Mauricio Lascurain
Fernández
Es Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, en el Programa de Nueva Economía Mundial; Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex del Reino Unido y Licenciado en Comercio Exterior y Aduanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.
El 16 de septiembre, en su discurso anual ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo, Ursula von der Leyen soltó una frase que sonó a gran gesto. Quería abrir la puerta para que Canadá fuera el primer “miembro asociado” de la Unión Europea. Mark Carney, el primer ministro canadiense, la escuchaba desde la sala como invitado de honor. El detalle incómodo es que esa figura, la de “miembro asociado”, no existe en los tratados europeos. Von der Leyen no ofreció un estatus, ofreció una idea todavía por inventar.
La propia prensa europea lo dejó claro. Es una categoría nueva, sin detalles definidos, que ni siquiera nació pensando en Canadá. La propuso este año el canciller alemán Friedrich Merz, y lo hizo para Ucrania. El embajador canadiense ante la UE, Jonathan Wilkinson, bajó el tono de inmediato y admitió que aún están lejos hasta de ponerle nombre a la relación.
Hay una razón de fondo. Entrar a la Unión Europea es de las cosas más difíciles que puede intentar un país. El artículo 49 del tratado obliga a presentar una solicitud, conseguir el estatus de candidato y luego negociar 33 capítulos, uno por uno, sobre justicia, economía, medioambiente y casi todo lo demás. Cada paso importante necesita el sí unánime de los 27 socios. Basta que uno diga no para frenarlo todo.
Y la sala de espera está llena de Estados que llevan décadas ahí. El caso más doloroso es Turquía. Pidió entrar en 1987, es candidata desde 1999 y empezó a negociar en 2005. Desde 2018 sus negociaciones están congeladas por retrocesos en el Estado de derecho y por el viejo conflicto con Chipre. Austria incluso pide cerrar el proceso de una vez. Casi cuarenta años después de tocar la puerta, Turquía sigue afuera.
No es la única. Los Balcanes occidentales llevan una eternidad esperando. Macedonia del Norte solicitó en 2005, Serbia negocia desde 2014, Bosnia sigue atascada, y solo Montenegro parece cerca, quizá para 2028. Ucrania y Moldavia recibieron el estatus de candidatos en 2022 y apenas abrieron negociaciones en 2024. Kosovo ni siquiera avanza, porque cinco países del bloque, entre ellos España y Grecia, no reconocen su independencia.
Contra ese telón de fondo, la oferta a Canadá se entiende mejor. No es un premio a la paciencia, es un movimiento geopolítico. Los aranceles de Donald Trump y sus bromas sobre convertir a Canadá en el estado número 51 empujaron a Ottawa hacia Europa, y Bruselas quiere aprovechar el momento. Trump ya respondió que vería el acercamiento como un acto hostil y amenazó con más aranceles.
Que Bruselas invente un atajo para un país rico y estable del otro lado del Atlántico, mientras Turquía y los Balcanes acumulan décadas de promesas, dice bastante sobre cómo funciona de verdad la ampliación europea. No manda solo el mérito ni la cercanía. Manda la política del momento. Canadá quizá consiga su lugar especial. La fila de siempre, mientras tanto, seguirá esperando.

