Mauricio Lascurain
Fernández
Es Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, en el Programa de Nueva Economía Mundial; Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex del Reino Unido y Licenciado en Comercio Exterior y Aduanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.
Algo grande está pasando en América Latina y conviene mirarlo con calma, sin festejarlo ni asustarse de entrada. En pocos años, casi todos los países de la región terminaron con gobiernos de derecha o centroderecha.
La lista impresiona. Argentina con Javier Milei. Ecuador con Daniel Noboa. Panamá con José Raúl Mulino. Paraguay con Santiago Peña. A ellos se sumaron Bolivia, que tras casi veinte años de izquierda eligió a un presidente de centroderecha, además de Honduras y Costa Rica, que también cambiaron de signo. En Chile ganó José Antonio Kast y en Perú el poder siguió inclinado a la derecha, con el fujimorismo de nuevo en primer plano. Hace pocos días Colombia se sumó al grupo.
La tentación es leer todo esto como una conversión masiva al conservadurismo. Yo no lo veo así. Lo que muestran las urnas es más simple y más inquietante. La gente está harta de quien manda, sea de izquierda o de derecha, y lo castiga en cada elección. Inseguridad, economías estancadas, corrupción y promesas que nunca llegaron. Cuando todo eso se junta, el que gobierna pierde y el de enfrente gana casi por descarte. No es entusiasmo por un proyecto. Es bronca acumulada que busca a quién echarle la culpa.
¿Qué significa para la política? De entrada, una región más alineada con Washington, con discursos de mano dura y orden, y menos espacio para la agenda progresista de los años anteriores. Pero ojo, porque la luna de miel dura poco. En Chile el nuevo gobierno ya tuvo que cambiar ministros a las pocas semanas. Ningún analista serio apuesta a que esta ola se quede para siempre.
¿Y para la economía? Probablemente veremos más apertura al comercio, búsqueda de inversión extranjera y ajustes para ordenar las cuentas del Estado. Suena bien en el papel. El problema es que el malestar de fondo, la desigualdad y la pobreza que la izquierda tampoco supo resolver, no se arregla solo porque cambie el color del gobierno.
Por eso miro esta ola sin entusiasmo y sin pánico. El péndulo latinoamericano lleva décadas yendo y viniendo entre la izquierda y la derecha, y siempre vuelve porque nadie termina de cumplir. La pregunta no es de qué lado están los nuevos presidentes, sino si esta vez le van a resolver la vida a la gente. Si no lo hacen, en cuatro años los van a echar también. Y con razón.

