Mauricio Lascurain
Fernández
Es Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, en el Programa de Nueva Economía Mundial; Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex del Reino Unido y Licenciado en Comercio Exterior y Aduanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.
En febrero de este año, la Corte Suprema de Estados Unidos resolvió, seis votos contra tres, que la ley de poderes económicos de emergencia no facultaba al presidente para imponer aranceles. Parecía un freno institucional. Un recordatorio de que incluso en la era Trump existían contrapesos.
Duró poco. En septiembre, el Congreso aprobó una nueva legislación que le devolvió esa facultad por otra vía. La ley autoriza aranceles de hasta cien por ciento contra los principales compradores de petróleo y gas ruso. Trump lo anunció desde la tribuna de Naciones Unidas. “De ser necesario, tendré que hacer uso de esas atribuciones”. Un grupo de demócratas advirtió que esas mismas facultades podrían terminar aplicadas a la Unión Europea y a otros socios comerciales. Nadie los escuchó demasiado.
Lo que ocurrió entre febrero y septiembre merece atención. El poder arancelario no desapareció. Cambió de puerta. La Corte cerró una entrada y el Congreso abrió otra. Y lo hizo con respaldo abrumador. Ochenta y cinco senadores de cien votaron a favor. El arancel dejó de ser una herramienta comercial para convertirse en un instrumento de política exterior con plena legalidad democrática.
Esto no es nuevo en la historia. Las sanciones económicas existen desde hace décadas. Pero la escala y la velocidad con que se están usando sí lo son. Rusia ya es el país más sancionado del mundo, y aun así las medidas siguen escalando. La guerra en Ucrania se pelea en el campo de batalla, pero también se pelea en los flujos de petróleo, en las rutas de los buques cisterna y en las cuentas bancarias de Moscú. La diplomacia clásica, la del embajador, la nota verbal, la negociación a puerta cerrada, quedó subordinada a una lógica distinta. La presión económica como primer recurso, no como último.
¿Qué significa esto para el orden internacional? Que el comercio dejó de ser un espacio neutro. Durante décadas, la premisa era que el intercambio de bienes y servicios generaba interdependencia, y que esa interdependencia reducía el riesgo de conflicto. Era el argumento central de la globalización. Hoy esa misma interdependencia se usa como palanca de coerción. Comprar petróleo ruso ya no es una decisión de mercado. Es una posición geopolítica. Exportar semiconductores a China ya no es comercio. Es seguridad nacional.
El arancel del siglo XXI no grava mercancías. Disciplina aliados, castiga adversarios y reordena cadenas de suministro. Y todo con el sello del Congreso.
La economía mundial no se está desglobalizando. Se está armando.

