Ángel Toledo Tolentino
Licenciado en Economía (Universidad Cristóbal Colón),maestro en Estudios Urbanos (El Colegio de México) y doctor en Estudios del Desarrollo (Universidad Autónoma de Zacatecas). Profesor por asignatura en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana (UV). Miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) con nivel de Candidato. Líneas de investigación: zonas metropolitanas de Veracruz, inversión extranjera directa (nearshoring) y crecimiento económico regional.
La desigualdad en México no es un fenómeno provocado por el clima. No es una sequía imprevista ni un castigo divino que nos cayó del cielo por mala suerte. Es, en realidad, una arquitectura diseñada con precisión en despachos con aire acondicionado. Lo que el informe de Oxfam México, Oligarquía o Democracia: Nueve propuestas contra la acumulación extrema del poder en México (2026), nos pone frente al espejo es una verdad cruda: nuestra democracia se ha transformado en la realidad en una oligarquía.
Mientras usted lee este párrafo, han pasado apenas diez segundos. En ese suspiro, la fortuna de Carlos Slim habrá crecido unos 2,730 dólares (cerca de 48 mil pesos al tipo de cambio actual). Para un mexicano que sobrevive con el salario mínimo, alcanzar esa cifra —lo que el magnate acumuló en diez parpadeos— requeriría trabajar sin descanso durante más de seis meses. Esa es la medida real de nuestra fractura social: el tiempo. En México, el reloj de unos pocos devora los años de vida de millones.
Nos vendieron durante décadas la fantasía del “goteo”. Esa idea de que, si a los de arriba les iba bien, la riqueza terminaría llegando a las carteras de los más pobres. Los datos son el epitafio de esa mentira: en tres décadas, la riqueza de los 22 milmillonarios se multiplicó por cuatro, mientras la economía nacional ni siquiera logró duplicar su tamaño. El capital en México no fluye; se estanca en la cima, se reinvierte y se protege tras un muro de concesiones de agua, aire y espectro.
Preocupa el subsidio invisible que sostiene esta estructura. La desigualdad tiene rostro de mujer y se mide en segundos robados. Mientras el hombre del 1 % más rico es dueño absoluto de su proyecto de vida, las mujeres en pobreza extrema deben entregar 11.5 horas diarias a cuidados no remunerados. Casi medio día destinado para limpiar y sostener el mundo de otros, sin ver un solo peso. Ese cansancio permanente es el motor oculto de una economía que premia la herencia, tres de cada cuatro magnates son herederos, y castiga la meritocracia.
El Estado parece haber dimitido de su cargo y vuelto cómplice del estatus quo. Nos hemos movido a un entramado donde el poder económico compra rapidez, mientras que, para la mayoría, relacionarse con lo público implica perder años en un laberinto de trámites e incertidumbre. La poca claridad de como se cobran los impuestos es la corona de este sistema: si tienes ingresos por arriba de 500 millones de pesos solo aportas 21 centavos por cada cien pesos recaudados.
No estamos ante un dilema técnico que se resuelva con gráficas o discursos de buena voluntad. Estamos ante una urgencia democrática. Mantener la banca de desarrollo operando apenas al 2 % o permitir que el subsidio eléctrico beneficie más a los ricos que a los pobres es una decisión política deliberada.
La transición hacia una verdadera justicia social exige medidas que hoy están lejos de pasar: una reforma profunda que cobre impuestos a las herencias multimillonarias para romper la transmisión generacional de privilegios y que, al mismo tiempo, redistribuya de forma efectiva el poder sobre los recursos del país. Mientras esto no ocurra, la palabra “democracia” permanecerá como un sueño, un guion escrito en los despachos de los milmillonarios para entretener a las mayorías mientras las decisiones reales se toman en privado. Debemos entender que la igualdad política es una promesa vacía si el capital conserva el control total del calendario y sigue secuestrando los segundos de la población.

