Rosy Wendoli Carrillo Ovando
Economista, Especialista en Comercio Exterior, Maestra en Economía Ambiental y Doctora en Ciencias Administrativas y Gestión para el Desarrollo. Docente en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: desigualdad económica, complejidad económica, desarrollo sustentable y economía ambiental.
Contacto: roscarrillo@uv.mx
El peso mexicano atraviesa uno de sus periodos de mayor fortaleza de los últimos años. Durante 2026, el tipo de cambio ha vuelto a colocarse alrededor de los 17 pesos por dólar y, frente a los niveles observados a principios de 2025, la apreciación ha sido considerable.
No hay una sola causa detrás de este movimiento. El tipo de cambio responde al mismo tiempo a lo que ocurre dentro de México y a lo que sucede en los mercados internacionales. En este momento, varios factores están coincidiendo y empujando en la misma dirección.
Una parte de la explicación viene del exterior. El dólar se ha debilitado frente a distintas monedas y eso, por sí mismo, favorece al peso. Cuando la moneda estadounidense pierde fuerza, el tipo de cambio puede bajar incluso si la economía mexicana no atraviesa un periodo excepcional.
Pero eso no explica todo.
México todavía mantiene tasas de interés relativamente altas. La tasa de referencia del Banco de México se encuentra en 6.5 % y sigue siendo atractiva frente a la de otras economías. Ese diferencial ha favorecido operaciones financieras conocidas como carry trade.
En términos sencillos, los inversionistas buscan financiarse donde el dinero cuesta menos y colocarlo donde pueden obtener un mayor rendimiento. México sigue siendo atractivo para ese tipo de operaciones, entre otras cosas porque el peso es una de las monedas de economías emergentes con mayor liquidez y puede comprarse y venderse con facilidad.
Mientras las tasas mexicanas sigan siendo atractivas y exista una percepción de estabilidad, esos flujos pueden sostener parte de la demanda por pesos. Además, cuando la moneda se aprecia, la ganancia cambiaria puede mejorar todavía más el rendimiento de quienes mantienen posiciones en activos mexicanos.
Eso no significa que la fortaleza del peso sea únicamente financiera.
México cuenta también con fuentes importantes de divisas provenientes de la actividad económica. Durante el segundo trimestre de 2026, las exportaciones de mercancías superaron los 214 mil millones de dólares. Las remesas sumaron alrededor de 16 mil millones de dólares y a esos ingresos se agregan la inversión extranjera, el turismo y otros flujos provenientes del exterior.
Las remesas tienen un peso particular porque se han convertido en una fuente constante de divisas para la economía mexicana. No significa que cada dólar recibido termine convertido inmediatamente en pesos dentro del mercado cambiario, pero sí forman parte de una entrada recurrente de recursos externos.
La cuenta corriente también muestra hoy una posición más favorable que en otros episodios de apreciación. En el segundo trimestre de 2026 registró un superávit cercano a 8,900 millones de dólares. Eso indica que, al menos en ese periodo, México no necesitó financiar un gran desequilibrio externo mediante entradas adicionales de capital.
Las reservas internacionales cuentan otra parte de la historia. Se mantienen por encima de los 250 mil millones de dólares y no muestran una reducción asociada con una defensa sistemática del tipo de cambio. Más que provocar la apreciación, ayudan a reducir la percepción de vulnerabilidad externa y fortalecen la capacidad del país para enfrentar episodios de volatilidad.
Esto también permite descartar, con la información disponible, la idea de que el Banco de México esté sosteniendo el peso mediante ventas masivas de reservas.
Algo parecido ocurre con la deuda pública. No hay evidencia de que se esté utilizando como un instrumento para mantener una cotización determinada. Sí existe una relación indirecta, porque los instrumentos de deuda mexicana siguen ofreciendo rendimientos atractivos y una parte está en manos de inversionistas extranjeros. Cuando esos capitales entran pueden aumentar la demanda por pesos o la exposición a la moneda mexicana, aunque no todas esas posiciones quedan necesariamente sin cobertura frente al riesgo cambiario.
La apreciación actual parece, entonces, apoyarse en una combinación de factores. Hay elementos de la economía real que respaldan al peso, pero también un componente financiero importante que puede estar amplificando el movimiento.
La historia mexicana obliga a mirar esa mezcla con cuidado.
En los años previos a la crisis de 1994, el peso también atravesó un largo periodo de apreciación real. El tipo de cambio formaba parte de la estrategia para reducir la inflación, al mismo tiempo que entraban fuertes flujos de capital, aumentaban las importaciones y se ampliaba el déficit de cuenta corriente.
La vulnerabilidad no estaba simplemente en tener una moneda apreciada. El problema apareció por la combinación de un desequilibrio externo importante, capitales de corto plazo, pérdida de reservas y una mayor exposición de la deuda pública al dólar mediante los Tesobonos. Cuando cambió la percepción de riesgo, también cambió la dirección de los capitales.
La situación actual es distinta. México opera bajo un régimen de libre flotación, el Banco de México es autónomo, las reservas son mucho mayores y la posición externa no muestra el mismo desequilibrio de aquellos años.
Aun así, la comparación sirve para algo: recordar que no todas las apreciaciones tienen la misma calidad.
Una moneda respaldada por aumentos sostenidos de productividad, exportaciones, inversión productiva y crecimiento tiene una base distinta a una apreciación que descansa en buena medida en diferenciales de tasas y capital financiero de corto plazo.
La fortaleza del peso también tiene efectos diferentes dentro de la economía.
Para las empresas que importan maquinaria, tecnología, componentes o insumos, un peso fuerte reduce costos y puede facilitar algunas inversiones. También ayuda a moderar la inflación porque disminuye el precio en moneda nacional de ciertos bienes importados y de algunos insumos utilizados en la producción.
Para los exportadores, el efecto puede ir en sentido contrario. Sus ventas en dólares se convierten en menos pesos mientras una parte importante de sus costos sigue pagándose en moneda nacional. Si la apreciación se mantiene durante mucho tiempo, puede reducir márgenes y afectar la competitividad de algunas actividades.
Las remesas también pierden poder de compra cuando se convierten a pesos. El monto enviado puede mantenerse en dólares, pero las familias reciben menos moneda nacional por la misma cantidad.
Hay otra consecuencia que suele ser menos visible. Si la apreciación nominal se prolonga y termina reflejándose también en el tipo de cambio real, los bienes producidos en México pueden encarecerse frente a los de otros países. Esto puede afectar exportaciones y hacer más competitivos a ciertos productos importados.
Aquí está una de las diferencias importantes: la competitividad no depende sólo de cuántos pesos cuesta un dólar. También importa cómo evolucionan los precios, los salarios y otros costos en México frente a nuestros principales socios comerciales.
Por eso una moneda fuerte no es, por sí sola, una señal positiva o negativa. Todo depende de cuánto dure la apreciación, de qué la esté sosteniendo y de lo que ocurra al mismo tiempo con la productividad, los costos y la actividad económica.
El punto más sensible del episodio actual está probablemente en los factores financieros.
El diferencial de tasas entre México y Estados Unidos no va a durar para siempre. Si el Banco de México continúa reduciendo su tasa, mantener posiciones en pesos puede resultar menos atractivo. También puede cambiar el escenario si el dólar vuelve a fortalecerse, aumenta la percepción de riesgo sobre México o surgen nuevas tensiones comerciales con Estados Unidos.
En cualquiera de esos casos, parte de los capitales que hoy apoyan la demanda por pesos podría cambiar de dirección.
Eso no tendría que significar una crisis. Bajo un régimen de tipo de cambio flexible, una depreciación también forma parte del ajuste natural de la economía cuando cambian las condiciones.
La pregunta importante no es si el peso está artificialmente fuerte. Hay suficientes factores económicos y financieros para explicar lo que está ocurriendo.
Lo realmente interesante es saber cuánto de esta fortaleza tiene bases duraderas y cuánto depende de condiciones que pueden cambiar con rapidez.
Las exportaciones, las remesas y una posición externa favorable aportan una base importante. Las reservas reducen la vulnerabilidad. Las tasas de interés, el carry trade y la debilidad internacional del dólar refuerzan, por otra vía, la demanda por la moneda mexicana.
Mientras todo eso siga coincidiendo, el peso puede permanecer fuerte.
La verdadera prueba llegará cuando alguno de esos factores cambie.

