Román Humberto González Cajero
Cuando reformar importa más que cumplir y el Estado confunde cambio con apariencia
En el nuevo sistema jurídico mexicano hay una realidad que acontece a nuestra vida cotidiana. Con los avances sociales, surge una necesidad imperante que el pueblo de México arrastra desde hace décadas: la necesidad de fortalecer los derechos, no fragmentarlos.
Porque en la modernidad se nos vendió que la tendencia, y lo aceptado en el nuevo régimen, es el cambio, la transformación o la erradicación, en lugar de solidificar, de construir y de corregir.
No es que en el país falten normas; es que no son aplicadas. Se ignoran o se interpretan de una manera que no corresponde ni beneficia a los ciudadanos mexicanos.
En la actualidad, pareciera que debemos dar prioridad a lo nuevo, a lo que aún no se regula, como si en México no pudiera existir ningún vacío. Sin embargo, cada vez parece que el país se adentra en un terreno insólito, en el cual el derecho se percibe más como moda que como herramienta; más como espectáculo que como profesionalidad, más como apariencia que como preparación.
Y eso abre el telón del personaje que México y sus autoridades presentan.
En México parece pesar más la popularidad que la capacidad de sus funcionarios. Ya no pesan las ideas revolucionarias, la mejora o la oportunidad de un nuevo panorama. Pesa más el hecho de aparentar que se cumple con una función, que hay un cambio, aunque este no sea sustancial, verificable ni real.
Son meros actos de promoción política, de marketing y de publicidad.
El derecho ya no es aquel que nos rige y nos permite vivir de una manera más segura y orientada al desarrollo. Se ha convertido en un espectáculo…
Como advertía Hannah Arendt:
“El poder corresponde a la capacidad humana de actuar en conjunto; cuando esta capacidad desaparece, queda solo la apariencia del poder.”
Nos conformamos con lo que tenemos porque “es así y siempre será así”, por más que en el discurso se prometa cambio. Pero las acciones siempre hablan más que la persuasión.
Porque el discurso político ya no busca asegurar ni demostrar transformación, sino persuadir a través del engaño, la manipulación y la apariencia, escondidos tras declaraciones que suenan bien, pero que no se sostienen en la realidad.
En México se ha aprendido más a decir y convencer que a transformar. Más a construir narrativas que a construir país. Como advertía Max Weber:
“La política es la lenta perforación de duras tablas.”
Transformar exige constancia, estructura y compromiso, no únicamente discurso.
Un país donde la impunidad supera el 90%, donde el acceso a la justicia es desigual y donde las instituciones operan con limitaciones estructurales, no necesita únicamente más derechos.
Cada nueva reforma genera una sensación inmediata de progreso.
Se legisla. Se reconoce. Se anuncia.
Pero el derecho no se mide por lo que se declara. Se mide por lo que se cumple.
Y cuando la actuación se vuelve más importante que la implementación, el sistema comienza a construir una ilusión.
La pregunta no es si existen derechos en México, sino si el país es verdaderamente eficiente para su aplicación y garantía.
México no necesita actuación ni obras de teatro vendidas como iniciativas o reformas. Lo que se necesita es la correcta implicación de los agentes del Estado, con un cambio real, donde la comodidad deje de superar al esfuerzo y a la exigencia diaria.
Porque en la actualidad el confort se ha vuelto aspiracional. Arrastramos un rezago que viene de generaciones que pensaron más desde el egoísmo que desde el altruismo.
En el mundo no generan grandes cambios únicamente las mentes más brillantes, sino aquellas que se esfuerzan de manera constante y que logran visualizar no solo una mejora personal, sino una mejora colectiva.
Y es ahí donde todo debería comenzar.
Porque no hay ser humano sin evolución. Pero mucho menos hay ser humano sin sentido común.

