Mauricio Lascurain
Fernández
Es Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, en el Programa de Nueva Economía Mundial; Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex del Reino Unido y Licenciado en Comercio Exterior y Aduanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.
En cuestión de días, Estados Unidos ha proyectado su poder en dos escenarios que, a simple vista, parecen inconexos. El lanzamiento de Artemis II y su participación en la guerra contra Irán forman parte de una misma narrativa, la reafirmación de su liderazgo global en un momento de alta competencia internacional.
Por un lado, la misión Artemis II representa un hito histórico. Por primera vez en más de medio siglo, una tripulación humana abandona la órbita terrestre rumbo a la Luna. No se trata únicamente de ciencia o exploración. Este tipo de logros tiene una carga simbólica enorme y envía un mensaje claro al mundo sobre quién posee la capacidad tecnológica, financiera y organizativa para liderar la nueva carrera espacial.
Durante la Guerra Fría, el programa Apolo no solo llevó al ser humano a la Luna, también consolidó la hegemonía estadounidense frente a la Unión Soviética. En la actualidad, Artemis II parece cumplir una función similar, pero en un contexto distinto, una competencia multipolar donde actores como China también buscan protagonismo en el espacio. En este sentido, el espacio vuelve a ser un escenario de poder, no solo de conocimiento.
Mientras Estados Unidos mira hacia la Luna, también está profundamente involucrado en un conflicto terrestre. La guerra con Irán, que ya acumula semanas de enfrentamientos, evidencia la persistencia de su poder militar, pero también sus límites. Derribos de aviones, operaciones en múltiples frentes y tensiones sin resolver muestran que, aunque Washington sigue siendo una potencia dominante, no actúa sin costos ni riesgos.
Surge entonces una interrogante relevante, cómo puede un país liderar una misión espacial de alta complejidad mientras enfrenta dificultades en un conflicto militar. La respuesta se encuentra en la naturaleza multidimensional del poder estadounidense. No se reduce al ámbito militar o económico, también incluye dimensiones tecnológicas, simbólicas y narrativas.
Artemis II funciona como un recordatorio de superioridad tecnológica y capacidad de innovación. La guerra en Irán, en cambio, revela que el poder duro sigue siendo indispensable, aunque cada vez más cuestionado y menos decisivo en términos absolutos. En conjunto, ambos escenarios reflejan un país que intenta sostener su hegemonía en distintos frentes de manera simultánea.
Desde América Latina, esta dualidad no pasa desapercibida. Por un lado, el liderazgo científico de Estados Unidos sigue siendo un referente. Por otro, sus intervenciones militares generan incertidumbre, especialmente por sus efectos indirectos en la economía global, como el aumento en los precios de la energía o la inestabilidad financiera.
En última instancia, lo que estamos presenciando no es solo una serie de eventos aislados, sino la expresión de una estrategia más amplia. Estados Unidos busca demostrar que sigue siendo la potencia capaz de dominar tanto la Tierra como el espacio. Sin embargo, también queda claro que ese liderazgo ya no es incuestionable ni está exento de tensiones.
Entre la Luna y la guerra, el poder estadounidense se muestra en toda su complejidad. Impresionante, pero también desafiado. Dominante, pero cada vez más disputado.

