Vivir entre dos órdenes

Mauricio Lascurain

Fernández

Es Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, en el Programa de Nueva Economía Mundial; Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex del Reino Unido y Licenciado en Comercio Exterior y Aduanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.

Hay una sensación que muchos experimentan hoy al ver las noticias internacionales y que es difícil de nombrar con precisión. No es exactamente caos, porque las instituciones siguen funcionando, los diplomáticos siguen reuniéndose y los tratados siguen firmándose. Tampoco es estabilidad, porque casi nada parece seguro ni predecible. Es algo intermedio, una especie de suspenso global en el que el mundo antiguo ya no funciona del todo bien y el nuevo todavía no termina de tomar forma. 

Los especialistas en relaciones internacionales tienen un nombre para esto: órdenes transicionales. La idea es más sencilla de lo que parece. Cada cierto tiempo, el sistema internacional se reorganiza en torno a nuevas reglas, nuevas potencias y nuevos valores. Ocurrió cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y nació la ONU. Ocurrió de nuevo cuando cayó la Unión Soviética y Estados Unidos quedó como única superpotencia. Ahora estamos en medio de otra de esas reorganizaciones, pero a diferencia de las anteriores, esta lleva años sin resolverse. 

Lo que caracteriza este momento no es solo que el orden viejo esté en crisis, sino que no existe todavía un acuerdo claro sobre qué vendrá después. China, India y Brasil ganan peso, pero no proponen un modelo alternativo que los demás acepten. Estados Unidos actúa cada vez más como un actor que protege sus intereses inmediatos antes que como guardián de reglas compartidas. Europa busca su propio camino con más voluntad que claridad. Y en medio de todo eso, problemas urgentes como el cambio climático, los conflictos armados o las pandemias exigen respuestas colectivas que el sistema actual difícilmente puede dar. 

Cuatro rasgos definen esta etapa. El primero es la incertidumbre, que no es solo la sensación de no saber qué pasará mañana sino la duda más profunda sobre qué reglas seguirán valiendo y quién las hará cumplir. El segundo es la temporalidad: todos saben que este momento es provisional, que tarde o temprano algo cristalizará, pero nadie sabe cuándo ni cómo, y esa indefinición hace que las decisiones sean más difíciles y los compromisos más frágiles. El tercero es la intencionalidad, porque a diferencia de los terremotos o las epidemias, los órdenes internacionales no cambian solos, sino que los actores los empujan deliberadamente en una u otra dirección, aunque los resultados rara vez sean exactamente los que buscaban. El cuarto es la ambigüedad estratégica, que es la práctica de no comprometerse del todo con ninguna posición para mantener opciones abiertas, algo que los gobiernos hacen cada vez con mayor frecuencia porque en tiempos de transición las alianzas se mueven y los enemigos de hoy pueden ser los socios de mañana. 

Esta situación no es del todo nueva en la historia. Lo que sí parece nuevo es la velocidad a la que se superponen las crisis y la dificultad de encontrar actores dispuestos a asumir el costo de construir algo durable. Construir un orden internacional requiere que alguien invierta tiempo, dinero y credibilidad sin garantía de que los demás harán lo mismo. En un momento de desconfianza generalizada, ese cálculo se vuelve cada vez más complicado. 

Lo más importante es entender que vivir entre dos órdenes no significa vivir sin orden. Las reglas no desaparecen de un día para otro, las instituciones siguen operando, aunque con menos autoridad, y los acuerdos del pasado todavía moldean buena parte de lo que ocurre. Pero sí significa vivir con más riesgo, con menos certeza sobre quién resolverá los conflictos que vienen y bajo qué principios. La pregunta que define este momento no es si el viejo orden sobrevivirá, porque claramente no en su forma actual, sino qué tipo de mundo estamos construyendo mientras esperamos que el siguiente tome forma. 

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