Rosy Wendoli Carrillo Ovando
Economista, Especialista en Comercio Exterior, Maestra en Economía Ambiental y Doctora en Ciencias Administrativas y Gestión para el Desarrollo. Docente en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: desigualdad económica, complejidad económica, desarrollo sustentable y economía ambiental.
Contacto: roscarrillo@uv.mx
¿Quién sostiene la fuerza laboral cuando el mercado se detiene? ¿Quién permite que la economía funcione incluso cuando no hay salario, contrato ni reconocimiento? Son preguntas que rara vez nos hacemos, pero son fundamentales para entender una de las formas más profundas y menos visibles de la desigualdad.
La economía tradicional se ha concentrado en medir lo que se produce, lo que se vende y lo que se intercambia en el mercado. El Producto Interno Bruto, principal indicador del desempeño económico, registra bienes y servicios con precio, pero deja fuera una dimensión fundamental: el tiempo y el trabajo de cuidados.
Cuando hablamos de economía del cuidado se hace referencia a diversas actividades relacionadas con el cuidado de niños, personas mayores, enfermos, personas con discapacidad, así como tareas domésticas que no son remuneradas. Dichas actividades son fundamentales para sostener el bienestar y la fuerza laboral. Estas actividades las realizan mayoritariamente las mujeres (alrededor de 75% de su tiempo en comparación con el 25% de los hombres), lo que limita sus oportunidades educativas y laborales.
La economía que no se mide se encuentra estimada en un 9% del PIB a nivel internacional, 25% del PIB en América Latina y 23% para México.
El tiempo es un recurso económico escaso y profundamente desigual. No todas las personas tienen el mismo tiempo para estudiar, capacitarse, descansar o participar en el mercado laboral. En la mayoría de los hogares mexicanos, el tiempo es absorbido por tareas de cuidado que no generan ingresos monetarios. Esta “escasez de tiempo” limita las oportunidades económicas y reproduce desigualdades estructurales.
A su vez, esta desigualdad se ve reflejada directamente en el mercado laboral.
La tasa de participación económica de las mujeres (46%) en México sigue siendo significativamente menor que la de los hombres (74%), y una de las principales razones es la carga de cuidados. Muchas mujeres no están fuera del mercado laboral por falta de capacidad o interés, sino porque el sistema económico asume que el cuidado es una responsabilidad privada que debe resolverse al interior de los hogares.
El problema no es individual, sino estructural. Cuando el Estado no provee sistemas públicos de cuidado suficientes (guarderías, estancias infantiles, atención a personas mayores, etc.) son las familias quienes absorben ese costo. En contextos de desigualdad, esta carga no se distribuye de manera equitativa, ya que los hogares con menos recursos destinan más tiempo y esfuerzo al cuidado, mientras los hogares con mayores ingresos pueden externalizarlo.
Así, este trabajo se puede ver como un amortiguador silencioso frente a las crisis. Por ejemplo, durante la pandemia, cuando escuelas y servicios cerraron, se puso en evidencia que la economía resistió en gran medida porque las personas seguían cuidando, enseñando en casa, preparando alimentos y sosteniendo la vida cotidiana. Mientras el mercado se detenía, el trabajo no remunerado de los hogares se intensificaba.
Desde una perspectiva económica, esta omisión tiene consecuencias importantes. Al no reconocer el valor del tiempo y de los cuidados, se subestiman los costos reales del crecimiento económico y se sobrestima el bienestar social. Es posible que el PIB crezca mientras aumenta la carga de trabajo no remunerado, se reduce el tiempo disponible para el descanso y se profundizan las desigualdades de género y de ingreso.
Lo que no se mide, no se valora; y lo que no se valora, se invisibiliza. Mientras el tiempo y los cuidados sigan fuera del centro del análisis económico, las políticas públicas seguirán siendo incompletas. Repensar la economía implica ampliar la mirada y reconocer que antes del mercado está la vida, y que sin cuidados no hay producción, ni productividad, ni desarrollo sostenible posible.
Incorporar el tiempo y los cuidados al análisis económico no es una concesión ideológica. Es una condición necesaria para entender mejor la realidad mexicana y para diseñar políticas que reduzcan la desigualdad, no solo en términos de ingresos, sino también en términos de tiempo, oportunidades y bienestar.


