OpiniónLa política del miedo silencioso

La política del miedo silencioso

 

Román Humberto González Cajero

Durante épocas enteras, el poder en el mundo fue ejercido mediante la fuerza, la represión o la transgresión a la identidad personal. 

Se sabía quién mandaba y quién callaba, o muchas veces, ni siquiera se conocía con claridad. Pero las épocas contemporáneas han traído la más peligrosa de las formas de violencia: aquella que no se anuncia, la que se ejecuta y cuyos efectos se conocen únicamente después de haber causado impacto. Porque hoy el poder no se anuncia; se ejerce y se consolida en las penumbras. 

En muchos contextos actuales —y México no está exento— el miedo ha dejado de ser un evento extraordinario para convertirse en una atmósfera constante, incluso en una realidad. Se percibe en las noticias que no se revelan, en la información que se omite o en ese trueque sutil mediante el cual se nos vende una realidad modificada. 

La realidad social mexicana parece avanzar cada vez más hacia la lógica del “mejor no digo nada”. Porque cuando una sociedad pierde el instinto y el espíritu de lucha, se vuelve una sociedad pasiva. 

Así se refuerza el sistema: orillando a quienes buscan, a quienes reflexionan, a quienes no se conforman con la verdad contada, sino que analizan, cotejan, investigan o intentan construir una visión más amplia de una realidad distorsionada. 

La pérdida del sentido colectivo es lo que nos mantiene sujetos a merced del poder. Cuando somos pasivos, dejamos de identificarnos y de unirnos como sociedad, renunciando a nuestra mayor fortaleza: aquella que nos ha diferenciado como especie y nos permitió evolucionar, el esfuerzo colectivo. 

Es ese esfuerzo el que nos impulsa a aspirar a una realidad de mayor calidad, a un mundo mejor para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. 

Cuando perdemos ese sentido colectivo, dejamos de interesarnos por las generaciones futuras, por aquellos que aún no tienen voz. Porque si bien nosotros conocemos la realidad, ellos todavía poseen algo que muchos hemos perdido: la posibilidad de transformarla. 

La ilusión no se pierde por el Estado o por el gobierno; se pierde cuando dejamos de pensar colectivamente y comenzamos a actuar desde el egoísmo o la autosatisfacción personal. Es la visión colectiva la que históricamente nos ha permitido avanzar y construir la vida que hoy conocemos. 

El Estado difícilmente cambiará por sí solo. Quienes ejercen el poder, en muchos casos, buscarán conservarlo, ampliarlo y utilizarlo en beneficio propio o de sus allegados. Pero existe una fuerza que no depende de ellos: la fuerza colectiva. 

Esa que deja huella en la historia. Esa que puede generar un impacto positivo real, tanto en el presente como en las generaciones futuras. 

Porque la voz de uno puede resonar en otros. Porque la búsqueda de uno puede inspirar a muchos más. 

Quizá, en lo individual, no seamos tan determinantes como creemos. Pero cuando nuestras acciones se orientan al bienestar social, jurídico y al desarrollo de nuestro entorno, su impacto se amplifica. Se vuelve significativo. Se vuelve transformador.  

Sé que la vida diaria puede ser abrumadora. El constante flujo de noticias, la dinámica de los sistemas, las instituciones o incluso la propia pasividad social pueden desgastarnos. Pero también es cierto que, después de una tormenta, siempre vuelve la calma. Después del invierno, llegan tiempos más cálidos. La diferencia radica en lo que hacemos para resistir, en el apoyo que nos brindamos y en el enfoque que decidimos adoptar. 

El sistema ya no necesita callarte. Le basta con que tú decidas no hablar. Y tal vez ese sea el signo más claro de una transformación silenciosa: cuando el control deja de ejercerse desde fuera y comienza a operar desde dentro. 

Porque una sociedad que ha aprendido a callar ya no necesita censura. Solo necesita miedo. 

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