Mauricio Lascurain
Fernández
Es Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, en el Programa de Nueva Economía Mundial; Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex del Reino Unido y Licenciado en Comercio Exterior y Aduanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.
Por años se insistió con la idea de que la globalización haría menos relevantes las fronteras, los gobiernos nacionales e incluso las identidades políticas tradicionales. El crecimiento del comercio internacional, los avances tecnológicos y la integración económica parecían conducir a un mundo más homogéneo y abierto. La realidad, sin embargo, mostró otra cosa muy diferente.
Estamos hoy en día en un escenario en que las economías están profundamente entrelazadas, pero al mismo tiempo, crecen las tensiones políticas, las disputas comerciales, los discursos nacionalistas. Hay quien lo considera una contradicción, pero esas dos dinámicas llevan años conviviendo.
La globalización no se fue. Los productos siguen cruzando continentes, las cadenas de suministro siguen uniendo economías y las plataformas digitales siguen conectando a millones de personas todos los días. Pero los gobiernos comenzaron a entender que esa interdependencia también genera riesgos. La pandemia, las guerras y las disputas tecnológicas demostraron que el depender demasiado de otros países puede convertirse en un problema estratégico.
Por ello, cada vez más Estados intentan reforzar los sectores que consideran esenciales. La fabricación de microchips, la energía, la inteligencia artificial o los alimentos ya no son exclusivamente asuntos económicos. Ahora también son parte de la seguridad nacional.
Los Estados Unidos están llevando adelante programas para recuperar capacidad industrial. China protege áreas estratégicas de su economía al mismo tiempo que fortalece su presencia global. La UE quiere disminuir su dependencia exterior en sectores clave. Nadie parece dispuesto a renunciar a la globalización, pero tampoco a depender de ella por completo.
Por décadas, el nacionalismo fue visto como una especie de obstáculo para la modernidad económica. Muchos gobiernos, sin embargo, usan hoy discursos nacionalistas precisamente para competir dentro de la economía global. La defensa de la soberanía, la protección de las industrias nacionales o el control de los recursos estratégicos se han convertido en parte de la competencia internacional contemporánea.
La globalización, además, trajo beneficios desiguales. Algunos sectores lograron integrarse con éxito a la economía mundial, pero otros sufrieron pérdida de empleos, precarización o estancamiento económico. Este malestar alimentó el auge de movimientos políticos que cuestionan los efectos de la apertura económica.
El problema es que siguen habiendo análisis demasiado simplistas. Unos piensan que el mundo camina irremediablemente hacia la integración total. Otros sostienen que nos adentramos en una fase de desglobalización total. Ninguna de las dos posturas parece reflejar la realidad de los hechos.
El contexto internacional actual es mucho más complejo. Hay cooperación económica y rivalidad política simultáneamente. Hay integración tecnológica y disputas estratégicas. Los países comercian entre sí, pero al mismo tiempo compiten ferozmente por la influencia, los recursos y el poder.
Quizás la lección más importante es que la globalización nunca eliminó los conflictos nacionales. Más bien las transformó. Las fronteras no se desvanecieron. Su función cambió en un contexto en que la competencia internacional ya no es sólo militar sino también económica, tecnológica y financiera.
Para entender el mundo actual es fundamental entender esa convivencia entre apertura global y defensa de intereses nacionales. Sobre todo porque todos los signos apuntan a que esta tensión seguirá marcando la política y la economía internacional en los próximos años..

