OpiniónAmérica Latina en el nuevo mapa económico mundial

América Latina en el nuevo mapa económico mundial

Rosy Wendoli Carrillo Ovando

Economista, Especialista en Comercio Exterior, Maestra en Economía Ambiental y Doctora en Ciencias Administrativas y Gestión para el Desarrollo. Docente en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Líneas de investigación: desigualdad económica, complejidad económica, desarrollo sustentable y economía ambiental.
Contacto: roscarrillo@uv.mx

Durante décadas, América Latina fue considerada una región periférica dentro de la economía internacional. Su papel consistía principalmente en exportar materias primas e importar manufacturas, tecnología y capital. A pesar de contar con una ubicación privilegiada, abundantes recursos naturales y una población relativamente joven, la región permaneció inserta en un modelo que limitó su capacidad para generar mayor valor agregado. 

Hoy el mundo está cambiando. 

La competencia entre Estados Unidos y China, la transición energética, los conflictos geopolíticos, la búsqueda de cadenas de suministro más seguras y la creciente preocupación por la seguridad alimentaria están modificando las reglas de la economía internacional. 

Durante muchos años, la globalización se construyó bajo una lógica muy clara: producir donde fuera más barato. Ahora esa lógica está cambiando. Las empresas ya no buscan únicamente reducir costos; también buscan disminuir riesgos, acercar su producción a los mercados donde venden y depender menos de unos cuantos proveedores. En otras palabras, la eficiencia ya no es el único criterio. La seguridad y la resiliencia también cuentan. 

En ese nuevo escenario, la geografía vuelve a cobrar importancia. 

América Latina concentra cerca del 30 % del agua dulce renovable del planeta, uno de los recursos que probablemente será más estratégico durante las próximas décadas. También posee algunas de las mayores reservas mundiales de minerales críticos como litio, cobre, níquel y tierras raras, indispensables para fabricar baterías, vehículos eléctricos, paneles solares y muchas de las tecnologías que acompañarán la transición energética. 

El llamado Triángulo del Litio, integrado por Argentina, Bolivia y Chile, concentra alrededor del 60 % de las reservas mundiales de este mineral. Chile continúa siendo el principal productor de cobre, mientras que Brasil dispone de importantes reservas de níquel, grafito y tierras raras. 

Pero la riqueza de América Latina va mucho más allá de sus minerales. 

Brasil, Argentina y México se encuentran entre los principales productores y exportadores de alimentos del mundo. En un contexto de crecimiento poblacional, cambio climático e incertidumbre internacional, garantizar el suministro de alimentos se ha convertido en un asunto estratégico para muchas economías. 

La región también alberga cerca del 40 % de la biodiversidad del planeta. Ese patrimonio representa mucho más que un valor ambiental. También ofrece oportunidades para desarrollar biotecnología, nuevos medicamentos, turismo sostenible, captura de carbono e investigación científica. 

A ello se suma un enorme potencial para generar energía limpia mediante fuentes hidroeléctricas, solares y eólicas. 

Sin embargo, quizá uno de los cambios más importantes no está relacionado con los recursos naturales, sino con la ubicación. 

Durante años se pensó que la distancia había dejado de importar. La digitalización, la reducción de los costos de transporte y la globalización parecían haber eliminado las barreras geográficas. Hoy ocurre exactamente lo contrario. La tendencia hacia el nearshoring y el friendshoring está haciendo que muchas empresas vuelvan a valorar la cercanía con sus principales mercados. 

Ahí México ocupa una posición particularmente relevante. 

La integración productiva con Estados Unidos mediante el T-MEC, el desarrollo del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec y la ubicación entre los océanos Pacífico y Atlántico convierten al país en uno de los principales candidatos para atraer nuevas inversiones. Lo mismo ocurre con la importancia del Canal de Panamá y con el fortalecimiento de diversos puertos latinoamericanos que vuelven a colocar a la región dentro del mapa estratégico del comercio internacional. 

Todo esto plantea una pregunta interesante: ¿América Latina está viviendo una nueva oportunidad histórica o simplemente atraviesa una coyuntura favorable? 

La respuesta comienza con una idea sencilla: la geografía importa. 

Durante muchos años, las explicaciones sobre el desarrollo económico pusieron el énfasis en variables como el capital, la productividad, la tecnología o la innovación. Todas siguen siendo fundamentales. Sin embargo, los acontecimientos recientes nos recuerdan que el territorio nunca dejó de ser importante. La disponibilidad de recursos estratégicos, la cercanía a los mercados, la infraestructura logística y la estabilidad también influyen en la competitividad de los países. 

Pero tener recursos no garantiza el desarrollo. 

La historia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos para demostrarlo. La abundancia de petróleo, minerales o recursos naturales no siempre se ha traducido en mayor bienestar. En muchos casos ocurrió lo contrario: economías poco diversificadas, dependencia de las exportaciones primarias y un crecimiento limitado. 

Por eso, la verdadera diferencia nunca ha estado únicamente en lo que un territorio posee, sino en lo que una sociedad es capaz de construir a partir de esos recursos. 

El desafío consiste en dejar de exportar únicamente materias primas y comenzar a generar conocimiento, innovación, industria y tecnología alrededor de ellas. Significa formar capital humano, fortalecer las instituciones, invertir en infraestructura y desarrollar políticas públicas que permitan agregar valor dentro de nuestros propios países. 

Ahí es donde realmente se jugará el futuro de América Latina. 

La región tiene nuevamente una oportunidad para ocupar un lugar estratégico dentro de la economía mundial. Pero esa oportunidad no será permanente ni está garantizada. Otros países también compiten por atraer inversiones y desarrollar nuevas industrias. 

La historia demuestra que las ventajas naturales, por sí solas, nunca han sido suficientes. Lo que hace la diferencia es la capacidad para transformar esas ventajas en desarrollo. 

Porque repensar la economía también implica volver a mirar el mapa. En un mundo donde la geopolítica vuelve a influir sobre las decisiones económicas, la geografía dejó de ser un simple escenario y recuperó su papel como uno de los factores que pueden definir el desarrollo de las naciones. La pregunta es si América Latina sabrá aprovechar esta nueva oportunidad o volverá, una vez más, a quedarse únicamente como proveedora de los recursos que otros transforman en riqueza. 

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