Ramón Guillermo Segura Contreras
Cursa actualmente el Doctorado en Ciudad, Territorio y Sustentabilidad en la Universidad de Guadalajara. Es Maestro en Arquitectura con mención honorífica por la Universidad Veracruzana y cuenta con estudios de maestría en Diseño Arquitectónico Avanzado por la Universidad de Buenos Aires, así como de Posgrado en Diseño Sustentable por la Universidad de Palermo, Argentina. Es licenciado en Arquitectura por la Universidad Veracruzana y ha impartido docencia en la Universidad Veracruzana, la Universidad Anáhuac Veracruz campus Xalapa, la Universidad Panamericana y el Instituto Tecnológico Superior de Xalapa.
Ha realizado una estancia de investigación en la Universidad Mayor de Santiago de Chile y ha participado como ponente en congresos y seminarios nacionales e internacionales. Asimismo, ha publicado artículos científicos, capítulos de libro y colaboraciones académicas en instituciones de educación superior de Latinoamérica. Su línea de investigación se centra en la arquitectura, la ciudad y el espacio subterráneo.
En el ámbito de la gestión educativa, actualmente es jefe del Departamento de Comunicación Institucional de El Colegio de Veracruz. Anteriormente fue Director Académico del Instituto Tecnológico Superior de Xalapa y Coordinador Académico de la Dirección General del Área Técnica de la Universidad Veracruzana, donde participó en procesos de acreditación, rediseño curricular y planeación institucional.
“Desde la remodelación de Tenochtitlán […] la fundación de las ciudades fue la forma más visible, y también la más duradera, de la dominación española en América”
Ángel Rama (1984) en La ciudad letrada
¿Y si uno de los instrumentos más efectivos de la colonización no fue ni la espada, ni el barco, ni la cruz? ¿Y si fue la calle? Usualmente, imaginamos que la colonización fue solo mediante combates, extracción de recursos, epidemias, dominación política y conversiones religiosas. La conquista no se produjo solamente sobre territorio, sino también a través de su organización.
El cambiar dónde vive la gente, dónde se reúne, cómo se mueve, que ocupa el centro, qué edificios dominan el horizonte son estrategias que intervienen en la estructura misma de la vida cotidiana. Antes de la colonización española, no existía un modelo único de asentamiento indígena en Latinoamérica.
Esta cuestión es importante porque Tenochtitlán no puede representar el pueblo maya, así como un asentamiento andino no puede definir la organización del norte de México. Tenochtitlán fue un sistema urbano desarrollado, con redes políticas, económicas, hidráulicas y territoriales. Por eso, decir que la colonización “urbanizó” un paisaje desordenado estaría totalmente fuera de lugar.
Lo que llegó con la colonización fue otro orden urbano y concepción de lo que es un asentamiento. Este proceso se intensificó en los siglos XVI y XVII, donde los nuevos asentamientos se organizaron alrededor de la iglesia católica, el cabildo, la plaza y la cárcel. ¿Les suena familiar? Sí, de lo que se componen usualmente nuestros centros históricos.
Ahí es donde la arquitectura y el urbanismo se convierten en política. Una iglesia o el cabildo no eran solo unos edificios. La plaza no solo era una superficie vacía. La calle no era solo una línea que conectaba dos puntos. Cuando estos elementos o componentes urbanos se insertan dentro de un sistema de autoridad, se convierten en instrumentos de organización y control.
La colonia intentó hacer más legible el espacio por intereses propios. La población podía ser reunida, vista, contada, gobernada e integrada a la estructura social, cultural, económica y política que traía el reino español. De esta manera la cuadrícula colonial, también conocida como plano ortogonal, retícula o damero, adquirió otro significado.
La racionalidad de la cuadrícula, si bien simplifica la orientación, la circulación, la expansión y la división del suelo, no era neutral. Esta imposición transformó el trabajo, la producción, y la vida cotidiana de los pueblos originarios. Además, este modelo colonial alteró la relación entre el paisaje y el asentamiento. La montaña dejó de ser una presencia sagrada, el sol y los astros XXX o la tierra tomó un valor catastral son muestra de una simplificación colonial.
La ciudad colonial no era ni indígena ni española en su totalidad. Era un espacio de negociación y disputa. La colonización cambió profundamente los asentamientos indígenas, y nos deja una lección importante: hacer ciudad no consiste únicamente en trazar calles y edificios, sino en proyectar las relaciones entre los habitantes, el territorio, el paisaje y el poder. Por ello, ¿cuánto de la ciudad colonial conservamos no en nuestro entorno, sino en la forma que imaginamos cómo configurar la ciudad?

