Ramón Guillermo Segura Contreras
Cursa actualmente el Doctorado en Ciudad, Territorio y Sustentabilidad en la Universidad de Guadalajara. Es Maestro en Arquitectura con mención honorífica por la Universidad Veracruzana y cuenta con estudios de maestría en Diseño Arquitectónico Avanzado por la Universidad de Buenos Aires, así como de Posgrado en Diseño Sustentable por la Universidad de Palermo, Argentina. Es licenciado en Arquitectura por la Universidad Veracruzana y ha impartido docencia en la Universidad Veracruzana, la Universidad Anáhuac Veracruz campus Xalapa, la Universidad Panamericana y el Instituto Tecnológico Superior de Xalapa.
Ha realizado una estancia de investigación en la Universidad Mayor de Santiago de Chile y ha participado como ponente en congresos y seminarios nacionales e internacionales. Asimismo, ha publicado artículos científicos, capítulos de libro y colaboraciones académicas en instituciones de educación superior de Latinoamérica. Su línea de investigación se centra en la arquitectura, la ciudad y el espacio subterráneo.
En el ámbito de la gestión educativa, actualmente es jefe del Departamento de Comunicación Institucional de El Colegio de Veracruz. Anteriormente fue Director Académico del Instituto Tecnológico Superior de Xalapa y Coordinador Académico de la Dirección General del Área Técnica de la Universidad Veracruzana, donde participó en procesos de acreditación, rediseño curricular y planeación institucional.
Instagram: @ragui.sc
“Los grandes eventos como el Mundial o los Juegos Olímpicos son, en esencia, catalizadores de un urbanismo acelerado; la oportunidad de una ciudad para construir en una década lo que normalmente le tomaría medio siglo”. Peter Hall
La Copa Mundial promete más que espectáculo, emociones y fútbol; promete transformación. Cada vez que la FIFA adjudica la sede, los gobiernos de los países anuncian grandes inversiones no solo en los estadios, sino también en transporte, aeropuertos, espacios públicos, imagen urbana, entre otros aspectos. De esta forma, las ciudades sede se convierten en destinos globales y son presentadas para recibir millones de visitantes. A pesar de eso, desde una visión urbana, el éxito no es lo que aconteció durante los 39 días de competición, sino lo que permanece después del silbatazo final.
Por primera vez, la máxima fiesta del fútbol se organizó en tres países (México, Estados Unidos y Canadá), cuyas ciudades manifiestan modelos de gobernanza, visiones de planificación y prioridades urbanas totalmente diferentes. Por ello, más que una comparación de qué país organizó los mejores partidos, nos podríamos plantear una pregunta de mayor relevancia como ¿qué tipo de patrimonio o legado urbano intentó construir cada país anfitrión?
En el caso de México, sus ciudades ya enfrentaban desafíos importantes como la congestión vehicular, la obsolescencia de la infraestructura, el desigual acceso a los servicios públicos, la asequibilidad de la vivienda, entre otros. Todo lo anterior originado por el rápido y descontrolado crecimiento urbano. En este panorama, El Mundial se plantea como una oportunidad para el desarrollo y modernización de la infraestructura y equipamiento de las ciudades. Esto es de total valor, sin embargo, surge la duda de si este tipo de inversiones en realidad mejoran la vida cotidiana de los habitantes o solo se configuran temporalmente para la justa mundialista.
Por otro lado, Estados Unidos presenta un modelo contrastante al contar con estadios de primer nivel, infraestructura de transporte consolidada y una amplia capacidad hotelera. Es importante destacar que la mayoría de sus estadios que dan cabida al fútbol, originalmente, son para la NFL. Esto, desde una perspectiva económica, reduce el riesgo de que las instalaciones deportivas queden subutilizadas después de la Copa del Mundo. En cuanto a Canadá, se nota un enfoque más contenido que prioriza la sustentabilidad y el desempeño ambiental. Más que apostar por construcciones monumentales o icónicas, Canadá decide priorizar la integración de la infraestructura y equipamiento a su planificación urbana a largo plazo.
Como se puede ver, no existe un modelo único para organizar este tipo de eventos deportivos. México contempla El Mundial como un promotor para mejorar la infraestructura de sus ciudades que todavía afrontan carencias urbanas urgentes. Estados Unidos pone en el escenario que su infraestructura actual cuenta con lo necesario para albergar actos globales de cualquier índole. Y, Canadá ejemplifica que la atención a este evento internacional se puede alinear con sus objetivos de desarrollo urbano y sustentabilidad.
Por aspectos e intereses económicos y políticos, la oferta no es proporcional a la pasión o gusto por el fútbol. Por ello, a un mes de que finalizó la Copa del Mundo y las multitudes se dispersaron, las cámaras se fueron, los gritos de gol se apagaron y las celebraciones se convirtieron en recuerdos, ¿qué nos queda? Ya todo pasó, pero aún permanece la gente que recorre a diario las calles, utiliza el sistema de transporte y los espacios públicos; y, esto es lo que realmente va a definir el legado de la Copa del Mundo 2026. Con todo lo anterior, si una Copa del Mundo dura solo unos cuantos días, pero su infraestructura se mantiene por generaciones, ¿este tipo de eventos efímeros son los que deben configurar las ciudades?

