Rosy Wendoli Carrillo Ovando
Economista, Especialista en Comercio Exterior, Maestra en Economía Ambiental y Doctora en Ciencias Administrativas y Gestión para el Desarrollo. Docente en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: desigualdad económica, complejidad económica, desarrollo sustentable y economía ambiental.
Contacto: roscarrillo@uv.mx
En las últimas semanas he escuchado repetirse una pregunta en distintos espacios académicos: ¿qué tipo de economistas necesitamos formar para enfrentar los problemas de este siglo?
La pregunta parece sencilla, pero no lo es.
Quienes enseñamos economía trabajamos con estudiantes que van a ejercer su profesión en un entorno muy distinto al que conocimos cuando muchos de nosotros estudiábamos la carrera. La inteligencia artificial modifica la forma en que trabajamos, aprendemos y producimos conocimiento. El cambio climático obliga a revisar la relación entre crecimiento y medio ambiente. El mercado laboral cambia al ritmo de la tecnología y las cadenas globales de producción enfrentan nuevas tensiones.
Frente a ese panorama, resulta inevitable preguntarse si nuestros planes de estudio están cambiando al mismo ritmo que los problemas que queremos enseñar a analizar.
En una reciente reunión latinoamericana de facultades y escuelas de economía, una de las discusiones centrales fue precisamente qué economía debería enseñarse en la región y qué conocimientos, enfoques y competencias deberían formar parte de la preparación de los futuros economistas.
La respuesta no pasa por abandonar las bases de la disciplina.
Seguimos necesitando microeconomía y macroeconomía. Seguimos necesitando estadística, econometría, comercio internacional y finanzas públicas. Estas herramientas permiten ordenar la realidad, identificar relaciones y evaluar resultados.
Lo que sí ha cambiado es el tipo de realidad que tenemos enfrente.
Durante mucho tiempo fue común evaluar a un estudiante por su capacidad para resolver un ejercicio, reproducir una gráfica o aplicar una fórmula. Hoy muchas de esas tareas pueden realizarse en segundos con ayuda de herramientas digitales.
Eso cambia lo que debemos esperar de la formación universitaria.
Calcular una elasticidad sigue siendo importante. Comprender qué significa cuando sube el precio de un alimento básico lo es todavía más.
Estimar el crecimiento del producto interno bruto resulta útil. Pero después hay que preguntar qué sectores explican ese crecimiento, qué empleos se están creando y si sus beneficios llegan de manera similar a distintos grupos de la población.
Un modelo puede mostrar que una decisión es eficiente. La siguiente pregunta debería ser quién gana, quién pierde y qué costos quedaron fuera del cálculo.
Ahí aparece una habilidad que a veces dejamos en segundo plano: interpretar.
Los datos no hablan solos.
Una tasa de desempleo baja puede convivir con empleos precarios. Un aumento de las exportaciones puede ocurrir en una economía donde gran parte del valor agregado se genera fuera del país. Una empresa puede aumentar su productividad mientras empeoran algunas de las condiciones laborales de sus trabajadores.
El dato puede ser correcto y, aun así, contar solamente una parte de la historia.
Por eso formar economistas implica enseñar a mirar más allá del primer resultado.
Otra discusión reciente en América Latina se ha concentrado en las capacidades que necesitarán los economistas para enfrentar transiciones productivas, sociales y ambientales. En ese debate aparecen temas como sostenibilidad, transición energética, transformación del trabajo y desarrollo regional.
Son asuntos que ya no pueden verse como temas marginales.
Un estudiante que hoy se forma en economía probablemente tendrá que analizar durante su vida profesional decisiones relacionadas con automatización, energía, envejecimiento poblacional, desigualdad, informalidad o cambio climático. Es posible que trabaje en problemas que todavía no ocupan un lugar central en muchos programas de estudio.
Eso obliga a revisar qué entendemos por una buena formación económica.
No basta con dominar una técnica. Hay que saber cuándo utilizarla.
La economía ofrece modelos que simplifican la realidad para ayudarnos a comprenderla. Esa simplificación es útil. El problema surge cuando olvidamos que el modelo tiene límites.
Pensemos en el cambio climático. Durante años, buena parte del análisis económico se concentró en cuánto producimos. Hoy resulta difícil hablar de crecimiento sin preguntarnos también por el uso de los recursos naturales, las emisiones o los costos de adaptación.
Algo parecido ocurre con el trabajo. Podemos medir cuántas personas están ocupadas, pero eso no nos dice por sí solo si cuentan con seguridad social, si sus ingresos son suficientes o si tienen estabilidad laboral.
La economía conductual introdujo otra dificultad interesante. Las personas no siempre toman decisiones de la manera que suponían los modelos más tradicionales. Ahorramos menos de lo que planeamos, postergamos decisiones importantes y reaccionamos de manera diferente ante una pérdida que ante una ganancia equivalente.
Nada de esto elimina la utilidad de los modelos. Los obliga a dialogar con una realidad más amplia.
También el escenario internacional ha cambiado. Las tensiones geopolíticas, el regreso de políticas industriales y comerciales más proteccionistas, la concentración del poder tecnológico y la reorganización de las cadenas globales de valor ya forman parte de la discusión económica contemporánea. Estos temas estuvieron presentes en las reflexiones regionales sobre la formación de economistas en América Latina.
Para nuestra región, esto tiene implicaciones particulares.
No estudiamos economía desde cualquier lugar.
América Latina enfrenta una combinación de informalidad, desigualdad, baja productividad en distintos sectores, vulnerabilidad ambiental y dependencia tecnológica. Los estudiantes necesitan conocer las grandes teorías de la disciplina, pero también aprender a leer las características de las economías en las que viven.
La discusión sobre los planes de estudio suele concentrarse en qué materia agregar o cuál debería desaparecer. Tal vez convenga empezar por otra pregunta.
¿Qué problemas queremos que nuestros estudiantes sean capaces de analizar cuando terminen la carrera?
Si esperamos que puedan estudiar el cambio climático, tendrán que comprender mejor la economía ambiental. Si van a trabajar con grandes cantidades de información, necesitarán aprender a manejar datos y a evaluar su calidad. Si utilizarán inteligencia artificial, deberán saber distinguir entre obtener una respuesta y comprenderla.
Y si algún día participan en el diseño de una política pública, tendrán que explicar sus resultados a personas que no son economistas.
Esa capacidad de comunicación importa más de lo que solemos reconocer.
Un análisis técnicamente correcto puede ser inútil si nadie entiende qué significa. La economía trabaja con problemas que afectan la vida diaria: precios, empleo, impuestos, vivienda, salud, educación, transporte. Poder explicar esas relaciones con claridad también forma parte del oficio.
La profesión ya refleja esta expansión. Hoy encontramos economistas trabajando en salud, medio ambiente, desarrollo urbano, educación, competencia, tecnología y comportamiento, además de los espacios tradicionales de política económica y finanzas.
La disciplina se ha abierto porque sus preguntas también lo han hecho.
Quizá ahí esté el reto para quienes enseñamos economía.
Seguir formando estudiantes con una base teórica sólida, pero acostumbrarlos a cuestionar los resultados, reconocer los límites de los modelos y relacionar los datos con la realidad que pretenden explicar.
Un economista necesita saber calcular.
Necesita saber interpretar.
Y, sobre todo, necesita aprender a formular buenas preguntas.
Porque una fórmula puede ayudarnos a ordenar un problema.
Pero antes de resolverlo, alguien tiene que darse cuenta de cuál es la pregunta que realmente vale la pena hacer.

