Venezuela después de Maduro: la democracia que cae del cielo y las ideologías que ya no alcanzan

0
42

Lot Mariam Geronimo Cuevas

IG: mariam.lg

substrack: mar1503

La  captura de Nicolás Maduro, más allá de su confirmación jurídica o del desenlace político inmediato, abrió un escenario que Venezuela no había enfrentado de manera tan explícita en décadas: la idea de un cambio de poder inducido desde fuera, acompañado por un discurso que se presenta como liberador, democrático y necesario. El problema no es solo el hecho en sí, sino lo que revela: una vez más, la democracia aparece como un paquete exportable, con manual de uso y condiciones de garantía, diseñado lejos de la complejidad social que dice venir a rescatar.

Estados Unidos vuelve a colocarse en el centro del relato como árbitro moral, no solo del rumbo político venezolano, sino del significado mismo de la democracia. Una democracia que se define más por su alineación geopolítica que por su capacidad de reconstruir instituciones, tejido social y confianza ciudadana. En ese esquema, el voto importa menos que la obediencia al orden internacional, y la soberanía se convierte en una concesión temporal.

Este escenario también desnuda el agotamiento de los grandes relatos ideológicos. La izquierda latinoamericana, atrapada entre la defensa acrítica de regímenes autoritarios y el miedo a admitir su fracaso histórico en Venezuela, llega tarde y sin respuestas. La derecha, por su parte, celebra cualquier desenlace que implique la caída del chavismo, incluso si el precio es la normalización de la intervención externa como método político. Ambos bandos repiten consignas que ya no explican el presente.

Hablar hoy de izquierda y derecha en Venezuela —y en buena parte de América Latina— resulta insuficiente. Las categorías de conservadurismo, progresismo o liberalismo se han vuelto etiquetas huecas cuando se enfrentan a realidades como la migración forzada, la precarización extrema y la pérdida sistemática de derechos. El problema venezolano no es ideológico; es estructural, pero sigue siendo leído con lentes del siglo XX.

En medio de este colapso conceptual están los jóvenes. Una generación que no vivió la bonanza petrolera, que creció entre apagones, inflación y exilio, y que ahora observa cómo su futuro vuelve a ser negociado sin su participación. Para ellos, la democracia no es una consigna ni una bandera extranjera: es la posibilidad mínima de estabilidad, de quedarse, de no huir. Sin embargo, lo que reciben son modelos impuestos, discursos polarizados y una narrativa que les exige tomar partido en debates que ya no les representan.

El riesgo es evidente: cuando la democracia se presenta como imposición y las ideologías como dogmas, los jóvenes optan por el desapego, por la despolitización o por formas radicales de rechazo. No porque no les importe el futuro, sino porque no encuentran en el sistema político un lenguaje que dialogue con su experiencia cotidiana.

Venezuela no necesita una democracia tutelada ni una reedición del viejo enfrentamiento entre izquierda y derecha. Necesita algo más incómodo y menos espectacular: reconstrucción institucional real, memoria crítica y un nuevo pacto social que no dependa de salvadores externos ni de nostalgias ideológicas. Mientras eso no ocurra, cualquier transición será frágil, y cualquier victoria, provisional.

La pregunta no es si cayó Maduro. La pregunta es qué idea de democracia caerá con él y si, esta vez, alguien estará dispuesto a construir una distinta, desde dentro y con quienes nunca han sido escuchados.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí