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Después del cansancio…

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Román Humberto González Cajero

Hay un cansancio que carcome al ser humano. Nos incomoda, nos desilusiona y, con ello, nos produce ansiedad. No hablo del cansancio físico, emocional o intelectual. Hablo de algo distinto: ¿qué sucede cuando nos enfrentamos a la incomodidad de aquello que toca nuestras fibras más personales?, ¿qué ocurre cuando el cansancio es compartido?, ¿cuando una población entera comienza a experimentar un mismo sentimiento de desolación, acompañado de una esperanza perdida?

Hoy, la sociedad atraviesa una de las crisis emocionales más profundas de los últimos años. Y no me refiero a síntomas ya conocidos o diagnosticados. Hablo de uno nuevo, difícil de describir y, por ello mismo, más peligroso: el agotamiento jurídico.

El cansancio de seguir creyendo en leyes que nacen rezagadas. De confiar en representantes que juran ofrecer nuevas oportunidades y que, con el tiempo, rompen esas promesas, jugando con nuestras necesidades y con nuestro valor como sociedad. Cada reforma fallida, cada político sonriente, cada jurista trajeado que repite el mismo discurso, parece profundizar aún más una herida que ya se ha vuelto característica del pueblo mexicano: una herida compartida, tan abierta que resulta casi imposible cicatrizarla sin volver a sangrar.

Durante años, la libertad de expresión pareció ofrecernos una forma de cubrir esa herida. Escribir, criticar y exigir cambios reales —no solo discursivos— se convirtió en una vía de escape y de resistencia. Sin embargo, la violencia digital y el silenciamiento sistemático de quienes buscan promover transformaciones han convertido ese espacio en otro territorio inseguro. Ya no somos prisioneros únicamente de nuestra información, de lo que consumimos o incluso de nuestros hogares; hoy se ha intentado aprisionar algo más grave: nuestra esperanza, nuestro pensamiento crítico y nuestros sueños de un país en progreso, o al menos, de uno donde la crítica sea aceptada y no reprimida por el miedo.

Porque el terror dentro del Estado —y en todo aquel que ocupa el poder— termina por volverse inerte. Quien se sienta en ese palacio suele encarnar, con el tiempo, todo aquello que prometió no ser. Uno más que se aprovecha de la fe y la esperanza de quienes lo colocaron ahí. Pero no puede pedirse algo distinto a quien se alimenta de eso. Después de todo, no se le niega la caza al león; es su naturaleza. Y en este país, figuras como esas abundan y, lamentablemente, seguirán existiendo.

La verdadera esperanza de México no radica en los políticos, ni en nuevas leyes, ni en instituciones recién creadas. La esperanza reside en quienes deciden no rendirse: en quienes crean, critican y reflexionan sobre lo que ocurre en el país. En quienes cuestionan si lo que se hace es justo, buscan alternativas o, al menos, se niegan a aceptar pasivamente la crudeza opresiva del poder.

Porque, aunque el esfuerzo parezca insignificante, conviene recordar quiénes han colocado a esos gobernantes en el poder. Sin la ciudadanía, no son nada, y nunca lo serán. El verdadero poder reside en el pueblo y en su capacidad de resistir las adversidades, incluso aquellas generadas por su propio gobierno.

El poder institucional es limitado y tiene fecha de caducidad. El empoderamiento social, en cambio, es permanente: muta, se transforma, pero no desaparece. Nuestra historia es prueba viva de ello.

El futuro de México es incierto, sí, pero no porque sea necesariamente catastrófico ni porque dependa de unos cuantos. Es incierto porque está en manos de cada uno de nosotros, en el impacto que decidamos generar hoy, ahora que somos conscientes y críticos de la realidad que nos rodea. Si dudas del presente, recuerda que tus acciones pueden transformar el ahora de tu país. Abrirte paso en este camino lleno de sombras es también un acto de resistencia.

Porque después de largos periodos de decadencia política, económica y jurídica, siempre llega la redención social.
Y con ella, el cambio necesario.

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