Lot Mariam Geronimo Cuevas
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“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.” — Albert Camus
El silbatazo final en el partido entre México e Inglaterra celebrado el 5 de julio, correspondiente a los octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026, marcó algo más que una eliminación. El marcador de 3-2 significó el fin del sueño mundialista para la Selección Mexicana, pero el verdadero partido apenas comenzaba: el que se disputó en las redes sociales.
Mientras los jugadores abandonaban la cancha, miles de publicaciones provenientes de distintos países de América Latina inundaban plataformas como X, Facebook y TikTok con memes, burlas y celebraciones por la derrota mexicana. Entre los comentarios más visibles aparecieron publicaciones provenientes de usuarios de Argentina, Colombia, Chile, Perú y especialmente Ecuador, concentraron buena parte de las interacciones que convirtieron la eliminación de México en tendencia regional. Paradójicamente, Ecuador había sido eliminado apenas unos días antes por el propio conjunto mexicano con un contundente 2-0 en los dieciseisavos de final, pero eso no impidió que numerosos usuarios ecuatorianos celebraran la caída del equipo que había terminado con sus aspiraciones mundialistas.
¿De dónde surge esa necesidad de celebrar la derrota ajena? ¿Se trata realmente de una animadversión hacia México o estamos frente a un fenómeno mucho más complejo?
Las ciencias sociales ofrecen una respuesta más interesante que la simple rivalidad futbolística.
Henri Tajfel, uno de los principales exponentes de la Teoría de la Identidad Social, sostenía que las personas construyen parte de su identidad a partir del grupo al que pertenecen. En el deporte, ese grupo suele ser la nación. Cuando México pierde, para muchos aficionados latinoamericanos no solo pierde un equipo: también disminuye, al menos simbólicamente, el prestigio de un competidor regional. La victoria no siempre consiste en que gane el propio país; en ocasiones basta con que pierda quien ocupa una posición de mayor visibilidad.
México, querámoslo o no, ocupa ese lugar. No únicamente por el fútbol. También por su peso demográfico, por ser la segunda economía más grande de América Latina, por su influencia cultural, por la magnitud de su industria audiovisual, por su gastronomía, por el alcance de sus medios de comunicación y por una presencia digital que supera a la mayoría de los países hispanohablantes de la región. En términos del politólogo Joseph Nye, México posee uno de los mayores niveles de soft power latinoamericano: una capacidad de influencia que no depende de la fuerza militar, sino de la cultura, la economía y la proyección internacional.
Y precisamente quienes concentran mayor atención también concentran mayores críticas.
Pierre Bourdieu denominó a esto “capital simbólico”. Los Estados no solo compiten por crecimiento económico o capacidad militar; también lo hacen por prestigio. Un Mundial, un Premio Nobel, un Óscar, un Miss Universo o incluso una clasificación deportiva representan activos simbólicos que fortalecen la imagen internacional de un país. En consecuencia, las derrotas también generan ganancias relativas para quienes compiten por ese reconocimiento.
Por ello no resulta extraño que la eliminación mexicana haya sido celebrada más allá de las fronteras nacionales. Lo verdaderamente interesante es entender por qué.
El caso ecuatoriano añade un componente adicional: la política. El enfrentamiento entre México y Ecuador durante este Mundial no podía desvincularse del deterioro diplomático que ambos países arrastran desde abril de 2024, cuando fuerzas policiales ecuatorianas ingresaron a la Embajada de México en Quito para detener al exvicepresidente Jorge Glas, quien había recibido asilo diplomático del Gobierno mexicano. La irrupción fue condenada internacionalmente por vulnerar la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas y provocó la ruptura inmediata de relaciones entre ambos gobiernos.
Desde entonces, las diferencias entre las administraciones de Claudia Sheinbaum y Daniel Noboa han permanecido abiertas en los ámbitos diplomático y jurídico, mientras México mantiene un procedimiento ante la Corte Internacional de Justicia. Ese contexto convirtió el encuentro mundialista en algo más que un partido de fútbol. Para muchos usuarios de redes sociales, el balón terminó cargando el peso de un conflicto político que pertenece exclusivamente a los Estados.
Sin embargo, aquí conviene hacer una distinción fundamental. Las rivalidades digitales no representan necesariamente la posición de una sociedad ni mucho menos la política exterior de un país. Las redes sociales magnifican las emociones porque los algoritmos premian el conflicto, la confrontación y la viralidad. Un meme ofensivo obtiene muchas más interacciones que una reflexión serena. Así funciona la economía de la atención.
Michael Billig definió este fenómeno como “nacionalismo banal”: pequeñas expresiones cotidianas que reafirman la identidad nacional sin necesidad de discursos patrióticos explícitos. Un partido de fútbol, un certamen de belleza o una ceremonia de premios internacionales terminan convirtiéndose en escenarios donde las naciones compiten por reconocimiento, aunque formalmente sólo estén disputando un trofeo.
Quizá por eso México genera reacciones tan intensas. Sucede cuando pierde en un Mundial, cuando participa en Miss Universo, cuando obtiene premios cinematográficos o cuando algún indicador económico lo coloca por encima de otros países de la región. La conversación rara vez gira únicamente alrededor del acontecimiento; en el fondo se debate quién ocupa el lugar de mayor influencia dentro del imaginario latinoamericano.
Desde la ciencia política, esto puede entenderse como una competencia permanente por el estatus regional. Las potencias medias buscan liderazgo no solo mediante tratados comerciales, crecimiento económico o capacidad diplomática, sino también a través del deporte, la cultura y la construcción de prestigio internacional. En ese tablero, México juega un papel central. Y quizá esa sea la mayor paradoja de todas. Mientras algunos celebraban la derrota mexicana frente a Inglaterra, sin advertirlo estaban confirmando aquello que pretendían negar: que México continúa siendo uno de los principales referentes simbólicos de América Latina. Porque, al final, nadie organiza una fiesta por la caída de quien considera irrelevante.
Las derrotas también son una forma de medir la influencia. Y pocas selecciones, dentro o fuera de la cancha, generan una conversación tan amplia como la mexicana. Eso dice mucho menos del fútbol y mucho más de cómo América Latina sigue construyendo su identidad, sus rivalidades y su propia idea de liderazgo regional.

