Román Humberto González Cajero
- La soberanía que aprendimos a respetar
Desde la invención —y la invitación— que representa el derecho internacional, fue posible identificar su eje central, la razón principal por la cual dejó de ser un simple ideal para convertirse en una necesidad jurídica: el reconocimiento debido de la soberanía de cada país que formara parte de los pactos internacionales, sin importar el sistema de gobierno que tuviera, sus diferencias o similitudes políticas.
Era un seguro colectivo de autonomía y ejercicio del poder. La soberanía no era una concesión política, sino una barrera jurídica: el límite que impedía que la fuerza sustituyera a la ley.
La reciente captura de Nicolás Maduro —ejecutada por agentes militares estadounidenses— obliga no solo a los gobiernos, sino también a la población en general, a preguntarse qué representa este acto para el futuro del derecho internacional tal como lo conocemos. Y no porque se simpatice con el personaje, sino por lo que el hecho revela: una realidad mundial que se podía prever, pero que aún creíamos lejana.
La soberanía existe en el discurso, en la palabra, pero no se aplica de forma igual ni equitativa para todos. Cuando se es poderoso, las excepciones parecen posibles.
El derecho internacional, que nació para contener el abuso, la represión y la intervención externa, comienza a cambiar su libreto. Ya no solo son vulnerados los territorios, sino el propio derecho internacional. Hoy empieza a ser escrito por los más poderosos, no por el principio de solidaridad y respeto soberano que le dio origen.
- Legalidad selectiva: cuando el derecho se vuelve instrumento
El uso de la fuerza, la jurisdicción extraterritorial y la intervención indirecta son temas delicados y claramente regulados por la Carta de las Naciones Unidas. Ningún Estado puede intervenir militarmente contra la integridad territorial o la independencia política de otro sin consentimiento expreso o sin una decisión multilateral debidamente autorizada.
Sea cual sea la postura frente al gobierno venezolano, las normas son claras. Por ello, los argumentos de Estados Unidos se tambalean frente a la taxatividad de la norma, es decir, frente al sentido literal y obligatorio de lo establecido
La captura de un jefe de Estado —o de facto— fuera de su territorio, sin un proceso judicial internacional visible ni autorización multilateral clara, abre una grieta jurídica profunda. La cuestión no es si el régimen venezolano ha cometido abusos; ese es un análisis conexo, pero no el núcleo del problema.
La verdadera pregunta es: ¿cuándo deja de aplicarse el derecho internacional y quién decide cuándo puede ser sustituido por la fuerza?
Cuando la legalidad se vuelve selectiva, el derecho deja de ser norma general y se transforma en herramienta política. No importa el argumento invocado —narcoterrorismo, terrorismo o seguridad regional—, ningún gobierno debería tener la facultad unilateral de tomar una decisión de esta magnitud sin consecuencias.
III. El precedente: lo verdaderamente peligroso
El mayor riesgo no es inmediato; es lento, silencioso y corrosivo. La repetición de excepciones erosiona las bases del derecho internacional. Cada acto “extraordinario” deja una enseñanza implícita: el derecho internacional puede flexibilizarse, reinterpretarse o ignorarse cuando conviene.
Hoy se justifica una captura en nombre de la seguridad o la estabilidad. Mañana, otro Estado podrá invocar razones similares para intervenir en cualquier país que considere incómodo o adverso a sus intereses.
La pregunta no es si el acto fue correcto o incorrecto, sino qué normas siguen vigentes y cuáles pueden eludirse bajo el discurso de la excepción.
- América Latina frente al espejo
Para América Latina, este precedente es alarmante. Nuestra historia está marcada por intervenciones extranjeras justificadas en nombre del orden, la justicia o la seguridad. Durante años, el derecho internacional fue una de las pocas herramientas con las que contaron los Estados más pequeños para contener a las potencias.
Aceptar que la soberanía puede ser vulnerada sin consecuencias abre una pregunta inquietante: ¿qué espera al resto de la región?
El punto no es Venezuela, sino el mensaje que se envía: las reglas existen mientras no estorben.
- ¿Derecho internacional o ficción jurídica?
Este episodio deja una huella imborrable. Reactiva una pregunta incómoda que muchos juristas evitan: ¿el derecho internacional sigue siendo un sistema normativo efectivo o se ha convertido en una ficción a la que nos aferramos porque representa la última barrera frente al abuso absoluto del poder?
Las normas existen, los tratados están firmados, pero las instituciones guardan silencio. El derecho observa, registra, pero no contiene. Juzga, pero no sanciona.
No estamos ante su muerte, pero sí ante su desgaste más peligroso: la pérdida de credibilidad.
- El costo invisible: cuando el derecho deja de protege
Cuando el derecho internacional falla, no solo incumple sus principios: debilita la protección de los derechos humanos y normaliza la excepcionalidad.
El mensaje es claro y perturbador: no importa la norma, importa quién puede ignorarla.
Ese es el daño estructural más grave, porque un sistema sin límites termina legitimando abusos futuros.
VII. El silencio que nos alcanza
La captura de Maduro no es solo un episodio geopolítico; es un punto de inflexión. Un recordatorio de que el derecho internacional es frágil y corruptible cuando se le tolera la excepción.
Hoy algunos celebran, otros callan y muchos observan. Mañana, cuando el mismo precedente se use contra otros Estados, ya no habrá sorpresa, solo resignación
Y ese es el mayor triunfo del poder sin límites: que el derecho deje de ser defensa y se convierta en decorado.
La pregunta final no es si la soberanía fue vulnerada, sino cuánto tiempo pasará antes de que la siguiente excepción vuelva a aparecer.
