Jesús Alberto López González
Doctor en Gobierno (London School of Economics and Political Science), maestro en Políticas del Desarrollo en América Latina y licenciado en Relaciones Internacionales (UNAM).
Profesor investigador en El Colegio de Veracruz, y director general (2010-2012). Miembro del SNI (2010-2015) y fundador de la Red de Investigación CONAHCYT sobre Calidad de la Democracia. Becario del CHDS en EE. UU. Secretario de la Comisión de Relaciones Exteriores, América Latina y el Caribe en el Senado. Embajador de México en Trinidad y Tobago (2016-2018).
Ha sido profesor invitado en el CISEN, CESNAV, la Universidad de Londres, la UDLA Puebla, la Universidad Anáhuac y la Universidad Veracruzana.
La elección presidencial brasileña arrojó un resultado sin precedentes desde que el país recuperó las elecciones presidenciales directas en 1989. El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47.03% de los votos frente al 45.16% de Luiz Inácio Lula da Silva. Tres semanas después, Lula ganó la segunda vuelta con el 51.79%, convirtiéndose en el primer candidato en revertir una derrota en la primera vuelta. A sus 80 años, el presidente consiguió un cuarto mandato y frenó una sucesión de triunfos de la derecha latinoamericana.
La importancia de ese resultado se entiende mejor al observar lo ocurrido recientemente en la región. En 2025, Daniel Noboa obtuvo un segundo mandato en Ecuador, Rodrigo Paz ganó en Bolivia, José Antonio Kast en Chile y Nasry Asfura en Honduras. Este año se sumaron Laura Fernández en Costa Rica, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia. Aunque responden a realidades distintas, estas victorias reflejan, más que un desplazamiento ideológico irreversible del electorado, el malestar ante la inseguridad, las dificultades económicas y el desgaste de los gobiernos.
La ventaja inicial de Bolsonaro parecía confirmar esa tendencia, pero durante las tres semanas siguientes Lula consiguió recuperar la iniciativa. Su campaña intensificó la movilización entre jóvenes y mayores de 70 años, para quienes votar es voluntario, y reforzó su presencia en redes sociales. El «Ejército de Lula», impulsado en WhatsApp por el diputado André Janones, superó los diez millones de seguidores. A ello se sumaron medidas de considerable atractivo social, como el aumento del 15% en Bolsa Família, programa de apoyo a hogares de bajos ingresos, la reducción de la jornada laboral y las facilidades para renegociar deudas familiares. Entre ambas vueltas, Lula sumó más de diez millones de votos, frente a los 3.7 millones adicionales de su adversario.
Mientras Lula ampliaba su base electoral, Flávio Bolsonaro enfrentaba cuestionamientos por sus gestiones ante Daniel Vorcaro, expropietario del Banco Master, involucrado en un escándalo financiero, para financiar una película sobre su padre. Aunque reconoció haber solicitado apoyo, negó cualquier irregularidad. Tampoco lo favoreció el último debate, cuando llamó a Lula «nueve dedos», en alusión al accidente que sufrió mientras trabajaba como obrero. El presidente convirtió el insulto en una reivindicación de sus orígenes y Flávio terminó disculpándose.
La remontada presidencial, sin embargo, no modificó el equilibrio político derivado de las elecciones legislativas y estatales. La derecha obtuvo una posición dominante en el Congreso y conquistó la mayoría de los gobiernos estatales. Para parte del electorado, mantener a Lula en la Presidencia pudo representar un contrapeso frente a ese avance, aunque ahora deberá negociar con una oposición fortalecida y enfrentar importantes restricciones fiscales. La polarización tampoco terminó con el conteo de los votos. Bolsonaro se negó inicialmente a reconocer su derrota y anunció que impugnaría la elección por la ampliación de dos horas en la votación, medida que su propia campaña también había solicitado, aunque posteriormente su partido reconoció los resultados.
Esta controversia adquirió una dimensión internacional por la intervención estadounidense que había acompañado al bolsonarismo. La administración Trump impuso aranceles de hasta el 50% a productos brasileños y sancionó a funcionarios judiciales para presionar a favor de Jair Bolsonaro. Aunque Trump no respaldó formalmente a Flávio, funcionarios de su gobierno buscaron favorecer políticamente a esa familia. Estas acciones permitieron a Lula presentarse como defensor de la soberanía nacional. Tras conocerse los resultados, varios presidentes conservadores latinoamericanos felicitaron a Lula, mientras Trump cuestionó la transparencia de la elección sin aportar pruebas que respaldaran sus señalamientos.
No es la primera vez que la intervención de Trump produce efectos electorales, aunque sus resultados han sido distintos. En Argentina, un acuerdo financiero estadounidense por 20 mil millones de dólares acompañó la victoria legislativa de Javier Milei en 2025. En Honduras y Colombia triunfaron candidatos que contaron con su respaldo. En Canadá ocurrió lo contrario: los aranceles y las amenazas de anexión contribuyeron a la remontada de Mark Carney frente al conservador Pierre Poilievre, a quien Trump había criticado públicamente.
La experiencia brasileña confirma que la influencia estadounidense no produce necesariamente los resultados que Washington pretende. La victoria de Lula se debió principalmente a factores internos, pero la presión externa terminó por fortalecer su posición política. Así, a ocho días de las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre, el triunfo brasileño representa una derrota política indirecta para Trump y demuestra que la intervención externa, cuando pretende orientar el voto de otra nación, puede terminar favoreciendo precisamente al adversario que busca debilitar.

