Rosy Wendoli Carrillo Ovando
Economista, Especialista en Comercio Exterior, Maestra en Economía Ambiental y Doctora en Ciencias Administrativas y Gestión para el Desarrollo. Docente en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: desigualdad económica, complejidad económica, desarrollo sustentable y economía ambiental.
Contacto: roscarrillo@uv.mx
Una mochila escolar parece un objeto sencillo. Sirve para cargar cuadernos, libros, lápices y todo aquello que un estudiante necesita para comenzar un nuevo ciclo. Pero, vista desde la economía, también puede cargar algo más: escasez, desigualdad e inversión.
La primera aparece desde el momento en que una familia recibe la lista de útiles.
El ingreso disponible es limitado, mientras que las necesidades no lo son. Hay que comprar cuadernos, uniformes, zapatos, materiales, quizá una nueva mochila y, en algunos casos, también cubrir inscripciones, transporte, dispositivos electrónicos o cuotas escolares. No siempre es posible adquirir todo al mismo tiempo ni elegir siempre la opción que se quisiera.
Eso es, en esencia, escasez.
En economía, la escasez no significa necesariamente que no exista dinero o que una familia viva en pobreza. Significa que los recursos disponibles son insuficientes para satisfacer simultáneamente todos nuestros deseos y necesidades. Incluso los hogares con ingresos relativamente altos enfrentan límites y deben tomar decisiones.
Por eso, frente a una lista escolar, aparecen preguntas muy económicas: ¿compramos una mochila nueva o todavía puede utilizarse la del año pasado?, ¿elegimos los cuadernos más baratos?, ¿compramos todos los útiles de una vez o algunos después?, ¿pagamos de contado o utilizamos la tarjeta?
Cada elección implica renunciar a otra posibilidad.
Los pesos destinados al regreso a clases ya no pueden gastarse al mismo tiempo en entretenimiento, ropa, una reparación del automóvil, una salida familiar o ahorro. Esa renuncia es lo que los economistas llamamos costo de oportunidad.
Y aquí la mochila deja de ser solamente una mochila.
Se convierte en el resultado visible de una serie de decisiones tomadas bajo una restricción: el presupuesto familiar.
Pero la misma lista de útiles que obliga a todas las familias a decidir no representa el mismo sacrificio para todas.
Ahí aparece el segundo elemento: la desigualdad.
Supongamos que dos familias deben gastar seis mil pesos para preparar a uno de sus hijos para regresar a clases. El precio de los cuadernos puede ser exactamente el mismo para ambas, pero el esfuerzo económico que representa pagarlos puede ser completamente distinto.
Para un hogar con ingresos elevados, esos seis mil pesos pueden significar reducir algún gasto prescindible durante el mes. Para otro, pueden representar una proporción considerable de su ingreso y obligarlo a utilizar ahorros, recurrir al crédito, posponer otras compras o simplemente prescindir de algunos artículos.
El precio es el mismo; el sacrificio no.
Esa diferencia es fundamental para entender la desigualdad económica.
Cuando hablamos de desigualdad solemos pensar en grandes cifras: cuánto gana el 10 % más rico, cuánto concentra el 1 %, qué porcentaje de la población vive en pobreza. Pero la desigualdad también se manifiesta en escenas mucho más pequeñas.
Se encuentra en una papelería.
En la posibilidad de elegir entre diez modelos de mochila o preguntar cuál es el más barato.
En comprar todos los materiales que solicita la escuela o decidir cuáles pueden esperar.
En estrenar uniforme o ajustar nuevamente el del año anterior.
En poder pagar todo con el ingreso corriente del mes o tener que financiarlo durante varios meses.
La desigualdad no significa solamente que algunas personas tienen más dinero que otras. También significa que la misma obligación económica consume proporciones distintas de los recursos disponibles y, por lo tanto, condiciona de manera diferente las posibilidades de elegir.
Pero todavía falta una tercera dimensión.
Porque el regreso a clases tiene una característica peculiar: muchas familias aceptan realizar esos sacrificios porque esperan que generen algo en el futuro.
Ahí aparece la inversión.
Normalmente pensamos en invertir como comprar acciones, abrir un negocio, adquirir maquinaria o depositar dinero en algún instrumento financiero. Sin embargo, la economía utiliza un concepto mucho más amplio: el capital humano.

