OpiniónHugo López RosasVeracruz-Boca del Río y sus humedales: una conurbación que debe aprender a convivir con el agua

Veracruz-Boca del Río y sus humedales: una conurbación que debe aprender a convivir con el agua

 

 

Hugo López Rosas

Biólogo con doctorado en Ecología y Manejo de Recursos Naturales. Se desempeña como Profesor Investigador en El Colegio de Veracruz y forma parte del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (nivel 1) desde 2009.

En muchas ciudades mexicanas, y Veracruz-Boca del Río no son la excepción, los humedales todavía son vistos como terrenos de sobra: espacios incómodos, difíciles de urbanizar y, por lo mismo, prescindibles. Cuando un sitio conserva agua, vegetación densa o suelos húmedos, suele considerarse un obstáculo para el crecimiento urbano, no una parte valiosa del territorio. Esa idea ha pesado durante décadas en la forma de planear, construir y expandir esta conurbación. 

El problema es que esa mirada parte de un error de fondo. Un humedal no es un vacío ni un espacio improductivo en espera de ser transformado. Es un sistema vivo que cumple funciones esenciales para el equilibrio de la ciudad. Retiene agua, amortigua escurrimientos, favorece la infiltración, modera la temperatura, sostiene biodiversidad y forma parte de la memoria ecológica del lugar. Aunque muchas veces pasa desapercibido, su presencia influye directamente en la habitabilidad urbana. 

Veracruz creció sobre un territorio marcado por dunas, depresiones naturales y cuerpos de agua someros; y la urbe creció hacia Boca del Río, en una planicie de inundación y con manglares. Esa condición no es un accidente ni un detalle menor del paisaje: es parte de la lógica natural sobre la que estas ciudades se asentaron. Sin embargo, durante mucho tiempo predominó una idea de modernización que entendía el desarrollo como sinónimo de rellenar, nivelar, entubar y construir. Bajo esa lógica, el agua debía ser controlada, canalizada o desplazada; no integrada al diseño urbano. 

Las consecuencias de esa forma de ocupación del territorio se hacen visibles una y otra vez. Cada temporada de lluvias recuerda que el agua no desaparece solo porque la conurbación haya decidido ignorarla. Los escurrimientos buscan sus antiguos caminos, las zonas bajas se saturan y aparecen inundaciones en sitios donde antes el paisaje cumplía una función reguladora. No se trata únicamente de fenómenos naturales extremos, sino también del resultado acumulado de decisiones urbanas que han roto relaciones ecológicas fundamentales. 

Por eso resulta necesario cambiar la pregunta. En lugar de seguir pensando cómo urbanizar a pesar de los humedales, habría que pensar cómo urbanizar reconociendo su existencia y su función. Esa diferencia parece menor, pero implica un cambio profundo de enfoque. Supone entender que la ciudad no está separada de la naturaleza, ni puede sostenerse durablemente contra ella. Supone también aceptar que la infraestructura urbana no se limita a calles, puentes, tuberías y edificios, sino que incluye suelos permeables, vegetación y cuerpos de agua capaces de absorber, regular y sostener procesos ecológicos indispensables. 

Esa perspectiva obliga a revisar la forma en que se toman decisiones sobre el territorio. Cuando un humedal es visto solo como reserva de suelo, cualquier intervención que lo reduzca parece razonable. Pero cuando se le reconoce como parte de la infraestructura natural de la conurbación, su conservación deja de ser un asunto secundario o decorativo. Se vuelve una condición para la seguridad hídrica, el confort térmico, la reducción del riesgo y la calidad de vida. 

También exige abandonar una idea limitada de progreso. No todo crecimiento urbano representa mejora, sobre todo cuando destruye las bases ecológicas que permiten la vida cotidiana. Una ciudad que elimina sus áreas de regulación natural puede expandirse en superficie, pero al mismo tiempo volverse más frágil, más caliente y más costosa de sostener. En ese sentido, conservar humedales urbanos no significa frenar el desarrollo, sino evitar que éste se construya sobre una pérdida permanente de funcionalidad territorial. 

En Veracruz-Boca del Río, las lagunas interdunarias, el manglar de Arroyo Moreno y los humedales de Tembladeras-Laguna Olmeca forman parte de esa discusión de manera central. No son piezas marginales del paisaje ni remanentes sin utilidad. Son expresiones de la geografía propia de la conurbación y elementos clave para comprender sus límites, sus riesgos y sus posibilidades. Integrarlas a la planeación urbana no debería ser una concesión ambiental, sino un principio básico de ordenamiento territorial. 

Al final, el debate sobre los humedales urbanos no es solo ecológico. Es también cultural y político. Tiene que ver con qué se considera valioso dentro de la urbe y qué se decide sacrificar en nombre del crecimiento. Mientras los humedales sigan siendo vistos como espacios sobrantes, seguirán desapareciendo. En cambio, si se les reconoce como componentes fundamentales del territorio urbano, será posible comenzar a construir ciudades que partan del reconocimiento de su propia geografía como condición para un desarrollo verdaderamente sustentable. 

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