Hugo López Rosas
Biólogo con doctorado en Ecología y Manejo de Recursos Naturales. Se desempeña como Profesor Investigador en El Colegio de Veracruz y forma parte del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (nivel 1) desde 2009.
Cada 2 de febrero se conmemora el Día Mundial de los Humedales, aunque suele pasar casi inadvertido frente a otras preocupaciones más visibles. Sin embargo, en 2026 el enfoque es claro y, en cierto modo, incómodo desde el punto de vista político: “Los humedales y los conocimientos tradicionales: celebrar el patrimonio biocultural” (https://www.worldwetlandsday.org/es/home). Esta idea obliga a aceptar algo que durante mucho tiempo quedó fuera de las políticas ambientales: que proteger la naturaleza no es tarea exclusiva de leyes, instituciones o especialistas, sino también de comunidades que, desde hace generaciones, han sabido regular el uso del agua y de los ecosistemas sin necesidad de marcos normativos modernos.
En México, esta discusión no es abstracta. Tiene lugar concreto. En la parte baja de la cuenca del río Papaloapan, en Veracruz, los humedales no son un simple escenario natural ni una categoría técnica: forman parte de la vida diaria. Manglares, lagunas, ríos y zonas que se inundan de manera estacional sostienen actividades de pesca, alimentación, transporte local y prácticas culturales. En este caso, hablar de patrimonio biocultural no es una figura retórica, sino una forma directa de describir la relación histórica entre las comunidades y los ambientes acuáticos.
Durante años predominó una idea de desarrollo que consideraba a los humedales como terrenos “sin valor” que debían drenarse, rellenarse o transformarse para hacerlos “productivos”. Las consecuencias son conocidas: pérdida de manglar, disminución de recursos pesqueros, agua contaminada, mayor exposición a tormentas e inundaciones, y peores condiciones de vida para quienes dependen del agua. Al modificar un humedal no solo se altera un ecosistema, también se debilita un entramado de prácticas sociales que organizaban su aprovechamiento.
El tema de Ramsar 2026 invita a cambiar la mirada. En el Papaloapan todavía existen formas de pesca vinculadas a temporadas específicas, conocimientos sobre los ciclos de reproducción de las especies y reglas comunitarias que limitan la extracción. Ese manejo no aparece en manuales técnicos, pero funciona como un sistema de regulación social y ecológica. Respetar épocas de captura o métodos tradicionales no es una costumbre sin fundamento, sino una manera de controlar la presión sobre los recursos a partir de la experiencia acumulada.
Hablar de “conocimiento tradicional” no significa idealizarlo ni suponer que todo uso local es automáticamente sostenible. Implica reconocer que estos saberes reúnen información ecológica detallada, construida a partir de la observación constante del entorno. Incluyen datos sobre cambios en la salinidad, desplazamientos de especies, épocas de reproducción y variaciones en el agua. Sin ese conocimiento, muchas decisiones de manejo se toman con vacíos importantes. La ciencia aporta herramientas sistemáticas; las comunidades, una memoria ecológica de largo plazo. Separar ambos campos reduce la capacidad de actuar con eficacia.
El patrimonio biocultural también se refleja en nuevas formas de vincular la economía con los humedales. Iniciativas de ecoturismo comunitario y de educación ambiental local buscan generar ingresos sin deteriorar la base ecológica. Cuando el bienestar depende de que el manglar se mantenga en pie, de que la laguna siga siendo productiva y de que la biodiversidad continúe presente, la conservación deja de verse como una exigencia externa y se convierte en un interés propio de la población.
Las amenazas, sin embargo, son fuertes. La contaminación que desciende desde la parte alta de la cuenca, la expansión de actividades agropecuarias, obras mal planeadas y los efectos del cambio climático presionan estos sistemas. La pérdida de manglares y la alteración de los flujos de agua se traducen en menos peces, mayor salinización y mayor riesgo ante fenómenos extremos. Cada transformación del humedal elimina no solo hábitats, sino también las condiciones que hicieron posibles ciertas prácticas culturales. El deterioro ecológico arrastra un deterioro cultural.
Por ello, el mensaje de Ramsar 2026 tiene un sentido político claro. Reconocer los conocimientos tradicionales implica dar a las comunidades un papel real en las decisiones, no limitar su participación a consultas formales. Supone admitir que la gestión del agua y de los humedales requiere diálogo entre leyes, ciencia y saberes locales. Dejar fuera a quienes habitan estos territorios no solo es una falta de equidad, también es una mala estrategia desde el punto de vista técnico.
Los humedales cumplen funciones clave: limpian el agua, reducen el impacto de inundaciones, almacenan carbono y sostienen alimentos. Al mismo tiempo, son espacios culturales donde se han construido formas de vivir con el agua. Destruirlos significa desarmar a la vez un sistema natural y un sistema de conocimientos. El Día Mundial de los Humedales 2026 no es un acto simbólico. Es un recordatorio de que la crisis ambiental no se resolverá únicamente con soluciones tecnológicas, sino con la capacidad de integrar ciencia y patrimonio biocultural en la gestión concreta de los territorios.
Imágenes captadas por niñas y niños de la comunidad de Mano Perdida, Tlacotalpan, mediante la técnica de fotovoz, bajo la coordinación de Blanca Escamilla, investigadora posdoctoral SECIHTI–COLVER. A través de sus propias cámaras, la niñez documenta su entorno cotidiano: el aula, el agua, la fauna, los manglares, los residuos, los animales domésticos y silvestres, así como las actividades que forman parte de su vida diaria. Estas fotografías expresan su mirada sobre el territorio, su vínculo con los humedales y el agua, y sus percepciones sobre lo que valoran, lo que les preocupa y aquello que consideran necesario cuidar o transformar en su comunidad..


