Dr. José Antonio Molina Hernández
La globalización tal como la conocimos está llegando a su fin. Las cadenas de suministro largas, baratas y dispersas por el mundo demostraron ser frágiles. Pandemia, guerras, sanciones económicas y rivalidades geopolíticas obligaron a las empresas a replantear una pregunta básica: ¿en qué países es seguro invertir?
De esa inquietud surge el friend-shoring: llevar inversiones y procesos productivos no solo a países cercanos, sino a países confiables, políticamente estables y con reglas claras. Ya no basta producir barato; ahora importa producir donde las reglas no cambien de un día para otro.
En ese nuevo mapa global, México aparece como un candidato natural. Comparte una de las fronteras comerciales más dinámicas del mundo con Estados Unidos, forma parte del T-MEC y cuenta con una base industrial sólida. La narrativa es atractiva: México como el gran ganador de la relocalización productiva de América del Norte. Pero una cosa es el potencial y otra, muy distinta, su materialización.
El friend-shoring no se decide en discursos ni en presentaciones de inversión. Se decide en la percepción de riesgo. Las empresas que hoy relocalizan operaciones buscan reducir incertidumbre: regulatoria, política, jurídica y operativa. Buscan países donde el Estado de derecho funcione como un piso mínimo, no como una variable sujeta al vaivén político.
Ahí es donde México enfrenta su principal reto. Aunque han llegado inversiones importantes y se anuncian nuevos proyectos industriales, el país sigue enviando señales mixtas. Cambios regulatorios abruptos, tensiones entre poderes, reformas aceleradas y mensajes contradictorios hacia la inversión privada generan dudas legítimas. No se trata de ideología; se trata de previsibilidad.
En el mundo del friend-shoring, la confianza es el activo más escaso. Y la confianza se construye con reglas claras, instituciones sólidas y cumplimiento efectivo de contratos. Las ventajas geográficas o los bajos costos laborales pierden peso si las empresas perciben que el marco jurídico puede modificarse sin contrapesos.
Además, el friend-shoring es selectivo. No todas las inversiones llegan igual ni a cualquier país. Las más intensivas en tecnología, capital y conocimiento —las que realmente transforman economías— buscan ecosistemas completos: infraestructura, talento, energía confiable, seguridad y certidumbre legal. México tiene avances en varios de estos frentes, pero también rezagos evidentes.
La paradoja es clara: el país está mejor posicionado que nunca en términos geográficos y comerciales, pero compite en un momento donde el estándar de exigencia es más alto. Antes bastaba abrir la economía; hoy hay que gobernarla bien. Antes importaba atraer capital; hoy importa retenerlo y hacerlo crecer.
El friend-shoring no es una promesa automática ni un premio asegurado. Es una oportunidad condicionada al tipo de país que México decida ser en los próximos años. Un país confiable para invertir no es aquel que ofrece incentivos temporales, sino aquel que ofrece reglas duraderas.
Si México quiere consolidarse como un socio estratégico en el nuevo orden mundial de los negocios, deberá entender que el desarrollo económico del siglo XXI pasa menos por la retórica y más por la calidad de sus instituciones. En un mundo que ya no confía a ciegas, la certidumbre es la nueva ventaja competitiva.


