Ángel Toledo Tolentino
Licenciado en Economía (Universidad Cristóbal Colón),maestro en Estudios Urbanos (El Colegio de México) y doctor en Estudios del Desarrollo (Universidad Autónoma de Zacatecas). Profesor por asignatura en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana (UV). Miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) con nivel de Candidato. Líneas de investigación: zonas metropolitanas de Veracruz, inversión extranjera directa (nearshoring) y crecimiento económico regional.
En mi columna anterior, platicábamos que la economía de Veracruz es como una cocina donde cada municipio prepara algo distinto. Vimos que hay lugares que se vuelven “especialistas” en una sola cosa, como el trabajo de artículos de cuero en Tantima o la acuicultura en Tlalnelhuayocan. Sin embargo, al mirar de nuevo los números, la realidad es todavía más clara: el estado de Veracruz funciona con dos motores distintos que, por diversas razones, casi nunca van en la misma dirección.
Hay que aclarar qué significa eso de la especialización. No estamos hablando de quién tiene más dinero en el banco, sino en qué trabaja la gente. Al ver dónde están los empleados (el personal ocupado), descubrimos qué es lo que realmente sabe hacer cada persona. Es el rostro humano de la economía: el trabajo que lleva el pan a las mesas de nuestras familias.
Al revisar los datos nos podemos centrar en ciertos municipios, Xalapa, por ejemplo, resalta como la muestra de un “centro de mando”. Aquí en nuestra capital, los números nos dicen que no somos solo una ciudad de oficinas. Tenemos una base de trabajos muy variados que mueven a todo el estado. Xalapa es líder en ocupar personal de forma importante en la construcción, en el transporte de pasajeros, en la seguridad y en la educación. Incluso tenemos especialidades curiosas pero importantes, como los servicios de fotografía o el cuidado de la salud mental. Xalapa es el lugar donde se contrata a las personas para planear, construir, cuidar y enseñar.
Pero la sorpresa está afuera de las ciudades, en el Veracruz rural. Mientras en Xalapa nos ocupamos de los servicios y en el comercio, hay una red inmensa de municipios pequeños que son los que realmente mantienen vivo el día a día. Al ver en qué trabaja la gente en esos lugares, los números nos muestran que pueblos como Soteapan, Mecatlán y Coetzala son los campeones en dar empleo en tiendas de abarrotes y comida. Otros, como Tenampa, destacan en la venta de bebidas, y municipios como Tamalín o Chinampa de Gorostiza tienen a la gente trabajando en panaderías y tortillerías.
A veces pensamos que estos son “negocios chiquitos”, pero para el estado son básicos. Estos pueblos son el corazón que nos da de comer. Son los encargados de que no falte lo básico en ninguna comunidad vecina. Sin el trabajo de la gente en lugares como Tehuipango o Mixtla de Altamirano, que son especialistas en vender ropa y calzado, la red que nos surte de lo más necesario simplemente se detendría. Mientras la capital pone los servicios profesionales, esta red de pueblos sostiene la comida, el vestido y el comercio de cada día.
El problema es que, por años, los gobiernos han querido tratar a todos por igual, como si Veracruz fuera una sola cosa, lo que es un error. No se le puede dar la misma solución a una oficina de servicios en la ciudad que a una panadería en la sierra. Si queremos que Veracruz despegue, el gobierno tiene que dar soluciones diferentes a necesidades distintas.
En las ciudades como Xalapa, el camino es apoyar la creación de empleos de tecnología, servicios profesionales y educación, para que los jóvenes que salen de nuestras universidades no se vayan a otros estados o países. Pero en los pueblos, la estrategia debe ser otra: hay que fortalecer esos comercios y talleres que ya les dan trabajo a miles de personas. En lugar de buscar atraer fábricas a la montaña, hay que invertir en que esa tortillería en Soteapan o esa panadería en Tamalín tengan mejores herramientas, luz que no se corte y caminos dignos para mover sus productos.
Hay que reconocer que somos un estado de “dos mundos”, no es algo malo; es entender nuestra fuerza. Las ciudades necesitan de los pueblos para comer y funcionar, mientras que los pueblos necesitan de los servicios que hay en las ciudades para crecer. Veracruz es un tejido de muchas manos. Si seguimos ignorando lo que cada rincón ya hace bien con su propio esfuerzo, seguiremos desperdiciando el talento de nuestra gente.


