Ramón Guillermo Segura Contreras
Cursa actualmente el Doctorado en Ciudad, Territorio y Sustentabilidad en la Universidad de Guadalajara. Es Maestro en Arquitectura con mención honorífica por la Universidad Veracruzana y cuenta con estudios de maestría en Diseño Arquitectónico Avanzado por la Universidad de Buenos Aires, así como de Posgrado en Diseño Sustentable por la Universidad de Palermo, Argentina. Es licenciado en Arquitectura por la Universidad Veracruzana y ha impartido docencia en la Universidad Veracruzana, la Universidad Anáhuac Veracruz campus Xalapa, la Universidad Panamericana y el Instituto Tecnológico Superior de Xalapa.
Ha realizado una estancia de investigación en la Universidad Mayor de Santiago de Chile y ha participado como ponente en congresos y seminarios nacionales e internacionales. Asimismo, ha publicado artículos científicos, capítulos de libro y colaboraciones académicas en instituciones de educación superior de Latinoamérica. Su línea de investigación se centra en la arquitectura, la ciudad y el espacio subterráneo.
En el ámbito de la gestión educativa, actualmente es jefe del Departamento de Comunicación Institucional de El Colegio de Veracruz. Anteriormente fue Director Académico del Instituto Tecnológico Superior de Xalapa y Coordinador Académico de la Dirección General del Área Técnica de la Universidad Veracruzana, donde participó en procesos de acreditación, rediseño curricular y planeación institucional.
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“El subsuelo urbano constituye un espacio complejo, en el que sofisticadas infraestructuras conviven con espacios públicos y sistemas de transporte”. Paloma B. Akerman
Cuando pensamos en una ciudad, de manera inmediata concebimos lo que está en la superficie. Observamos los edificios, los parques, las calles, la vegetación, los anuncios, las personas y todo aquello que está dentro de nuestro horizonte. Tenemos la idea de que la vida urbana se desarrolla completamente en la superficie, como si el suelo marcara una frontera natural e impenetrable de la ciudad. Sin embargo, debajo del suelo, podemos encontrar otro paisaje urbano, uno que rara vez vemos o tenemos en mente, pero que cada vez más estructura la forma y funcionamiento de la ciudad contemporánea.
Durante siglos, el espacio subterráneo se ha asociado con lo oculto, lo peligroso, lo sucio o lo desconocido. Desde el Movimiento Moderno con su paradigma higienista y mecanicista, la ciudad recurrió al subsuelo para ocultar todo aquello que no era estético, que era meramente funcional. Podemos pensar en alcantarillas, túneles, sistema de transporte, refugios, entre otros servicios que convertían al subsuelo en un espacio exclusivamente técnico. Esto reforzaba la idea de que bajar a este espacio era dejar la vida pública en vez de formar parte de ella.
Esta percepción ha comenzado a cambiar hace unos años. El espacio subterráneo ya no está reservado solamente para la infraestructura. El subsuelo se está transformando en un lugar donde la gente se reúne, interactúa, aprende, compra, desarrolla su vida cotidiana y, por qué no, también experimenta la cultura. Con este panorama, emergen nuevos espacios que complementan la superficie de nuestras ciudades y promueven continuidad en el uso y los desplazamientos urbanos. Muestra de ello son las calles comerciales subterráneas que conectan estaciones de transporte; museos y centros deportivos; o las estaciones de metro que comienzan a alojar comercio, galerías, y hasta centros culturales. Todos estos lugares crean entornos públicos que aparte de liberar espacio en la superficie, ofrecen protección ante el clima, la congestión vehicular y el bullicio de la ciudad. En muchas ciudades como Helsinki, Montreal, Toronto, Chicago, Santiago de Chile, Buenos Aires y la Ciudad de México, descender al subsuelo ya no representa abandonar la ciudad, sino descubrir, vivir y sentir otra capa de ella.
El uso de este recurso urbano subterráneo responde a diversos desafíos que estamos viviendo actualmente. Las ciudades se vuelven más densas poblacionalmente, el suelo disponible cada vez es más escaso y caro, el equipamiento y la infraestructura se vuelven más dispersas e insuficientes, y hay un gasto de energía y daño al medioambiente considerables. Pero el reciente interés por el subsuelo rebasa su eficiencia, ya no es un simple vacío, sino que trasciende a ser parte del espacio público de la ciudad.
Con los ejemplos de los últimos años de espacios urbanos subterráneos, podemos ver que el mayor obstáculo no ha sido el técnico o constructivo, sino que tendemos a imaginar únicamente las ciudades en su superficie. Mientras sigamos pensando en el espacio subterráneo como un lugar residual o de infraestructura, pasaremos por alto una de las estrategias urbanas más prometedoras para diseñar ciudades sostenibles, resilientes e innovadoras. Aprendamos a integrar y a habitar lo que está debajo del suelo, porque no podemos comprender en su totalidad a una ciudad si solo la vemos en el horizonte y en la superficie.

