Rosy Wendoli Carrillo Ovando
Economista, Especialista en Comercio Exterior, Maestra en Economía Ambiental y Doctora en Ciencias Administrativas y Gestión para el Desarrollo. Docente en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: desigualdad económica, complejidad económica, desarrollo sustentable y economía ambiental.
Contacto: roscarrillo@uv.mx
Los recientes casos ocurridos en Colombia y México relacionados con procedimientos estéticos que terminaron en tragedia nos hacen poner la atención sobre una industria que no deja de crecer.
El interés por la belleza no es nuevo. Desde hace mucho, distintas sociedades han asociado ciertos rasgos con prestigio y estatus. Aunque durante gran parte del siglo XX los tratamientos estéticos y las cirujas plásticas permanecieron reservadas a sectores de ingresos altos, artistas o figuras púbicas.
La globalización, los avances tecnológicos, el crecimiento de la industria cosmética, hicieron posible que el acceso a estos servicios se ampliara a otros sectores de la población. Sumado a esto, las redes sociales adquirieron un papel relevante, haciendo que la imagen personal adquiriera una visibilidad sin precedentes. Mientras que antes la comparación social ocurría en espacios limitados, hoy millones de personas observan diariamente estilos de vida, cuerpos y rostros idealizados provenientes de cualquier parte del mundo.
En 2010 la industria de la belleza experimentó un crecimiento acelerado. Procedimientos que antes eran considerados exclusivos comenzaron a promocionarse como accesibles. En simultaneo surgió el llamado turismo médico, donde países como Colombia, México, Brasil, Turquía, Corea del Sur, Tailandia, se posicionaron como destinos internacionales para tratamientos estéticos debido a sus costos más bajos en comparación con Estados Unidos o Europa.
La pandemia también contribuyó a este crecimiento. Durante este periodo millones de personas comenzaron a pasar varias horas al día frente a las cámaras de diferentes plataformas de reuniones observando constantemente su propia imagen, a este fenómeno se le ha llamado “Zoom Boom”. Así, lo que comenzó como un mercado asociado al lujo terminó convirtiéndose en una industria global multimillonaria, donde la apariencia física dejó de percibirse únicamente como una cuestión estética para transformarse en un recurso que muchas personas consideran capaz de generar ventajas sociales, laborales y económicas (beauty premium).
Pierre Bourdieu lo señaló, las sociedades no solo distribuyen riqueza económica; también distribuyen otras formas de capital que pueden generar ventajas sociales. Diversas investigaciones han documentado que la apariencia física puede generar ventajas económicas similares a otras formas de capital. Algunos autores incluso hablan de un “capital estético”. A ello se suma lo que Thorstein Veblen denominó consumo conspicuo, la tendencia de consumir ciertos bienes y servicios no solo por su utilidad, sino por el estatus que comunican.
Si durante décadas la educación fue considerada una de las principales vías de movilidad social, hoy la economía de la imagen nos obliga a preguntarnos hasta qué punto la apariencia también se ha convertido en un activo capaz de generar rendimientos.
En 2025 se realizaron aproximadamente 38 millones de procedimientos estéticos y cosméticos en el mundo, una cifra que representa un incremento del 42% respecto al 2020. En México el mercado vale alrededor de 2 millones de dólares.
Los casos al inicio comentados, ponen de manifiesto un fenómeno mucho más amplio: cada vez más personas destinan una parte importante de sus ingresos a tratamientos faciales, procedimientos estéticos, ortodoncia, gimnasios, suplementos alimenticios, productos dermatológicos o intervenciones quirúrgicas. Lo que antes era considerado un consumo excepcional ahora forma parte del gasto cotidiano de millones de personas.
Sin embargo, esta lógica también tiene consecuencias. Cuando la apariencia se convierte en una inversión, aumenta la presión por alcanzar determinados estándares físicos y se amplía el mercado de procedimientos cada vez más sofisticados. Al mismo tiempo, aparecen riesgos asociados a la búsqueda de opciones más económicas o a la realización de intervenciones en lugares que no siempre cumplen con las condiciones adecuadas de seguridad. Los casos recientes muestran precisamente los peligros de una industria que crece con rapidez y donde la demanda puede llegar a superar la capacidad de regulación.
Pero el fenómeno va más allá de las cirugías estéticas. Lo que estamos observando es una transformación en la manera en que se construye el valor social. En una economía cada vez más digitalizada, donde la visibilidad se ha convertido en un recurso importante, la apariencia física adquiere una relevancia que trasciende lo personal. La imagen se convierte en una herramienta de diferenciación, en un mecanismo de reconocimiento y, para algunos, en una estrategia para mejorar sus oportunidades.
La belleza siempre ha tenido un valor social. Lo que parece haber cambiado es la magnitud de su valor económico. Hoy existe un mercado que monetiza la apariencia a través de productos, servicios, contenidos digitales e incluso procedimientos médicos. Y mientras más importancia adquiere la imagen en la vida cotidiana, mayor es la disposición de las personas a invertir recursos para acercarse a determinados ideales estéticos.
Tal vez la pregunta ya no sea cuánto estamos dispuestos a gastar para vernos mejor. La verdadera pregunta es qué nos dice de nuestra sociedad el hecho de que cada vez más personas consideren la apariencia física como una inversión necesaria para competir, destacar o simplemente ser visibles. Porque repensar la economía también implica entender que los mercados no solo producen bienes y servicios; también producen aspiraciones, inseguridades y nuevas formas de valor

