho a la libertad. Nos hicieron creer que podíamos usar plenamente nuestra opinión, que compartir, publicar y exponer nos brindaría una especie de consuelo después de años en los que la sociedad fue silenciada.

El colonialismo digital ya no se trata de territorios conquistados; se trata de traspasar barreras mentales, de apoderarse de la conciencia de países, grupos sociales e incluso de las generaciones futuras. Abrimos nuestras mentes a empresas que creen saber qué es lo mejor para nosotros, que nos miden y ecualizan como si fuéramos un número más, olvidando que poseemos razón, pensamiento y voluntad; que una simple estadística no puede sintetizar todo lo que un ser humano representa.

¿Quién lleva la batuta en este nuevo gobierno digital? ¿Quién decide ya no solo por un territorio, sino por países enteros? ¿Cómo puede alguien determinar qué es lo mejor para sociedades tan distintas en cada rincón del mundo?

Mientras los gobiernos discuten leyes que nacen obsoletas, las grandes corporaciones reescriben la realidad en tiempo real. Los algoritmos nos conocen más que los propios Estados, deciden qué vemos, qué consumimos e incluso qué pensamos. Y lo más inquietante: creemos que todo es por elección propia.

Antes, las herramientas de control eran la religión, el comercio y la esclavitud. Hoy, el arma es la información. Las grandes empresas buscan clasificarnos y agruparnos a partir de reacciones, gráficas y tendencias, modificando lo que sucede y moldeando aquello que desean cambiar o influir. Nos convencen de que somos el centro del sistema, cuando en realidad somos su combustible.

Con cada “like”, comentario o reposteo, permitimos ser estudiados y analizados para que, según ellos, nos muestren “lo que más podría gustarnos”. El discurso que nos venden es el de la innovación, el progreso y el avance tecnológico, porque en pleno siglo XXI se nos ha hecho creer que más tecnología equivale a mayor desarrollo social.

Desde una perspectiva de los derechos humanos, recuperar nuestra privacidad ya no significa solo regular la tecnología: implica recuperar la autonomía que tenemos sobre nosotros mismos. Pero esto abre otra incógnita: ¿Cómo recuperar algo que ni siquiera sabíamos que habíamos perdido? ¿Cómo volver a ejercer algo de lo que hace tiempo carecemos?

La respuesta puede parecer escalofriante. Todos tenemos derecho a no ser manipulados, usados o desinformados bajo la falsa promesa de que vivimos en la era con más acceso a la información.

Hoy no solo está en juego la información: está en juego nuestra libertad personal.

El colonialismo digital puede tener muchas caras: puede parecer información, entretenimiento, comodidad o incluso conexión. Y mientras lo disfrutamos, dejamos de notar las cadenas que se esconden tras la pantalla.

Conviene preguntarnos, entonces, si somos verdaderamente críticos con lo que consumimos o si simplemente dejamos que accedan a nosotros. Porque, con el paso de los años, parece que en lugar de que los dispositivos trabajen para nosotros, somos los humanos quienes servimos como mercancía para algo mucho más grande que nuestro propio gobierno.

 

EL CENSAL

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