Ramón Guillermo Segura Contreras
Cursa actualmente el Doctorado en Ciudad, Territorio y Sustentabilidad en la Universidad de Guadalajara. Es Maestro en Arquitectura con mención honorífica por la Universidad Veracruzana y cuenta con estudios de maestría en Diseño Arquitectónico Avanzado por la Universidad de Buenos Aires, así como de Posgrado en Diseño Sustentable por la Universidad de Palermo, Argentina. Es licenciado en Arquitectura por la Universidad Veracruzana y ha impartido docencia en la Universidad Veracruzana, la Universidad Anáhuac Veracruz campus Xalapa, la Universidad Panamericana y el Instituto Tecnológico Superior de Xalapa.
Ha realizado una estancia de investigación en la Universidad Mayor de Santiago de Chile y ha participado como ponente en congresos y seminarios nacionales e internacionales. Asimismo, ha publicado artículos científicos, capítulos de libro y colaboraciones académicas en instituciones de educación superior de Latinoamérica. Su línea de investigación se centra en la arquitectura, la ciudad y el espacio subterráneo.
En el ámbito de la gestión educativa, actualmente es jefe del Departamento de Comunicación Institucional de El Colegio de Veracruz. Anteriormente fue Director Académico del Instituto Tecnológico Superior de Xalapa y Coordinador Académico de la Dirección General del Área Técnica de la Universidad Veracruzana, donde participó en procesos de acreditación, rediseño curricular y planeación institucional.
Instagram: @ragui.sc
“El ser de los jóvenes lo definen ellos mismos como sujetos sociales e históricos que son, ocupando el espacio público para hacerse partícipes de la colectividad, para hacer presente la diferencia, para hacer valer la diversidad, para legitimar su presencia en un espacio que de entrada los excluye, o para desafiar y transgredir las normas de lo público impuestas por los adultos y otros poderes hegemónicos”.
López Guerrero & Meneses Reyes (2018)
Desde hace algunos años, hemos venido repitiendo que las y los jóvenes ya no habitan la ciudad, que se la pasan frente a las pantallas; que los parques y las plazas han sido reemplazados por los videojuegos y las redes sociales; que la generación Z y la generación alfa son un retrato de aislamiento de la vida pública. Pero, quizás, hemos mirado en otra dirección o sin detenimiento.
Basta con pasar un rato en el parque, el centro comercial o las calles para darnos cuenta de que las y los jóvenes bailan o ensayan coreografías, hacen cosplay, se fotografían, patinan, crean nuevas y diversas dinámicas, y todo para grabarlo en video y subirlo a redes sociales.
Últimamente, han surgido manifestaciones “raras” o inusuales como los therians, que son las personas que se identifican como animales en diferentes maneras y grados. Los therians se expresan a través de máscaras, maquillaje, atuendos y movimientos para parecerse a animales. De forma más reciente, se ha vuelto viral en redes el fenómeno del farmeo de aura. La palabra farmeo tiene su origen en la palabra en inglés farm que significa cultivo; mientras que “aura” se refiere al carisma, la presencia o la actitud. Por lo tanto, los jóvenes intentan proyectar una imagen de seguridad y con estilo ante los demás.
A primera vista, estas demostraciones nos pueden parecer extrañas, excéntricas o hasta vergonzosas. Sin embargo, desde el ámbito de lo espacial y lo urbano, ocurre algo muy interesante: la ciudad y su espacio público es territorio y escenario al mismo tiempo. Con esto tampoco podemos afirmar que la cultura digital esté desapareciendo, más bien, coexisten lo físico y lo virtual, lo que llamaremos “hibridación”. Las generaciones digitales requieren del espacio físico. ¿A qué me refiero? El espacio público puede ser, al mismo tiempo, un lugar de encuentro y un estudio de grabación.
La sociedad está en constante transformación, a veces profunda a veces no tanto. Recordemos a la juventud que practicaba skateboarding, y convertía los barandales, las escaleras y las rampas en su hábitat; o quienes hacían parkour y usaban paredes, bancas y otros mobiliarios como obstáculos; o quienes usan el espacio de circulación o permanencia para ensayar bailes o coreografías. Cada generación reescribe la forma de ocupar el espacio público.
Hoy en día, con el avance del mundo digital, la hibridación que mencionábamos es inevitable. El espacio público comienza a tener una doble audiencia: quienes están presentes y quienes están detrás de una pantalla. Y, a pesar de esto, continuamos diseñando y analizando el espacio público de forma convencional y quizá hasta predeterminada.
Los jóvenes se resisten a habitar el espacio bajo normas. Por ejemplo, se sientan donde se supone que es para caminar, bailan donde se supone pasa la gente, patinan donde se supone que es para sentarse, juegan fútbol donde se supone que no se debe pisar el césped, entre otros. Todo lo anterior quizá sea lo que el espacio público deba permitir, pues lo público no es aquello que el diseñador, arquitecto o urbanista dicen qué debe ser o cómo comportarse, sino aquello que tiene la capacidad de sostener usos que nadie imaginaba o anticipaba.
Entonces, el espacio público no está siendo abandonado, simplemente se está reinventando para diversas formas de uso. Nos enfrentamos con un reto interesante: en vez de diseñar espacios públicos controlados, quizá se requiera de propuestas con tolerancia a la experimentación y lugares donde ocurran cosas inesperadas. Por ello, es importante reflexionar sobre si los jóvenes en realidad estaban abandonando el espacio público, o como adultos no logramos reconocer cómo lo habitan. De igual forma, cabe cuestionarnos: nuestro entorno urbano, ¿está preparado para generaciones que habitan el espacio público de una forma distinta a como la pensábamos o lo hacíamos?

