Rosy Wendoli Carrillo Ovando
Economista, Especialista en Comercio Exterior, Maestra en Economía Ambiental y Doctora en Ciencias Administrativas y Gestión para el Desarrollo. Docente en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: desigualdad económica, complejidad económica, desarrollo sustentable y economía ambiental.
Contacto: roscarrillo@uv.mx
Es probable que estés leyendo esta columna desde tu teléfono celular. Ese aparato que usamos para enviar mensajes, consultar el banco, tomar fotografías o distraernos unos minutos viendo videos tiene una historia mucho más larga de lo que imaginamos. Antes de llegar a nuestras manos, sus componentes pasaron por minas, plantas de refinación, fábricas y puertos de distintos países.
Dentro de un celular encontramos cobre, litio, grafito, silicio, plata y elementos de tierras raras. Cada material cumple una función. El cobre permite conducir electricidad, el litio forma parte de la batería y algunos elementos de tierras raras se utilizan para fabricar los diminutos imanes que hacen funcionar las bocinas y el sistema de vibración. De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos, más de la mitad de los componentes de un dispositivo móvil provienen de materiales extraídos o semiprocesados.
Detrás de algo tan cotidiano existe una extensa red de relaciones económicas. Y esa red se ha convertido en uno de los espacios donde las principales potencias disputan su influencia.
Durante décadas, el petróleo ocupó el centro de las preocupaciones sobre el abastecimiento de recursos estratégicos. Sigue siendo indispensable, aunque la expansión de las tecnologías digitales y la transición energética han aumentado la demanda de otros materiales. Hoy necesitamos cobre para ampliar las redes eléctricas, litio y grafito para fabricar baterías, y tierras raras para producir motores y numerosos dispositivos electrónicos.
La Agencia Internacional de Energía estima que, bajo las políticas actuales, la demanda agregada de minerales críticos prácticamente se duplicará hacia 2040. Para el litio, el crecimiento previsto es todavía mayor: más de tres veces la demanda actual.
Pero hay un detalle que cambia la manera de entender este mercado. Los países que poseen los minerales no necesariamente son los que tienen mayor influencia sobre su aprovechamiento industrial.
Pensemos en el cobre. Una cosa es extraerlo de una mina y otra muy distinta contar con las instalaciones necesarias para refinarlo, transformarlo y utilizarlo en componentes industriales. Esas actividades requieren grandes inversiones, tecnología especializada y experiencia acumulada durante años.
China ha desarrollado una enorme capacidad en este terreno. En 2005 concentraba alrededor del 15 por ciento de la capacidad mundial de fundición de cobre. Para 2025, su participación se acercaba al 50 por ciento. Según la Agencia Internacional de Energía, más del 90 por ciento del crecimiento mundial de esa capacidad durante esas dos décadas ocurrió en territorio chino.
Estas cifras muestran por qué la riqueza mineral de un país no siempre se traduce en una posición ventajosa dentro de la economía mundial. Una nación puede exportar materias primas mientras otra las transforma, fabrica componentes y obtiene mayores ingresos de los productos terminados.
Esa diferencia ha acompañado durante mucho tiempo las discusiones sobre el desarrollo económico de América Latina. La novedad es que ahora también preocupa a las economías industrializadas, especialmente cuando dependen de unos cuantos proveedores para conseguir materiales indispensables.
Durante buena parte de las últimas décadas, las empresas organizaron sus cadenas productivas buscando reducir costos. Producir una pieza al otro lado del mundo podía resultar conveniente si el ahorro compensaba el transporte y los demás gastos. Así surgieron redes internacionales cada vez más extensas y especializadas.
La pandemia mostró lo vulnerables que podían ser esas cadenas. Después llegaron nuevas tensiones comerciales, conflictos internacionales y restricciones a la exportación de determinados materiales. Las empresas descubrieron que un proveedor barato puede terminar siendo muy costoso cuando deja de entregar un insumo indispensable.
Imaginemos una fábrica que tiene trabajadores, maquinaria y pedidos suficientes, pero debe detener su producción porque falta un componente que únicamente consigue en el extranjero. El costo de esa dependencia difícilmente se aprecia cuando todo funciona bien.
Por eso, los gobiernos y las empresas están reconsiderando sus decisiones de abastecimiento. Diversificar proveedores y construir nuevas instalaciones industriales puede ser más caro, pero también permite reducir el riesgo de interrupciones.
La Agencia Internacional de Energía calcula que desarrollar determinadas instalaciones de refinación fuera del país proveedor dominante puede requerir inversiones de capital entre 20 y más de 150 por ciento superiores. Los costos de operación también pueden aumentar.
Estamos frente a una decisión económica interesante: aceptar mayores costos de producción a cambio de disminuir la vulnerabilidad de las cadenas de suministro. Lo que parecía una elección sencilla cuando predominaba el criterio del menor precio ahora requiere considerar riesgos comerciales y estratégicos.
México participa directamente en esta discusión.
En marzo de 2026, nuestro país y Estados Unidos pusieron en marcha un plan de acción sobre minerales críticos, con el propósito de desarrollar cadenas de suministro más diversificadas y resistentes ante posibles interrupciones. El tema también ha formado parte de las conversaciones relacionadas con la revisión del T-MEC.
Las discusiones comerciales entre ambos países durante este año han incluido las reglas de origen, la seguridad económica y el fortalecimiento de las cadenas productivas de América del Norte. La procedencia de los insumos está adquiriendo mayor relevancia, particularmente cuando ciertos materiales dependen de proveedores ubicados fuera de la región.
Esto tiene implicaciones para la industria mexicana.
Un automóvil ensamblado en nuestro país puede incorporar componentes fabricados en distintas partes del mundo. Lo mismo sucede con equipos médicos, maquinaria y productos electrónicos. Conocer el país donde se realizó el ensamblaje final apenas cuenta una parte de la historia.
México tiene ventajas importantes por su cercanía con Estados Unidos y su integración manufacturera con América del Norte. Sin embargo, aprovechar las nuevas condiciones comerciales exige mirar más allá de la instalación de plantas ensambladoras.
La posibilidad de desarrollar proveedores nacionales, ampliar nuestras capacidades tecnológicas y participar en procesos industriales de mayor especialización puede determinar cuánto valor económico permanece en el país. También importa la capacidad de las empresas mexicanas para incorporarse a esas cadenas y cumplir con sus exigencias productivas.
La experiencia china ofrece una referencia útil. Su posición actual en el procesamiento de minerales es resultado de décadas de inversión y desarrollo industrial. Construir una capacidad semejante requiere tiempo, recursos y decisiones sostenidas. Por eso resulta tan difícil sustituir rápidamente a un proveedor que concentra una parte considerable de la producción mundial.
Para México, el desafío consiste en identificar qué actividades pueden desarrollarse competitivamente dentro de su territorio y cuáles requieren inversiones, infraestructura o capacidades que todavía son insuficientes. La oportunidad existe, pero aprovecharla dependerá de decisiones productivas concretas.
Volvamos al celular.
Sus materiales pueden haber sido extraídos en un país, refinados en otro y transformados en componentes dentro de fábricas situadas a miles de kilómetros. Cada etapa agrega valor y también genera dependencias. Si alguna se interrumpe, las consecuencias pueden alcanzar a empresas y consumidores que nunca han tenido contacto directo con el lugar donde comenzó el problema.
Cuando hablamos de geopolítica solemos pensar en reuniones diplomáticas, disputas territoriales o enfrentamientos entre gobiernos. Sin embargo, sus efectos también están presentes en los objetos que utilizamos diariamente.
La próxima vez que tomemos el teléfono para revisar un mensaje, probablemente seguiremos preocupados por la batería, la señal o el espacio de almacenamiento. Difícilmente pensaremos en las minas de cobre, las plantas de refinación o los acuerdos comerciales que hicieron posible su fabricación. Y, aun así, todo eso estará ahí, reunido en un aparato que cabe en la palma de nuestra mano.

