OpiniónLot Mariam Geronimo CuevasDistopías del presente Capítulo I: El cuento de la criada

Distopías del presente Capítulo I: El cuento de la criada

Lot Mariam Geronimo Cuevas

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Gilead como advertencia: cuando los derechos se pierden en nombre del orden 

“No dejes que los bastardos te destruyan” 

Bendito sea el fruto…

Un saludo tan fuera de lugar en nuestro tiempo y, sin embargo, cada vez menos ajeno a ciertas conversaciones que atraviesan nuestro contexto político.

Con esta columna inauguro una serie dedicada a aquellas distopías brutales nacidas de la imaginación de autores brillantes, pero que hoy, frente a la realidad global, parecen menos fantasiosas de lo que nos gustaría admitir.

La primera vez que escuché sobre El cuento de la criada, de Margaret Atwood, fue gracias a un fanfic de Harry Potter que leí a los veinte años, entre lágrimas y euforia. La curiosidad me llevó al libro original. Ahí descubrí que los conjuros y las varitas habían desaparecido para dar paso a algo mucho más aterrador: una sociedad construida sobre la desolación, el control y la pérdida sistemática de la libertad.

Tiempo después me motivé a ver la serie lanzada en 2017, y con ella surgieron las mismas emociones, las mismas incomodidades y las mismas preguntas. Pero esta vez las observé desde otro lugar: el análisis político y social. Porque lo que hace tan perturbadora a la historia de Gilead no es su capacidad para imaginar el futuro, sino su inquietante habilidad para recordarnos episodios del pasado y tendencias que aún persisten en el presente.

Lo verdaderamente perturbador de El cuento de la criada no son los uniformes rojos, los rituales de sometimiento o la brutalidad explícita de Gilead. Lo inquietante es que Margaret Atwood construyó su mundo utilizando únicamente hechos que ya habían ocurrido en algún lugar de la historia humana. No hay nada en Gilead que no tenga un antecedente real.

Como politóloga, la serie me parece menos una ficción y más un ejercicio de advertencia sobre la fragilidad de las democracias. Gilead no surge de la noche a la mañana. No aparece porque un grupo de fanáticos despierta un día y toma el poder. Surge a través del miedo, de una crisis de fertilidad, de la incertidumbre económica, del terrorismo y de una ciudadanía que poco a poco normaliza la pérdida de libertades a cambio de una promesa de orden y que en este momento nos suena inquietantemente familiar. 

Durante los últimos años hemos visto crecer movimientos ultraconservadores en distintas partes del mundo. Desde Estados Unidos hasta Europa y América Latina, discursos que parecían relegados a los márgenes han vuelto a ocupar espacios de poder. El cuestionamiento a los derechos reproductivos de las mujeres, los ataques a las personas LGBT+, el rechazo a la educación con perspectiva de género y la exaltación de modelos tradicionales de familia ya no son debates aislados de internet; forman parte de plataformas políticas que gobiernan países enteros.

Por eso me resulta imposible ver la serie sin pensar en las tendencias culturales que hoy consumen millones de jóvenes. La romantización de la figura de la tradwife, la obsesión estética por el old money, el regreso de discursos sobre la feminidad “correcta” y la masculinidad “natural” parecen inofensivos cuando se observan de manera individual. Pero la política rara vez se construye con grandes rupturas; suele avanzar mediante pequeñas normalizaciones y Gilead también comenzó así.

Uno de los elementos más brillantes de la serie es que el control nunca se ejerce únicamente mediante la fuerza. Se sostiene mediante símbolos, lenguaje y narrativas. Las Tías convencen a las criadas de que su sometimiento es un privilegio. Las esposas participan de un sistema que también las oprime. Los comandantes justifican la violencia como una necesidad moral. La dominación se vuelve más eficiente cuando logra disfrazarse de virtud.

Quizá por eso uno de los personajes más interesantes es Serena Joy. Ella ayudó a construir el régimen que después la convirtió en ciudadana de segunda categoría. Su historia recuerda una verdad incómoda: los sistemas autoritarios rara vez distinguen entre aliados permanentes y enemigos permanentes. Tarde o temprano terminan devorando a quienes ayudaron a levantarlos, tarde o temprano los “privilegios” resultan menos reconfortantes.

Y sin embargo, la serie no es solamente una historia sobre opresión. También es una historia sobre resistencia.

June Osborne no es una heroína perfecta. Tiene miedo, se equivoca, se llena de rabia y, en ocasiones, toma decisiones cuestionables que como espectador no entendemos. Pero sigue avanzando. Lo hace porque entiende que la resistencia no siempre luce épica. A veces consiste simplemente en negarse a olvidar quién eres.

Por eso la frase que da inicio a esta columna me parece una de las más poderosas de toda la serie: “No dejes que esos bastardos te destruyan”. No es una consigna romántica. Es una declaración política. Es la negativa a permitir que el miedo, el fanatismo o la indiferencia deshumanicen a las personas.

En tiempos donde la democracia parece darse por sentada, donde los derechos adquiridos se perciben como irreversibles y donde los algoritmos premian la polarización y los discursos extremos, El cuento de la criada sigue recordándonos algo fundamental: las libertades no desaparecen de golpe. Se erosionan gradualmente, mientras la mayoría está ocupada pensando que eso jamás podría ocurrir aquí.

Quizá por eso seguimos regresando a Gilead. No porque sea un mundo imposible, sino porque se parece demasiado a algunos caminos que la humanidad ya ha recorrido antes.

Y porque, como toda buena distopía, no nos habla del futuro. Nos habla del presente.

Que el señor madure…

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