Mauricio Lascurain
Fernández
Es Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, en el Programa de Nueva Economía Mundial; Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex del Reino Unido y Licenciado en Comercio Exterior y Aduanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla.
La pelea por los minerales críticos ya es uno de los grandes temas del mundo, aunque mucha gente todavía no se ha dado cuenta. Se trata de materiales como el litio, el cobre, el níquel y las tierras raras. Con ellos se fabrican baterías, teléfonos, autos eléctricos, paneles solares y equipo militar. Son, en pocas palabras, la materia prima con la que se está construyendo el futuro.
Lo curioso es que esta pelea no se libra en laboratorios ni en fábricas, sino en minas, puertos, oficinas de gobierno y tratados internacionales. Las grandes potencias tienen algo muy claro. Quien controle estos recursos tendrá una ventaja enorme sobre los demás. Por eso Estados Unidos, China y varios países europeos no solo quieren comprarlos. También quieren mandar sobre cómo se procesan y por dónde se transportan.
América Latina está en el centro de esta historia. La región guarda una parte muy grande de las reservas del planeta. El litio del triángulo que forman Chile, Argentina y Bolivia, el cobre de Chile y Perú, y otros minerales repartidos por varios países han vuelto a poner a la región en el mapa. Pero ese interés no siempre trae buenas noticias. Muchas veces significa más presión de afuera, más competencia entre potencias y el riesgo de repetir una vieja historia, la de sacar riqueza sin dejar desarrollo.
Ahí está el problema de fondo. Tener minerales no garantiza progreso. Si un país solo vende materia prima y deja que otros hagan la parte industrial, el mejor negocio se va para afuera. Es como vender fruta y nunca producir el jugo, la batería o la tecnología que valen mucho más. Sí, entra dinero, pero se pierde la oportunidad de crear empleos mejor pagados, levantar una industria propia y ganar independencia económica.
También hay un costo social y ambiental que no se puede esconder. Sacar minerales exige agua, caminos, energía y enormes extensiones de tierra. En muchos lugares eso ya provocó choques con las comunidades, dudas sobre el uso del agua y tensiones con pueblos indígenas. Por eso, hablar de transición energética no debería ser solo cambiar de combustible. También hay que preguntar quién paga la cuenta de ese cambio.
Para México y para América Latina el reto es claro. No se trata de cerrarle la puerta a la inversión extranjera, pero tampoco de aceptar cualquier condición que pongan sobre la mesa. La pregunta verdadera es qué tipo de desarrollo queremos. ¿Uno que se conforme con exportar recursos sin transformarlos, o uno que use esos recursos para construir capacidades propias?
La pelea por los minerales críticos deja ver algo. El mundo no está estrenando una época completamente nueva, sino repitiendo viejos problemas con otra cara. Antes el pleito era por el petróleo. Ahora es por los minerales que van a hacer posible la economía digital y la transición energética. Cambian los materiales, pero no la lógica de fondo. Quien controla los recursos estratégicos controla una buena parte del futuro.

