Nayely de Jesús León Fernández
Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales y Maestra en Finanzas por la Universidad de Xalapa, Licenciada en Economía por la Universidad Veracruzana. Actualmente se desempeña como Jefa de Carrera y catedrática de la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana, donde ha desarrollado una destacada trayectoria académica en las áreas de economía, finanzas y desarrollo económico.
Después de registrar nuestros ingresos y gastos, como se propuso en la columna anterior, el siguiente paso consiste en decidir qué queremos hacer con nuestro dinero y es cuando aparece una palabra que llega a generar rechazo, el presupuesto. Para muchos, elaborar uno significa restringirse, dejar de salir, renunciar a los gustos personales o vivir contando cada peso; sin embargo, un presupuesto no debería entenderse como un castigo, sino como una herramienta que nos permite utilizar el dinero de acuerdo con nuestras necesidades, prioridades y metas.
Presupuestar significa tomar decisiones antes de gastar. Cuando no existe una planeación, el dinero se distribuye conforme aparecen las necesidades, las promociones o los impulsos de compra. Como resultado, es posible llegar al final de la quincena sin recursos suficientes para cubrir un gasto importante y recurrir a la tarjeta de crédito o a un préstamo, en cambio, cuando establecemos previamente cuánto destinaremos a cada propósito, reducimos la incertidumbre y tenemos mayor control sobre nuestras finanzas.
Esto no significa que exista una fórmula única para organizar el ingreso, con frecuencia encontramos recomendaciones que indican qué porcentaje debe destinarse a necesidades, ahorro o entretenimiento. Aunque estas referencias pueden ser útiles como punto de partida, no siempre corresponden a la realidad de todos los hogares. Una persona que paga renta, mantiene a sus hijos o enfrenta gastos médicos tiene posibilidades diferentes a las de quien vive con su familia y no tiene dependientes económicos, por ello, un presupuesto debe ser realista, flexible y adaptarse a las circunstancias particulares.
Para elaborarlo, primero debemos identificar el ingreso realmente disponible, es decir, la cantidad que realmente recibimos. Posteriormente, conviene separar los gastos indispensables, como vivienda, alimentación, transporte, servicios, educación y salud. Después se deben considerar los pagos de deudas y, en la medida de lo posible, reservar una cantidad para el ahorro. Finalmente, es recomendable asignar recursos a los gastos personales, la convivencia y el entretenimiento.
Incluir estos últimos gastos es importante porque un presupuesto demasiado rígido suele abandonarse rápidamente, si la planeación no deja espacio para tomar un café, salir con la familia, celebrar una fecha especial o comprar algo que disfrutamos, puede sentirse imposible de cumplir. El problema no radica necesariamente en gastar en aquello que nos produce satisfacción, sino en hacerlo sin conocer sus efectos sobre el resto de nuestras obligaciones. Disfrutar el dinero de manera planeada es diferente a utilizarlo impulsivamente y después endeudarnos para cubrir necesidades básicas.
Además, el presupuesto debe revisarse periódicamente. Los gastos no permanecen iguales durante todo el año: existen meses con inscripciones escolares, mantenimiento del automóvil, vacaciones, celebraciones familiares o pagos anuales. Si sabemos que estos compromisos llegarán, podemos dividir su costo entre varios meses y separar poco a poco el dinero necesario y de esta manera, un gasto previsible deja de convertirse en una emergencia.
También es importante reconocer que no todos los meses serán perfectos. Puede surgir una consulta médica, una reparación en casa o un incremento inesperado en algún servicio. Cuando esto ocurra, no significa que el presupuesto haya fracasado, al contrario, la planeación permite identificar qué categoría puede ajustarse y evita que tomemos decisiones apresuradas. Un presupuesto útil no es aquel que se cumple de forma exacta, sino el que nos ayuda a reaccionar de manera consciente cuando cambian las circunstancias.
Durante esta quincena podemos realizar un ejercicio sencillo: antes de comenzar a gastar, asignemos una función a cada parte de nuestro ingreso. Primero cubramos las necesidades y compromisos; después, separemos una cantidad para una meta o para emergencias; finalmente, definamos cuánto podemos utilizar libremente sin sentir culpa ni poner en riesgo otros pagos. Aunque al principio las cantidades sean pequeñas, lo importante es construir el hábito de decidir con anticipación.
Presupuestar no significa dejar de disfrutar la vida, significa evitar que las decisiones del momento comprometan nuestro bienestar futuro. El dinero también puede utilizarse para descansar, convivir y cumplir deseos; la diferencia está en hacerlo de manera consciente. En última instancia, un buen presupuesto no nos dice únicamente cuánto podemos gastar, sino que nos ayuda a elegir qué es verdaderamente importante para nosotros.

