OpiniónToy Story 5 y la economía de la atención

Toy Story 5 y la economía de la atención

Rosy Wendoli Carrillo Ovando

Economista, Especialista en Comercio Exterior, Maestra en Economía Ambiental y Doctora en Ciencias Administrativas y Gestión para el Desarrollo. Docente en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: desigualdad económica, complejidad económica, desarrollo sustentable y economía ambiental.
Contacto: roscarrillo@uv.mx

Hubo una escena de Toy Story 5 que me dejó pensando mucho después de que terminó la película. 

No aparece un villano nuevo. Nadie intenta robar juguetes ni encerrarlos en una vitrina. Woody, Jessie y sus amigos descubren algo mucho más inquietante: Bonnie ya casi no juega con ellos. Ahora pasa buena parte de su tiempo frente a una tableta. 

Los juguetes no entienden qué ocurrió. Siguen siendo los mismos. Conservan las mismas historias, la misma imaginación y el mismo cariño por su dueña. Sin embargo, algo cambió. De pronto dejaron de ser el centro de su mundo. 

Mientras veía esa escena pensé que, en realidad, el conflicto no era entre juguetes y pantallas. 

Era una competencia por la atención. 

Y entonces entendí que esa tampoco es una historia exclusiva de una película animada. Es una historia sobre la economía del siglo XXI. 

Durante mucho tiempo las empresas competían por fabricar el mejor producto. Una mejor televisión. Un automóvil más seguro. Un juguete más divertido. La lógica parecía sencilla: quien ofreciera algo mejor conseguiría más clientes. 

Hoy esa competencia sigue existiendo, pero quedó en segundo plano. 

Antes de comprar cualquier cosa, primero debemos mirar. 

Y para mirar debemos prestar atención. 

Eso cambió las reglas del juego. 

Cada mañana millones de personas hacen prácticamente el mismo ritual. Antes incluso de levantarse de la cama toman el teléfono y revisan notificaciones. No porque alguien las obligue, sino porque sienten la necesidad de saber qué ocurrió mientras dormían. Un mensaje. Un video. Una noticia. Una fotografía. Cualquier cosa basta para que el día comience mirando una pantalla. 

Después llega otra notificación. 

Y otra. 

Y otra más. 

Lo curioso es que pocas veces nos preguntamos por qué. 

Nos gusta pensar que navegamos libremente por internet, como quien pasea sin rumbo por una ciudad. Pero la realidad es bastante distinta. Detrás de cada video recomendado, de cada publicación que aparece primero y de cada anuncio que parece conocer exactamente lo que necesitamos, hay sistemas diseñados para responder una sola pregunta: ¿cómo lograr que el usuario permanezca unos minutos más? 

Esos minutos valen dinero. 

Mucho dinero. 

Las grandes plataformas digitales descubrieron hace tiempo que la atención es un recurso económico extraordinario. Cuanto más tiempo permanecemos en una aplicación, más anuncios vemos. Cuantos más anuncios vemos, mayores ingresos obtiene la plataforma. Y cuanto más tiempo pasamos ahí, más información deja nuestro comportamiento: qué nos gusta, qué ignoramos, qué compartimos, qué compramos y hasta cuánto tardamos en detenernos frente a una imagen. 

En la economía tradicional las empresas estudiaban los hábitos de consumo. 

Hoy estudian nuestros hábitos de atención. 

Puede parecer una diferencia pequeña. 

No lo es. 

Si una empresa consigue captar cinco minutos adicionales de millones de personas cada día, acaba de obtener un activo más valioso que muchos bienes físicos. Ya no necesita fabricar un automóvil, una computadora o un refrigerador. Le basta con mantener nuestra mirada fija en una pantalla. 

Por eso la competencia dejó de ser únicamente por vender un producto. 

Ahora consiste en impedir que salgamos de la aplicación. 

Quizá por eso la historia de Toy Story 5 resulta tan poderosa. 

Los juguetes representan una forma muy distinta de relacionarse con el tiempo. Un juguete no hace nada por sí mismo. Espera. Necesita que alguien imagine una aventura, invente personajes, cambie las reglas del juego o transforme una caja de cartón en una nave espacial. 

Una pantalla funciona al revés. 

No espera. 

Ofrece estímulos de manera ininterrumpida. 

Cuando termina un video comienza otro. Cuando acaba una canción aparece una nueva recomendación. Cuando dejamos de mirar unos segundos, una notificación intenta recuperar nuestra atención. 

Todo está pensado para que no exista el silencio. 

Y quizá sea precisamente ese silencio el que empieza a desaparecer. 

Hay una palabra que casi siempre utilizamos de forma negativa: aburrimiento. 

Los padres intentan evitar que sus hijos se aburran. Los adultos llenamos cualquier espera mirando el teléfono. Esperar cinco minutos en una fila sin revisar una pantalla parece haberse convertido en algo extraño. 

Sin embargo, durante siglos el aburrimiento fue el espacio donde aparecían muchas de las mejores ideas. 

No porque el aburrimiento fuera agradable. 

Sino porque obligaba a la mente a inventar algo. 

De ahí nacieron juegos, historias, dibujos, canciones y proyectos. Incluso muchas innovaciones científicas comenzaron con personas que tuvieron tiempo para observar, imaginar o simplemente dejar vagar sus pensamientos. 

Resulta paradójico. 

Vivimos en la época con mayor acceso al conocimiento de toda la historia y, al mismo tiempo, quizá sea una de las épocas donde menos tiempo dejamos a nuestra mente para divagar sin interrupciones. 

No creo que la solución sea declarar una guerra contra la tecnología. Sería una discusión tan simplista como inútil. Las plataformas digitales han democratizado el acceso a la información, han conectado a millones de personas y han creado oportunidades que hace apenas dos décadas parecían imposibles. 

El problema no es la existencia de las pantallas. 

El problema aparece cuando olvidamos que existe toda una economía cuyo éxito depende de que nunca dejemos de mirarlas. 

Cada notificación compite por unos segundos. 

Cada video por unos minutos. 

Cada plataforma por unas horas. 

Y nosotros solemos pensar que únicamente estamos perdiendo el tiempo. 

En realidad, estamos participando en uno de los mercados más grandes del mundo: el mercado de la atención. 

Quizá por eso Toy Story 5 conmueve tanto. 

Los juguetes no temen volverse viejos. 

Temen volverse irrelevantes. 

No porque hayan dejado de tener valor, sino porque apareció un competidor capaz de capturar aquello que realmente importa: el tiempo de Bonnie. 

Tal vez esa escena también hable de nosotros. 

No porque hayamos dejado de leer libros, conversar con nuestros hijos o caminar sin mirar el teléfono. Seguimos haciendo todo eso. Pero cada vez dedicamos más esfuerzo a proteger algo que antes parecía inagotable: nuestra capacidad de concentrarnos. 

En economía existe un concepto llamado costo de oportunidad. Significa que cada decisión implica renunciar a otra alternativa. 

Cuando elegimos dedicar una hora a una actividad, esa hora ya no puede utilizarse para otra. 

Eso también ocurre con nuestra atención. 

Cada minuto que entregamos a una pantalla es un minuto que deja de pertenecer a otra posibilidad. 

No siempre será una pérdida. Muchas veces aprenderemos algo, trabajaremos, nos comunicaremos o disfrutaremos de una buena película. 

Pero otras veces simplemente estaremos ayudando a que un algoritmo siga haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: mantenernos allí un poco más. 

Quizá esa sea la reflexión más valiosa que deja Toy Story 5. 

No nos pregunta si debemos elegir entre juguetes o pantallas. 

Nos invita a preguntarnos quién decide, todos los días, qué merece nuestra atención. 

Porque el recurso más escaso de este siglo ya no parece ser el petróleo, el dinero o la información. 

Es nuestra capacidad de decidir, conscientemente, en qué vale la pena detener la mirada. 

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