OpiniónMauricio Lascurain  Fernández Efectos secundarios de la guerra en Irán en América Latina

Efectos secundarios de la guerra en Irán en América Latina

Mauricio Lascurain

Fernández

Es Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, en el Programa de Nueva Economía Mundial; Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex del Reino Unido y Licenciado en Comercio Exterior y Aduanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.

El conflicto abierto desde el 28 de febrero último, a raíz de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, abre un escenario de alta incertidumbre global que difícilmente se puede analizar solo en clave geopolítica. Las señales contradictorias que ha acompañado este episodio generan dudas acerca de su duración y anticipan un conjunto de efectos económicos que, en caso de prolongarse el conflicto, podrían ser profundos e irregulares, en particular para América Latina. 

Los efectos sobre la región se transmiten principalmente a través de tres canales interrelacionados: el aumento del precio del petróleo, la desaceleración de la economía mundial y la reconfiguración de las corrientes internacionales de capital. Estos elementos no operan aislados; por el contrario, se potencian entre sí y afectan de manera diferenciada a los países latinoamericanos, dependiendo de su estructura productiva, dependencia energética y vulnerabilidad financiera. 

El escenario más probable es que las tensiones geopolíticas provoquen un incremento en el precio del petróleo a casi 100 dólares el barril durante varios meses. Es decir, una mezcla de mayor inflación y menor crecimiento económico a nivel mundial, algo históricamente asociado a episodios de estanflación. Este no sería un fenómeno nuevo, las crisis petroleras han demostrado una y otra vez su potencial para encarecer los costos de producción, deteriorar el poder adquisitivo y frenar la actividad económica. En este sentido, los efectos para América Latina serían claramente asimétricos. Los países exportadores de petróleo, entre los que se encuentran Brasil, Colombia, Ecuador o Venezuela, podrían obtener beneficios temporales gracias al aumento de sus ingresos por exportaciones y una mejora de sus balances fiscales. No obstante, estos beneficios podrían ser parcialmente contrarrestados por una menor demanda externa, sobre todo si las economías clave como China, Estados Unidos o Europa reducen sus ritmos de crecimiento. 

El canal energético es, sin duda, el más inmediato. La ubicación estratégica de Irán, estrechamente vinculada al estrecho de Ormuz, implica que ni siquiera es necesaria una interrupción directa del suministro, basta con un aumento en la percepción de riesgo para que los precios del petróleo se eleven. En este contexto, América Latina se configura como un mosaico de ganadores y perdedores. Un caso intermedio que ilustra bien estas tensiones es el de México, por ejemplo. A pesar de que se beneficia de mayores ingresos por exportación de crudo, su dependencia de la importación de combustibles refinados y la política de subsidios a los energéticos ejercen presiones adicionales sobre las finanzas públicas. Este tipo de contradicciones estructurales reflejan la complejidad de los efectos del conflicto. 

Por otro lado, es importante destacar el segundo canal que es la desaceleración de la economía mundial. América Latina depende enormemente de la demanda externa, y cualquier contracción en los grandes polos económicos tiene efectos sobre sus exportaciones de manera directa. El socio clave de Sudamérica es China, por ejemplo; una caída en su actividad industrial repercutiría de inmediato en países como Chile y Perú, que dependen mucho del cobre, o en Brasil, con sus exportaciones agrícolas y minerales. En el caso de México, la exposición se ve amplificada debido a su estrecha integración con la economía de Estados Unidos. Una desaceleración en Estados Unidos rápidamente se traduce en menores exportaciones manufactureras, afectando empleo y crecimiento. A algo parecido ocurre en Centroamérica y Colombia, donde las remesas, el turismo y el comercio dependen en buena medida del dinamismo estadounidense. 

El tercer canal, quizá el menos visible pero igualmente determinante, es el financiero. En tiempos de alta incertidumbre global, los inversores suelen refugiarse en activos seguros, lo que refuerza el dólar y eleva las primas de riesgo para las economías emergentes. En América Latina esto significa una depreciación de las monedas, mayores presiones inflacionarias y un encarecimiento del financiamiento externo. Este último aspecto es sobre todo delicado. Los países que dependan del financiamiento internacional podrían toparse con condiciones más restrictivas, lo que vuelve a generar preocupación sobre la sostenibilidad de la deuda. Al mismo tiempo, la salida de capitales y la volatilidad financiera pueden frenar la inversión y complicar más aún el panorama económico. 

Por último, no podemos pasar por alto las consecuencias políticas. Las crisis económicas que surgen de choques externos suelen ser causa de tensiones internas. Si bien en los países exportadores de petróleo puede haber un alivio temporal en las finanzas públicas, en los importadores el aumento de los precios energéticos puede detonar malestar social. Los precios del transporte y de la energía aparecen como detonantes recurrentes de protestas, tal como demuestra la historia reciente de la región. 

Una guerra prolongada entre Estados Unidos, Israel e Irán afectaría a América Latina, aunque de forma muy desigual. Algunos países pueden conseguir beneficios coyunturales, pero los efectos negativos prevalecerían en la mayoría de los casos, como una mayor inflación, menor crecimiento, presión fiscal y volatilidad financiera. A fin de cuenta, las consecuencias políticas podrían ser tan importantes como las económicas, abriendo un escenario regional complejo e incierto.  

Recientes

Economía

Empresas

Política

Life Style

Deporte

Deporte

Mindfulness