OpiniónÁngel Toledo Tolentino Pigmentocracia y blanqueamiento: las dos caras del mismo contrato

Pigmentocracia y blanqueamiento: las dos caras del mismo contrato

Ángel Toledo Tolentino

Durante años nos vendieron la idea de que la desigualdad en México era como un rompecabezas. Nos dijeron que la pobreza era mala suerte, que la discriminación era un mal hábito de unos pocos y que subir de nivel dependía solo de qué tan temprano te despertaras y de las ganas que le echaras. Sin embargo, el documento de investigación: Características étnico-raciales y desigualdad de oportunidades en México, escrito por Krozer y Estrada (2025), echa por tierra estos argumentos.  

El estudio no es un montón de hojas con números aburridos; es la prueba de que el famoso “échale ganas” es, en realidad, una trampa. Al revisar los datos de la encuesta nacional de movilidad, queda claro que el color de piel actúa como un cadenero de antro que decide, con toda la frialdad del mundo, quién entra y quién se queda fuera de las oportunidades. 

La primera cachetada del sistema es el estancamiento. Los datos muestran que el 61.4 % de quienes nacen con piel oscura en el nivel más pobre, mueren en él. Pero si miramos con lupa, la realidad es todavía más cruel: para quienes en el estudio se identifican como negros, la probabilidad de quedarse atrapados en la pobreza sube casi al 80 %. En el caso de la población indígena, esa cifra es del 64.6 %. No es solo una estadística; es un callejón sin salida que parece escrito desde la concepción. En cambio, para quienes tienen tonos claros, esa probabilidad baja al 40.5 %. Así también, la geografía importa: en los estados del sur, como Veracruz, la probabilidad de no poder salir de la pobreza para personas de tonos oscuros alcanza el 71.5 %, mientras que en el norte es del 40.8 %. La diferencia no es el talento ni las ganas. La diferencia es el filtro. 

Lo anterior confirma que en este país el dicho de “cómo te ven, te tratan” es una norma. Tu cara es tu primera carta de recomendación o tu primera sospecha. Es un sistema donde el respeto se reparte según el tono de piel. La apariencia se vuelve una llave que abre puertas de par en par para unos, mientras que para otros es un muro de cemento que no se derriba ni con títulos universitarios. 

Pero lo más triste ocurre cuando alguien logra saltar ese muro. Porque llegar arriba no es un triunfo gratis; es una negociación donde tienes que entregar tu identidad. Mientras más dinero o poder gana una persona, más probable es que esa misma persona empiece a decir que su piel es “más clara” de lo que realmente es. Esto pasa porque en México ser blanco no es solo una característica física; es una ventaja que te da estatus, como traer un coche de lujo. Funciona como una moneda: mientras más tienes, más güero o güera necesitas parecer para que te acepten. Esta conexión entre el éxito y el espejo nos dice que, para subir, el sistema te pide que ajustes quién eres.  

Este blanqueamiento premia a quien decide olvidar su pasado. Para ser parte de los de arriba, conviene hablar de cierta forma y borrar el rastro del barrio o del pueblo. El éxito es, en el fondo, un proceso de olvido obligatorio. Y el costo es el silencio: cada persona que sube y se ajusta para encajar, es una voz menos para su gente. 

La piel no es un detalle; es el ancla que mantiene a muchas personas abajo. No es una carrera justa, sino un terreno con trampas. Y el mapa no es igual para todos. Esta disparidad no es un accidente de clima o de distancia; es la prueba de que el color de piel y la geografía se dan la mano para cerrar el paso. Al final, el esfuerzo se estrella contra una realidad donde la escalera social mexicana no es para superarse, es un filtro que nos sigue clasificando como en los tiempos de la Colonia. 

 

Referencia 

Krozer, A. y Estrada, L. A. (2025). Características étnico-raciales y desigualdad de oportunidades en México. Documento de trabajo núm. 07/2025. Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). 

 

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