Opinión11-S: el día en que la ciudad se volvió hostil

11-S: el día en que la ciudad se volvió hostil

Ramón Guillermo Segura Contreras

Cursa actualmente el Doctorado en Ciudad, Territorio y Sustentabilidad en la Universidad de Guadalajara. Es Maestro en Arquitectura con mención honorífica por la Universidad Veracruzana y cuenta con estudios de maestría en Diseño Arquitectónico Avanzado por la Universidad de Buenos Aires, así como de Posgrado en Diseño Sustentable por la Universidad de Palermo, Argentina. Es licenciado en Arquitectura por la Universidad Veracruzana y ha impartido docencia en la Universidad Veracruzana, la Universidad Anáhuac Veracruz campus Xalapa, la Universidad Panamericana y el Instituto Tecnológico Superior de Xalapa.

Ha realizado una estancia de investigación en la Universidad Mayor de Santiago de Chile y ha participado como ponente en congresos y seminarios nacionales e internacionales. Asimismo, ha publicado artículos científicos, capítulos de libro y colaboraciones académicas en instituciones de educación superior de Latinoamérica. Su línea de investigación se centra en la arquitectura, la ciudad y el espacio subterráneo.

En el ámbito de la gestión educativa, actualmente es jefe del Departamento de Comunicación Institucional de El Colegio de Veracruz. Anteriormente fue Director Académico del Instituto Tecnológico Superior de Xalapa y Coordinador Académico de la Dirección General del Área Técnica de la Universidad Veracruzana, donde participó en procesos de acreditación, rediseño curricular y planeación institucional.

Instagram: @ragui.sc 

“La paradoja de la era posterior al 11 de septiembre es que la búsqueda de la seguridad nacional se ha convertido en la mayor fuente de inseguridad urbana”.

Saskia Sassen

El 11 de septiembre de 2001, dos torres desaparecieron del horizonte de la ciudad de Nueva York. Esa mañana también desapareció algo que no podía quedar en un registro fotográfico o audiovisual: parte de la tranquilidad con que se vive la ciudad contemporánea. Los ataques terroristas al World Trade Center significaron una tragedia humana, una crisis de seguridad y una ruptura geopolítica sin precedentes.

La caída de las Torres Gemelas no solo nos hizo cuestionarnos sobre su legado arquitectónico o urbano, o replantearnos el diseño estructural. Este suceso cambió la manera en que proyectamos plazas, banquetas, sistemas y estaciones de transporte, edificios, entre otros elementos que componen la ciudad. Comenzó a haber un nuevo vocabulario en la arquitectura y el urbanismo: acceso controlado, evacuación, vigilancia, protección perimetral, entre otros.

Justo cuando estábamos en la era global que apostaba por ciudades interconectadas, el mundo no volvió a ser igual. En el paisaje urbano surgieron cámaras, controles de seguridad, barreras, iluminación invasiva, ausencia de mobiliario, entre otros elementos que hacen hostil la ciudad. La permeabilidad y lo público se perdió. El terrorismo hizo vulnerable el espacio urbano y la arquitectura dejó de ser transición para ser un filtro. Este cambio no se limitó a Nueva York o a Estados Unidos, la seguridad se propagó a nivel internacional.

Ante este panorama, la arquitectura y el urbanismo, involuntariamente, asumieron la responsabilidad de no solo proteger el espacio sino de anticipar comportamientos. Por ejemplo, una puerta de seguridad que interrumpe la continuidad o un puesto de control que le da otro sentido a un vestíbulo. Emerge un diseño que se basa necesariamente en la anticipación. No cabe duda que, el temor y la desconfianza se convirtieron en parámetros de diseño.

No hay nada descabellado en ello, ya que los edificios, cualquiera sea su programa, una de sus funciones es proteger a sus habitantes. Sin embargo, el problema surge cuando las medidas de seguridad se transforman en condiciones espaciales habituales. Con esto, la ciudad comienza a alterar su carácter social, cultural, económico y político. Y si bien, el espacio público aún es físicamente accesible de cierta manera, está psicológicamente controlado.

Esta distinción entre lo físico y lo psicológico es importante. La arquitectura comunica y nos indica si somos bienvenidos, vigilados, sospechosos o que no nuestra presencia no es grata. 25 años después, esa tensión no ha desaparecido. Está claro que, las ciudades siempre han sobrellevado riesgos de toda índole, por ello eliminar toda incertidumbre las llevaría a erradicar muchas de las cualidades que permiten que la vida urbana sea, precisamente, urbana. Es imposible evitar el encuentro de desconocidos, la reunión de multitudes, y la imprevisibilidad de la ciudad cuando eso es lo que distingue el espacio urbano.

El 11 de septiembre nos mostró que las ciudades son vulnerables. Así, 25 años después, tengamos que hacernos la pregunta de cuánta libertad estamos dispuestos a dejar ir en cuanto al diseño, uso y apropiación del espacio urbano con el propósito de sentirnos seguros en él.

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