OpiniónLa privatización de la libertad

La privatización de la libertad

 

Román Humberto González Cajero

Durante siglos, la población se encontró bajo el sometimiento de una figura que ejercía el poder. Ya fuera un rey, un señor feudal, un presidente, un imperio, entre otros. Estas figuras eran —y para muchas poblaciones aún lo son— consideradas los sujetos centralizados del ejercicio del poder. 

Pero ¿qué ocurre cuando quien posee el poder no tiene rostro ni apariencia visible, o es capaz de disfrazarse y manipular incluso a otros países con una facilidad que antiguos personajes empoderados hubieran deseado tener como aliada? 

En generaciones pasadas de la humanidad, aquel que deseaba provocar una revuelta debía movilizarse física y armamentísticamente. Hoy en día, en cambio, puedes causar un impacto igual o incluso mayor sin moverte de un espacio digital. Puedes adoctrinar, manipular y convencer a las personas con una facilidad incomparable. 

Las grandes luchas contra imperios aristocráticos o poderes centralizados trajeron consigo revoluciones. De ellas surgieron pactos, derechos reconocidos, nuevas formas de gobierno y la división de poderes como mecanismo para asegurar su correcto uso y distribución. Todo esto otorgaba cierta certeza jurídica, al menos en lo tácito. 

La premisa era sencilla: si el poder del Estado era limitado por el derecho, la libertad individual podía florecer. 

Sin embargo, la época contemporánea nos ha traído una realidad impensable hace apenas unas décadas: el poder ya no prevalece únicamente en manos del Estado. De alguna manera, forma parte de la vida integral de todos, porque todos somos sujetos y, al mismo tiempo, estamos sujetos a ese poder. 

Hoy, lo privado dejó de ser privado. Se convirtió en objeto de interés para ese nuevo ente de poder. 

Redes sociales, plataformas digitales, televisión, servicios de mensajería, sistemas de información y páginas web se han convertido en los nuevos espacios donde el poder se pone en práctica. En esos espacios se nos vende la idea de que somos libres, de que podemos expresarnos sin juicio alguno. Pero, en realidad, muchas veces no somos más que una estadística. 

Somos personas medidas por lo que dicen, por lo que consumen y por lo que buscan. A partir de ello, se nos alimenta constantemente con más de ese mismo contenido. Con cada clic, cada “like”, cada publicación o cada búsqueda, se moldea progresivamente nuestro discurso. 

Porque ya no somos una sociedad sólida. Somos una sociedad líquida. 

Como advirtió Zygmunt Bauman, vivimos en una “modernidad líquida”, una condición en la que las formas sociales ya no pueden mantener su forma durante mucho tiempo. Lo que antes parecía permanente —instituciones, identidades, certezas— hoy se transforma con una rapidez que vuelve frágil cualquier estructura o pensamiento social. 

Esto nos vuelve susceptibles a la manipulación, al autoconvencimiento y a la pérdida de identidad. Y quizá esa sea una de las pérdidas más profundas de nuestra generación: cuando, con el paso del tiempo, descubrimos que muchas de las ideas, valores o creencias que defendíamos no eran realmente nuestros. 

Porque el verdadero peligro ya no son únicamente los Estados. No se limita a si un presidente o un grupo de legisladores desempeñan bien su cargo. El problema es más profundo y, al mismo tiempo, más silencioso. 

La pregunta que pocos se hacen es qué ocurre con los empresarios, con los magnates y con todos aquellos que poseen acceso a los sistemas que hoy rigen no solo lo real, sino también lo digital. 

En el siglo XXI, las crisis digitales deberían preocuparnos tanto como las físicas. 

Y, sin embargo, aún no existe una forma verdaderamente efectiva —ni jurídica ni práctica— de controlar plenamente ese espacio. 

¿Qué ocurre con quienes hackean sistemas, manipulan información o acceden a bases de datos enteras? ¿Qué ocurre con quienes controlan la infraestructura digital que utilizamos todos los días? 

Y, por otro lado, ¿qué ocurre con quienes permanecen más desconectados? ¿Acaso no merecen información verídica y confiable? ¿No son también merecedores de una conexión digna y justa al mundo digital? Todos merecemos un espacio sano para desarrollarnos como seres humanos. Pero también merecemos un espacio digital que funcione como una extensión segura de nuestra vida cotidiana. 

Hoy ese espacio existe, pero no siempre está regulado con la seriedad que exige su impacto social. Porque, en realidad, la única barrera definitiva para el mundo digital sigue siendo la desconexión. 

Pero la solución no puede ser regresar al pasado. Retroceder implicaría renunciar al progreso. Y la progresividad —así como ocurre con los derechos humanos— debería ser una forma de vida para toda la humanidad. Esto no es un discurso pesimista. 

Es un llamado a reflexionar sobre la necesidad de comenzar a regular seriamente nuestro espacio digital. A establecer responsabilidades reales para quienes poseen, controlan o administran la información. 

Porque hoy nadie se queja cuando los algoritmos nos analizan o nos clasifican para “ofrecer al cliente lo que quiere ver”. 

La verdadera pregunta es qué ocurrirá cuando ese mismo sistema deje de funcionar para entender al usuario y empiece a operar con un objetivo distinto: 

no mostrar lo que queremos ver, sino hacernos aceptar lo que otros quieren que creamos 

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